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¿Tan sorprendidos?

I. La turba fanatizada que ingresó por la fuerza al Capitolio en Washington, Estados Unidos, horrorizó a la clase política global y al periodismo «serio». El resto de la población está demasiado ocupada en sobrevivir a la pandemia de coronavirus -tanto en su faz sanitaria como económica- como para prestar tanta atención a ese suceso.
Los medios de comunicación corporativos presentaron ese acto de violencia como una anomalía en la impoluta democracia norteamericana. Ninguno de ellos se tomó el trabajo de recordar que en EE.UU. cuatro presidentes fueron asesinados en el ejercicio de su función: Abraham Lincoln en 1865, James Garfield en 1881, William McKinley en 1901 y John F. Kennedy en 1963. Es comprensible, de haberlo hecho tendrían que reconocer que la violencia es un elemento consustancial en la vida política norteamericana tanto adentro como afuera de sus fronteras. Sin ir más lejos buena parte del actual territorio de EE.UU. le fue arrebatado a su vecino México en 1848, tras una invasión militar, con la excusa de «garantizar» la seguridad nacional y… la de sus empresas, faltaba más.
EE.UU. es el país que más armas tiene en poder de su población. En un supermercado se puede comprar un fusil automático con la misma facilidad que una lata de atún. Eso sí, mueren más norteamericanos por el uso de esas armas que los que caen en sus numerosas guerras imperiales alrededor del mundo. Pero a nadie se le ocurre abolir ese «derecho» consagrado en la Constitución porque recibe la maldición de la Asociación Nacional del Rifle, uno de los lobbies políticos más poderosos del país.

II. Quizás lo que debería sorprender un poco es la caricaturesca figura de Donald Trump arengando a sus seguidores como un niño rico caprichoso al que le sacan su juguete preferido: el sillón de la Casa Blanca. Pero Trump no estaba solo; un centenar de legisladores republicanos estaban dispuestos a anular la victoria de Joe Biden, lo cual los convirtió en poco menos que cómplices de la asonada.
¿Por qué una figura tan violenta, racista y misógina como Trump pudo prosperar en EE.UU. y llegar a la presidencia? ¿Por qué perdió la elección por tan poco margen? ¿Por qué sigue teniendo tantos seguidores al punto de que hoy se habla de «trumpismo»? En EE.UU. existen miles de grupos supremacistas blancos, ultraderechistas, que hacen exhibición de sus armas y se juramentan luchar contra el «comunismo» y el «globalismo» porque, según sus afiebradas arengas, quieren copar el gobierno y «destruir la nación». Lo peor es que lo dicen en serio.

III. Como suele suceder, lo visible y lo invisible, lo que está en la superficie y lo subterráneo, no siempre es analizado en profundidad por la prensa del establishment. Lo cierto es que desde hace varias décadas la desigualdad social no para de aumentar en Estados Unidos producto de las políticas tributarias de republicanos y demócratas -en esto, como en tantos otros asuntos, sus coincidencias son bien sólidas- que solo piensan en reducir impuestos a los más acaudalados. Así, el 1 por ciento más rico de la población ha acumulado más patrimonio que el 99 por ciento restante.
En una sociedad que glorifica el éxito económico como la realización suprema de la persona, los niveles de frustración no paran de crecer. A ello se suma la exaltación del individualismo y la abundante disponibilidad de armas en una combinación que es imposible que llegue a buen puerto.
Trump irrumpió como un emergente de ese caldo de cultivo que fue subestimado por la clase dirigencial políticamente correcta. Canalizó esa gran insatisfacción social aunque no en la dirección de un cambio progresista pues no estaba en su GPS de hombre rico. A pesar de sus desplantes y fanfarronadas nunca traicionó a su clase social. A lo sumo se permitió armar sus shows provocadores que en el fondo eran más de lo mismo. No sacó los pies del plato y su violencia nunca fue reivindicativa sino individualista. El «american way of life» al palo.