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Todo no se puede

DOMINICALES

Los arqueólogos acaban de rescatar los restos de dos habitantes de Pompeya, la ciudad romana que fuera devastada por una erupción del volcán Vesubio en el año 79 de nuestra era. Siguiendo la técnica aplicada a los más de cien cuerpos ya recuperados de los antiguos pompeyanos, se hicieron vaciados en yeso de los cadáveres, que con impactante realismo retratan a un rico terrateniente de unos 30/40 años, y un joven esclavo de alrededor de 20.

Villa.

Los infortunados fueron encontrados en un «criptoporticus» o corredor subterráneo, donde aparentemente intentaron refugiarse de la erupción, pero de todos modos perecieron sepultados por la ceniza, la piedra pómez y la lava. Esa cobertura mineral es la que permitió, mediante la técnica del vaciado, recuperar sus facciones con un impresionante realismo. Ambos vestían prendas de lana, lo que da pie a la teoría de que la erupción no tuvo lugar durante los meses de verano, como se creyó durante un tiempo.
Mientras se llevan a cabo los tests de ADN sobre sus huesos, cabe preguntarse quiénes serían estos dos habitantes de la Villa Civita Giuliana, a quienes, pese a su diferente rango social, la democrática muerte los unió para siempre en esa catacumba. Y es que, desde las primeras excavaciones iniciadas en 1749, abriendo así una verdadera burbuja en el tiempo, Pompeya y sus infortunados habitantes han ejercido una enorme fascinación.
La fertilidad de la tierra que provocan los detritus volcánicos ha sido siempre un atractivo para los asentamientos urbanos, y en la actualidad toda esa zona -con la ciudad de Nápoles a la cabeza- se encuentra densamente poblada. La experiencia de Pompeya parece no haber enseñado nada. Así es como las hinchadas de fútbol del Norte italiano suelen insultar a sus pobres contrincantes sureños con la macabra invocación: «Vesubio, ocúpate de ellos».

Vida.

Los antiguos egipcios estaban fascinados por la muerte (o más bien, por la «otra vida» que creían le seguía a ésta), y así es como sabemos mucho sobre ellos a través de sus magníficas tumbas, que creían los protegerían y guiarían. Los habitantes de Pompeya parecen haber sido bastante más hedonistas y más interesados en la vida, como lo demuestra la cornucopia de datos que tenemos sobre sus costumbres, su comida, sus oficios, y su arte. La erupción que congeló a la ciudad en el tiempo, es la que nos permite ahora husmear en la intensa vida de estos congéneres nuestros de hace dos milenios.
Un detalle que no se puede pasar por alto a poco de tomar contacto con esta cultura, es el desparpajo con el que practicaban actos sexuales que el conservadurismo insiste en calificar como «desviaciones», ignorando acaso que no existen desviaciones, ya que todos los caminos conducen a Roma (palabra que, leída al revés, dice «amor»).
Todo este entramado de lupanares, de promiscuidad y experimentación desfachatadas, quedó revelado en el impresionante arte rescatado en la ciudad, buena parte del cual puede verse en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, adonde desde el siglo XVIII existe un «gabinete secreto» donde se guardan todas estas piezas, disponibles para los eruditos -supuestamente asexuados- pero apartadas del público en general. Recién en el año 2000 se permitió el acceso a las mujeres, y aún hoy está vedado para menores.

Latín.

Este curioso dispositivo del gabinete secreto se trasladó luego a las obras de los circunspectos críticos de arte, quienes, a la hora de efectuar descripciones de las pinturas y esculturas eróticas, recurrieron al latín, lengua científica culta y muerta, como freno para la curiosidad del vulgo. Y es así como aún en nuestros días el discurso científico sobre el sexo está plagado de expresiones latinas como cunnilingus o fellatio in ore.
De modo que no da para compadecer a nuestros antepasados de Pompeya. Si vamos a creer que sus obras plásticas eran realistas -y no hay motivos para dudarlo- disfrutaban de un arte exquisito, de soberbios vinos y frutos de mar, de un clima espléndido y de unos dioses hogareños macanudos, aunque a la postre resultaron ser un poco fallutos. Al menos no les imponían una moral férrea mientras en privado promovían la pedofilia.
Al cabo, estas personas vivían en una sociedad liberal, casi escandinava, donde uno podía colocar un picaporte de forma fálica en la puerta principal, sin que nadie se escandalizara.
Si existe esa otra vida después de la vida, como creían los egipcios, los pompeyanos no tendrán mucho de que lamentarse. Salvo quizá, la desgracia de haber llegado un poco temprano, y, pese a la cercanía con Nápoles, no haber podido jamás ver jugar a Maradona. Todo no se puede.

PETRONIO