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Sospechoso por ser pobre

Qué instrucciones tiene la policía a la hora de desplegar un operativo. Qué carga de violencia debe aplicar. Cómo debe tratar a un «sospechoso», a un menor, a un testigo ocasional o a un periodista que presencia los hechos.
Estas y otras preguntas deberían ser respondidas por el jefe de la policía provincial luego del bochornoso espectáculo que ofrecieron varios uniformados en una esquina del centro de la ciudad cuando se encarnizaron con una persona mayor y cuatro menores que estaban cirujeando, es decir, revolviendo basura.
No hace falta tener un doctorado en la UBA para saber que esa actividad es propia de quien está pasando necesidades extremas, y que lejos de ser considerada un «peligro» para la sociedad es ella la que se encuentra en situación de riesgo. Básicamente de riesgo sanitario. Solo la pobreza extrema empuja a alguien a buscar algo útil -restos de comida, cartón, papel, metal, etc.- en una bolsa de residuos.
Un periodista de este diario que pasaba circunstancialmente por el lugar fue testigo de los sucesos. Y quizás por ese «pecado» también sufrió en carne propia la violencia de algunos policías. Uno pretendió llevarlo detenido mientras otro le lanzó un insulto. Un tercero prefirió una «broma»: un gesto de sacar el arma que portaba.
En tanto el hombre que, junto a los cuatro menores, se encontraba revolviendo basura también fue obligado a pasar un mal rato. Se trataba del tío y tutor de los menores y, pese a expresarlo a viva voz a los policías, estos no le creyeron y armaron una escena digna de un episodio más grave. Pretendieron llevarlos detenidos sin ninguna razón que lo justificara, y solo se calmaron cuando la madre de dos de los chicos confirmó sus palabras.
Si este incidente se hubiera registrado sin testigos, o sin la presencia eventual de un periodista, habría pasado desapercibido. A lo sumo algún curioso se habría asomado por la venta de su casa ante la presencia de tantos policías para observar la escena y no mucho más.
Pero lo cierto es que sucesos como este suelen revelarnos un comportamiento de clase de la policía. Como si las reacciones estuvieran en consonancia con «la cara del cliente». Una cosa es un operativo ante una «persona bien» y otra ante un pobre, un individuo humilde, vulnerable, que no tiene conocidos influyentes como para presentar una queja ante el abuso o el mal trato.
Desde luego, no es la primera vez que pasa pero igualmente debe ser señalado. Y rechazado. Y debería generar una explicación de la superioridad y hasta un pedido de disculpas, aunque la pampeana no sea la policía de Suecia.
Lo que uno espera de la fuerza policial es eficiencia en el enfrentamiento con el delito y no comportamientos patoteriles con quienes no pueden defenderse por su situación de extrema vulnerabilidad. Todavía más, un cuadro como el que motivó la intervención policial debería haber despertado un sentimiento mínimo de compasión y solidaridad entre los policías a fin de notificar a las autoridades que entienden en materia de atención social. Esa hubiera sido la mejor reacción policial en lugar de la lamentable demostración de fuerza ante los más débiles y desamparados.