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Solo se trata de sobrevivir

El golpe fue muy fuerte. En apenas horas los pampeanos pasamos de mirarla por TV a contar los caídos propios. La pandemia, esa calamidad que sucedía -salvo unos poquísimos casos locales- allá lejos, fuera de los límites de nuestra provincia, se instaló entre nosotros. Ahora sufrimos en carne propia el frenesí de porteños y conurbanenses que pasaron a vivir pendientes del alcohol en gel, la lavandina, la suela de los zapatos, o el tapaboca. Llegamos a un comercio y empezamos a calcular mentalmente los metros cuadrados y las personas que ingresaron antes que nosotros. Y si hay alguien más en la cola de los que se mueren de frío afuera, buscamos el gesto cómplice del fastidio si comprobamos que entraron demasiados y el dueño del local no dice nada.
No es para menos. El virus asusta con esa velocidad escalofriante que tiene para andar de boca en boca como los chismes de alcoba. Es cierto que todos somos diferentes, que no hay dos personas iguales, pero el instinto de supervivencia nos hermana. Y ante el peligro cierto de contagiarnos y que nos encierren catorce días en un lúgubre cuarto de hotel o, peor todavía, nos aten a un respirador artificial, las redes neuronales de nuestro cerebro parecen programadas por un único analista en sistemas. El miedo no es zonzo, dice el viejo refrán, y hoy lo comprobamos.
Pero también están los otros, los distraídos, los papamoscas, los que andan por la vida con una liviandad que asusta. Sin registrar la gravedad de esta suerte de plaga bíblica que siembra de cadáveres el planeta. Y no es una metáfora. Las imágenes que llegan de Brasil, Ecuador, Perú y otros países nos dejan helados. Sin embargo, esas personas que vemos compartir el mate ¡todavía!, juntarse en grupos apretados sin respeto por la distancia o andar sin tapaboca por la vía pública también forman parte del paisaje extraño de la pandemia. Muchos de ellos cultivan el pensamiento mágico, el «a mí no me va a pasar», una suerte de terraplanismo sanitario que los lleva a desafiar las leyes de la física con la negligencia del turista que se distrae a cinco centímetros del precipicio.
En tren de elegir, preferimos a los primeros. A los obsesivos de la estadística y del alcohol, a los fanáticos de los comunicados de Carla Vizzioti, a los que te retiran la mano y te ponen el codo. A su manera, son más conscientes de lo que está pasando que los segundos, los que se fregan en todo. Aunque puedan colmarnos la paciencia, aunque nos fastidien con su fundamentalismo, a su manera se protegen y nos protegen. Hay una militancia del cuidado que, con sus excesos, podrá saturar nuestro aguante pero no hay duda de que es socialmente más productivo.
Mientras tanto, deberemos lidiar con esta epidemia global con lo mejor que tenemos: la solidaridad social y el sistema de salud pública que -aún maltrecho por la devastación macrista- sigue siendo referencia en América Latina y buena parte del mundo. Los que lo atacan, los militantes del mercado y de la rebaja de impuestos, hoy deberían callar al ver que las estadísticas sanitarias, esas que nos tienen tan pendientes ahora, son en Argentina tan distintas a las de Brasil, Chile o Estados Unidos.