Sociedad que cambia sin conciencia de su proceso

Señor Director:
Sociólogos y pensadores son habituales encargados de avisar, a quienes vivimos en la sociedad, de las etapas por las que hemos pasado y la que vamos pasando.
El pensador argentino Ricardo Forster, en una nota periodística, comienza por decir que vivimos en la sociedad del espectáculo, la cual es el resultado de un esfuerzo sistemático por dar presentación atrayente a nuestro presente. Dice que se trabaja sobre los objetos de uso y consumo, para darles una presentación atrayente, hasta “bella y espectacular”, para incrementar su atracción ya para que acaparen la atención y no dejen ver el crecimiento de la concentración de la riqueza y la exclusión de millones de personas. Estamos ante una “estrategia de colonización de las conciencias” de la que se vale el sistema capitalista imperante para consolidar su posición de dominio. Al antiguo “garrote y represión” agrega los productos de una usina de fantasías e ilusión, simultáneas y causales de la acumulación regresiva de la renta “hasta hacer de esta etapa la de mayor desigualdad de la historia”.
Cada lector de Forster (Página/12) tiene ante su vista los productos de esa usina que lo llaman a vivir “un goce desenfrenado e ilimitado que se corresponde con un capitalismo irrefrenable y destructivo de la vida social”.
La nota periodística se titula “La servidumbre voluntaria” y el objetivo que persigue su autor es explicar el avance de la derecha neoliberal en nuestra región y el mundo.
La fábrica de imágenes, de sueños y de ficciones opera sin descanso para determinar nuestros hábitos y necesidades. Se ha generado el crecimiento de objetos artificiales, de los que la humanidad no tuvo necesidad hasta hace poco tiempo. Se desarrolla un individualismo “autorreferencial, solipsista, girado sobre sí mismo, atrapado por una lógica narcisista y hedonista” que define al nuevo sujeto. Se quiebra la relación entre el individuo y la comunidad y se genera un individualismo dominante.
La “maquinaria comunicacional” se desempeña como fábrica de ficciones y se ha convertido en la gran mediadora entre las personas y la realidad. Quiere decir que esa maquinaria crea una realidad ficcionalizada, que el individuo acepta como verdadera. “Somos dichos y construidos por estos lenguajes tecnológicos que operan las 24 horas del día”. Y así generan “democracias vacías, sin espesor ni contenido, que resultan presa de las nuevas derechas”.
Forster entiende que todo ese proceso que destituye a la persona y la reemplaza por el individuo antes descripto, ha generado una servidumbre voluntaria que se suma al síndrome de Estocolmo, o sea que provoca la aceptación de los golpes del ajuste y de las políticas neoliberales.
No recordaré aquí el significado de las palabras no frecuentes en el lenguaje cotidiano, que Forster emplea porque le son necesarias. Mencionaré, como excepción, que el “síndrome de Estocolmo” es la designación de un efecto comprobado en los campos de concentración y lugares de tortura, el cual hace que la víctima termine por aceptar al torturador, reconociéndolo como necesario y, en algunos casos, convirtiéndose en un amante sumiso. Este síndrome ha sido mencionado también, más recientemente, por estudiosos de las relaciones de pareja, por la frecuencia con que la víctima de abusos y hasta de intentos de homicidio se abstiene de denunciar y en muchas ocasiones llega a defender a su victimario.
Forster habla del fenómeno actual de avance de las derechas, que se produce simultáneamente con la mayor desigualdad de la historia, con la concentración de la riqueza producida por el trabajo en manos cada vez menos numerosas pero con mayor poder, al punto de haber obtenido el voto de muchas de sus víctimas. Algo así como la leyenda del Flautista de Hamelin, a cuya música los ratones acudían en masa para terminar despeñándose hacia la aniquilación.
Atentamente:
Jotavé