Todo el fuego y algunas incógnitas que propone

Señor Director:
Entre las rutinas que se dibujan en la información de hechos inquietantes los fuegos, los incendios, tienen presencia con tendencia al incremento.
No hablo de los grandes fuegos de este verano que hasta nos ha deparado una suerte de experiencia de norte desarrollado o de gran ciudad. De los cuatro elementos que distinguieron los griegos clásicos (aire, agua, tierra, fuego) solamente la Pachamama no ha dado sorpresas, aunque ciertamente cumplió su rutina de bajar su fecundidad allí donde el agua estuvo escasa. El viento acaba de darnos un sacudón que nos permitió sentirnos en el primer mundo con sus muy publicitados tornados. El de la noche del lunes 10 será memorable, aunque haya memoriosos que recuerden momentos similares en el pasado pampeano. Tampoco el agua nos ha preocupado mayormente, como es de esperar en un espacio semiárido. En cambio, el fuego ha estado presente con una frecuencia inquietante en nuestras áreas rurales y es seguro que este verano ha dejado un fuerte saldo de hectáreas de caldenal convertido en cenizas, tantas o más como las que desaparecen por acción o desidia antrópica. En el país (y en el mundo) se asiste al desarrollo de una guerra contra lo poco que va quedando de lo natural y, en particular, contra los bosques.
Tanto, al parecer, algunos de nosotros nos hemos aficionado a quemar que este verano no pasa día sin que sepamos de fuegos que consumen automóviles. Estos vehículos, por alguna razón no revelada, parecen disponerse a atraer el fuego con el mismo poder que el bosque nativo. Esto sucede desde hace algunos años en Santa Rosa y en General Pico, pero este año el incendio de tales criaturas del ingenio humano se manifiesta en cualquier población del interior. No pasa día sin que los medios den cuenta de nuevos hechos. En cambio, no se lee o escucha que alguno de ellos haya sido esclarecido. Se sabe que en la casi totalidad de los casos se trata de acciones intencionales, o sea que alguien inició el fuego, pero entonces se siente la necesidad de saber por qué lo hizo y quién es ese alguien. De no tener esta respuesta, se podría temer que estemos ante un retorno de los fenómenos de posesión diabólica que abundaron en el pasado y que pusieron de moda la figura del exorcista.
Si se trata de hechos intencionales (o sea, no accidentales ni debidos a factores naturales o a descuidos) cada uno de ellos debe tener un autor.
Al informarme sobre este problema, pude saber que los incendios intencionales son moneda corriente en todo el mundo. Tienen un autor, al que llaman pirómano, aunque no siempre se trate de alguien que padece perturbaciones mentales. En la mayoría de los casos de los que se lleva estadística (en los Estados Unidos, Gran Bretaña, España y otras naciones) se sabe que se trata de hechos intencionales realizados por su autor con plena conciencia. Y no es que siempre quiera destruir un bien (propio o ajeno) porque está cansado de él, sino que lo hace por buscar un beneficio personal o como un acto de venganza por algún agravio que al menos él considera tal.
Los casos quema coches no parecen atribuibles a un propósito de beneficio personal (un seguro, algo que ocultar). Algunos pocos se deben a descuidos o desidia, pero queda una franja grande de casos en los que la intencionalidad es notoria. Si se pensase que es una forma de venganza o de protesta, entonces estaríamos ante un fenómeno que trasciende a los individuos y deberíamos preguntar si padecemos un momento de exasperación cuya causal no es el automóvil, pero que éste, con su presencia avasallante, ha tomado la forma de ese culpable que nos es necesario para no caer en desesperación por impotencia ante un estado de cosas que nos excede.
Lo que queda en pie o parece sostenible es que o bien se desarrolla una forma de locura por el fuego o estamos ante acciones intencionales que no conviene dejar en ese limbo de falta de certezas.

Atentamente:

JOTAVE