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Título anacrónico

Resulta curioso ver, leer o escuchar que con harta frecuencia muchos medios de comunicación siguen utilizando la expresión «primera dama» para referirse a la esposa del Presidente de la Nación.
Esa denominación, cuyo uso se remonta a muchos años atrás, hoy resulta a todas luces anacrónica, especialmente en una época que se destaca por un gran avance de los derechos de la mujer. Desde las antiguas luchas del feminismo se viene bregando -y logrando trabajosamente- que la mujer sea considerada en función de sus propias condiciones y no como mero apéndice de un varón que detenta un alto cargo político. Es evidente que, en sentido inverso, nunca se usó nada parecido para los esposos de las presidentas, lo cual desnuda el sustrato patriarcal que sostiene esta figura.
Otro hecho que avala este cuestionamiento es la paulatina extinción de las «reinas de la belleza», título que se imponía en fiestas y acontecimientos de variada naturaleza y que, hasta no hace mucho tiempo, redituaba buenos dividendos a promotores y organizadores de festejos de todo el país. Los títulos de nobleza ya no desvelan a nadie sobre todo cuando han quedado al descubierto tantos abusos y conductas miserables de muchos representantes de esa casta parasitaria, herencia vetusta de los tiempos monárquicos.
Hace más de dos siglos la Asamblea de 1813 decretó la supresión de títulos y honores para todos y todas. Es hora de tomar nota.