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Triste Argentina del macrismo

Un grupo de expertos con el apoyo de la Organización de las Naciones Unidas y la Universidad de Columbia ha revelado el impacto emocional que la crisis económica de Cambiemos ha producido en la población. El informe anual sobre la felicidad de los habitantes de cada país del mundo reveló que la Argentina cayó del lugar 26 al 47 en el corto lapso de tres años que lleva la administración macrista.
El primer Informe sobre la felicidad mundial se publicó en abril de 2012, en el marco de la «Reunión de alto nivel de las Naciones Unidas sobre la Felicidad y el Bienestar». Los expertos que llevan adelante esta evaluación consideran que «cada vez más, la felicidad se considera la medida adecuada del progreso social y el objetivo de la política pública».
Esta medición en pleno auge mundial del neoliberalismo muestra con claridad que no son los países donde esas políticas se aplican con mayor crudeza sino justamente en aquéllos donde el Estado se ocupa con una fuerte inversión del bienestar de sus ciudadanos. Los países que están en el tope de la tabla no son aquéllos donde la economía y el desarrollo social han quedado a merced del «mercado». Todo el lote de punta en el ranking de la felicidad auspiciado por las Naciones Unidas se caracteriza por la fuerte presencia estatal en solucionar los aspectos básicos de la vida cotidiana de los ciudadanos. Los países más felices del mundo no son aquéllos donde el capitalismo ha triunfado con su individualismo de jungla sino, al contrario, donde los gobiernos le han puesto límites y han desarrollado sistemas públicos de salud, de educación y de seguridad social que evitan que los sectores más vulnerables de la población sean devorados por el «mercado».
Basta con recorrer la lista de los primeros lugares donde los habitantes responden positivamente al cuestionario: Finlandia, Dinamarca, Noruega, Islandia, Holanda, Suiza y Suecia.
No es una sorpresa que los países del fondo de la tabla son aquéllos donde el colonialismo dejó tierra arrasada, sobre todo en Africa, y otros puntos del globo que sufrieron o sufren estados de guerra, muchas veces, alentadas desde los centros de poder.
El caso argentino es la comprobación de la certeza de medir el impacto en el estado de ánimo individual y social de las políticas públicas. En los últimos tres años ese índice ha demostrado que se ha producido aquí una verdadera catástrofe social de ribetes inéditos en el mundo. No hay otro país en el mismo período que en el lapso de sólo un año haya derrumbado la felicidad de sus habitantes de la forma en que ha sucedido en la Argentina de Macri y Cambiemos.
Aquí, esa responsabilidad política tiene además el agravante de ser inconstitucional, pues muchos años antes de que a las Naciones Unidas se le ocurriera medir el estado de felicidad de los habitantes del mundo, en la Argentina de mediados del siglo XIX, nuestros constitucionalistas lo pusieron como un requisito previo a cualquier acción de gobierno.
Es nada menos el Preámbulo de la Constitución de la Nación Argentina el que manda a sus gobernantes que el objeto primordial de la organización nacional es «promover el bienestar general (…) para nosotros y para nuestra posteridad».