Tropezones diplomáticos

En el campo de las relaciones internacionales el gobierno nacional viene protagonizando una insólita serie de tropiezos, y en apenas once meses ha quedado mal parado ante la consideración general. El último de ellos tuvo lugar a partir de la ansiedad irreflexiva por tomar partido explícito por uno de los dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos que se manifestó en declaraciones de altos funcionarios, el presidente incluido. Esas apresuradas opiniones, para peor, apostaron por quien finalmente resultó derrotado.
Pero los traspiés diplomáticos arrancan muy temprano en el gobierno macrista. El primero se encuadró en el afán -desmedido, como luego quedó demostrado- de que la canciller argentina fuera elegida secretaria general de las Naciones Unidas. Ese intento terminó con una postergación clara entre los candidatos al cargo, al margen de una desatención confesa de sus deberes como funcionaria.
En la misma tendencia pueden considerarse los innecesarios ataques al gobierno de Venezuela, en abierta sintonía con la posición de EE.UU., que llegaron incluso a coincidir con declaraciones rayanas con la justificación de un golpe de Estado por parte de la oposición de aquel país. Esas manifestaciones incluyeron la objeción del legítimo derecho de aquella nación a la presidencia del Mercosur, entorpeciendo el desempeño institucional de ese organismo regional.
Opuesta a esa postura estuvo la actitud que se mantuvo ante el golpe legislativo de Brasil, que destituyó a una gobernante legítima por la acción conjunta de una red de poderosas corporaciones económicas y de parlamentarios comprobadamente corruptos. El gobierno argentino reconoció de inmediato a un presidente que rezumaba ilegitimidad y lo agasajó con todo los honores en su visita a la capital del país. El entusiasmo reveló la coincidencia ideológica en materia económica como lo demuestra el brutal ajuste fondomonetarista que están aplicando ambos gobiernos.
El episodio por las islas Malvinas en Naciones Unidas, en cambio, fue lisa y llanamente un papelón internacional. En esa oportunidad, y como dice el viejo refrán, fue peor la enmienda que el soneto, que contrastaron con las precisas y sutiles desmentidas que, con respecto al tema de la soberanía, emitiera la experimentada cancillería inglesa.
Poco después llegó otra sorpresa nada agradable para el gobierno: el pronunciamiento de Naciones Unidas calificando de “arbitraria” la detención de Milagro Sala e instando a su liberación. Buscando una contestación de imposible coherencia se emitieron declaraciones en diversos ámbitos oficiales pretendiendo menoscabar la importancia del reto internacional, en tanto se demora una respuesta a la altura del organismo objetor con el pretexto de que está “a estudio”.
La votación en la ONU sobre la ocupación del territorio palestino por parte de Israel terminó por coronar esta serie de torpezas diplomáticas. La abstención argentina contrarió una digna postura de rechazo mantenida desde hace mucho tiempo y compartida con la mayoría de los países del mundo. Nuestro país se escudó en un artificioso argumento, la “neutralidad activa”, que, por cierto, permite justificar cualquier acción.

Compartir