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Somos argentinos, pero parte de la aldea global

La pandemia de COVID-19, como la llaman los científicos y la OMS, o coronavirus, más popular, puso de relieve algo obvio que muchas veces se pasa por alto. Los argentinos y argentinas somos parte de la aldea global.

SERGIO ORTIZ

Según informó la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta el viernes 13 había 4.947 muertos en 123 países, con 132.536 contagios en el mundo. Por eso calificó como pandemia lo que había sido un brote y luego epidemia en China. Si bien Argentina no es epicentro de este drama, sus 34 enfermos confirmados y 2 muertos indican que es parte del problema. En el mundo no hay lugares de seguro resguardo para problemas internacionales tan graves. Pueden llegar más tarde, como estimaba mal el ministro Ginés González García del coronavirus, pero de todos modos llegan.

Por ahora acá es más dañino el dengue, que en lo que va del año enfermó mil personas en 14 provincias, con tres muertos. Se sabe que el agente transmisor es el mosquito, sin tanta especulación política como respecto al coronavirus (dicen que lo habrían fabricado en USA para perjudicar a China, versión con cierto asidero pero ninguna prueba).

Como el mundo es uno solo pero hay “varios mundos”, el COVID-19 está más localizado en Asia y Europa, y el dengue es más sudamericano. Son diferencias a tener en cuenta, al fijar prioridades y afectaciones de dinero y personal por el Estado, según cuál es el que hace mayor daño.

La opinión del cronista es que hoy el blanco principal para el aparato sanitario de Argentina debe ser el dengue, que no generó la conmoción mediática, decreto presidencial y la primera cadena nacional de Alberto Fernández. Ojalá que esa puesta en segundo plano de atención no tenga que ver con subestimación de enfermedades que sufren sectores de más abajo en nuestra población y el interior del país.

Esa apreciación no significa ningunear la lucha contra el coronavirus, puesto que – como se dijo desde el título – Argentina es parte del mundo. Y si buena parte de éste lidia con esa pandemia, hace bien el gobierno nacional en adoptar medidas drásticas como las anunciadas el jueves a la noche.

Posiblemente haya que ir adoptando otras más fuertes, como las suspensiones de clases en escuelas, colegios y universidades, que por ahora se hizo sólo Jujuy y en Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Córdoba, con dos casos en cuarentena.

Estas pestes son horribles, pero pueden tener un costado positivo, por ejemplo revisar a la suba los presupuestos de Salud que invierten Nación, Provincias y Municipalidades. Los médicos, enfermeras y empleados, también los pacientes y sus familiares, los gremios, etc, venían reclamando por salarios, presupuestos, mayor personal, reincorporaciones de los despedidos por el gobierno de Mauricio Macri, insumos, etc. ¡Hay que atender esos reclamos sin perder más tiempo!

Aprender de la vanguardia

En conferencia de prensa el ministro GGG dijo que Argentina debía aprender de los países que tenían la mejor experiencia contra el COVID-19 y que debíamos contemplar aciertos y errores. Es un excelente punto de vista médico y ante todo político. Basta de verso de que los argentinos somos los mejores del mundo y lo sabemos todo, o la burda y mal educada comparación de tamaños.

El país que marcha adelante en esta guerra contra la pandemia es China. Fue el foco único y gravísimo desde finales de diciembre, todo enero y parte de febrero, cuando comenzaron a ser afectados otros países. Actualmente son más de cien países y regiones los teatros de lucha contra el coronavirus. Las estadísticas de ese país socialista y la OMS dicen que allí se viene curando más gente y son menos los casos de enfermedad, en tanto la estadística de Italia dice todo lo contrario.

La Comisión Nacional de Salud de China informó que el jueves 12 había habido sólo ocho nuevos enfermos de COVID-19. En seis regiones y provincias no había habido casos nuevos en siete días, y otras 21 regiones y provincias no tenían casos registrados en más de catorce días. Hasta el 6 de marzo en China había 80.651 casos de COVID-19 y 3.070 personas muertas desde el inicio del brote.

Italia, en cambio, sólo el 12 de marzo tuvo 250 muertos, sumando un total de 1.266, con 17.660 contagios. Así lo confirmó el responsable de Protección Civil, Angelo Borrelli.

Italia pidió consejo y ayuda a Beijing, que le envió médicos y equipos sanitarios para colaborar con el combate al COVID-19, lo que también está haciendo solidariamente con Irán.

La clave de los éxitos, según un informe conjunto del país socialista y la OMS: “la audaz estrategia de China para contener la rápida propagación de este nuevo patógeno respiratorio cambió el curso de una epidemia mortal y de rápida escalada”.

Esa estrategia puso en cuarentena a partir del 23 de enero a 60 millones de personas en la ciudad de Wuhan y la provincia de Hubei, llegando a centenares de millones en otras regiones del país.

Para que un gobierno se atreva a tomar una decisión de ese tipo, que afecta la vida de tanta gente, para salvarla, debe tener una condición social de nuevo tipo. Y la población afectada, para aceptar una orden impartida por esa administración socialista, sacrificando planes y gustos individuales y familiares, debe tener mucha confianza en ese gobierno y una cultura que privilegia al conjunto y no a sí misma.

¿Si el magnate Donald Trump ordenara una cuarentena para 100 millones de estadounidenses durante casi dos meses, éstos la aceptarían? ¿Y cómo se haría cumplir esa orden de aislamiento? ¿Policialmente? ¿Con el Ejército? ¿Con qué nivel de acatamiento?

Nuestro lugar en el mundo

La pandemia es un hecho terrible y maligno, pero dialécticamente también deja elementos positivos para la reflexión.

Respecto al tema salud, se puede agregar que la pandemia ha invitado a los gobiernos del mundo, incluyendo al argentino, a reforzar el sistema de salud pública, brutalmente ajustado por el macrismo. Y a avanzar en flancos que ni en la década ganada ni en los tres meses de albertismo se tomaron políticas nacionalizadoras: un sistema nacional de medicamentos, a cargo del Estado y las Universidades. Se terminaría así con el curro de los laboratorios extranjeros y los monopolios “nacionales” que aumentaron casi 500 por ciento los precios en los cuatro años de Cambiemos.

Si no se desafía ahora, en una crisis mundial de salud, ese dominio total de las multinacionales agrupadas en CAEME y de las “argentinas” Roemmers y Bagó, de CILFA, ¿cuándo será el tiempo de hacerlo?

Las consecuencias de la pandemia también comienzan a pegar fuerte en el tablero de la economía mundial, y la argentina, que es parte de aquélla, también las sufre.

Lo que se ve e intuye venir es negativo. Se especula que el PBI chino caerá un punto este año, afectando al comercio internacional y a las exportaciones argentinas que van a ese mercado y el brasileño, otro damnificado por la crisis. Caen las bolsas y los inversores dirigen sus dólares a lugares que juzgan más seguros, como los títulos norteamericanos. Esto a nosotros mucho no nos toca porque acá hace rato que no hay ni lluvia ni goteo de inversiones.

Como Argentina exportará unos 3.500 millones de dólares menos a raíz de esta coyuntura, se estima que tendrá más dificultades para lograr un acuerdo en la negociación de la deuda externa con el FMI y los fondos privados.

Ya había diferencias entre Alberto Fernández-Martín Guzmán, de una parte, y el Fondo de Kristalina Georgieva y especialmente los fondos privados como Blackrock.

El riesgo país marcó 3.200 puntos para Argentina, una señal de desconfianza en que pueda salir indemne o airoso en la negociación de la deuda. Dicho en criollo: es más posible, no seguro, que caiga en default.

El presidente quiere mantener una onda positiva y afirma que llegará a ese acuerdo, a lo sumo no el 31 de marzo sino una semana más tarde. Sin embargo esas declaraciones parecen más voluntarismo que otra cosa. Es que los números dicen otra cosa y sobre todo porque para llegar a un acuerdo hacen falta dos. Si uno no quiere, como los fondos privados, no hay final feliz.

Todo indica que el mundo está a las puertas, o ya franqueándola, de una nueva crisis como la de 2007-2008, y el culpable no es el coronavirus sino en todo caso el detonante, nada más. La estructura mundial estaba podrida de antes y tiende a agravarse ante la estampida y falta de solidaridad, por la naturaleza capitalista e imperialista de muchos de los países que toman las decisiones más impactantes. Sólo un ignorante pudo decir que el populismo es más peligroso que el coronavirus.

La culpa no fue de un murciélago infectado en un mercado de Wuhan sino de Wall Street, Londres y Tokio, plazas financieras del mundo. Los responsables de la crisis son el FMI y Banco Mundial, Trump y la Unión Europea, los neonazis como Bolsonaro que liquidaron a la UNASUR, la OTAN que ni siquiera por el coronavirus suspendió su ejercicio con 35.000 soldados, etc.

Argentina podría aprovechar la crisis para auditar la deuda externa y suspender los pagos, invirtiendo más en Salud y reactivar la economía. Y buscar su lugar en el mundo con China, Rusia, Irán, México, Cuba, Venezuela, No Alineados y hasta mejorar el vínculo con USA si allí triunfara Bernie Sanders, muy improbable.