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Trump, Twitter y la libre expresión

Con más de 103 mil muertos por la pandemia de Covid-19, una quinta parte de su población desempleada y una economía en derrumbe, Estados Unidos tenía ya bastantes problemas que atender. Hasta que se reactualizó otra pandemia, que azota a esa nación desde sus albores históricos: el racismo asesino.
En los últimos días se verificaron varias muertes de ciudadanos negros a manos de la policía. Sin embargo, hubo dos especialmente conmocionantes. Una, la de George Floyd, quien murió sofocado por una bota policial apretando su garganta, como muestra un video viral en el que clama por poder respirar, antes de morir. La otra, de Breonna Taylor, una trabajadora de la salud que fue asesinada por la policía dentro de su propio departamento, en un allanamiento a todas luces ilegal.
Estas muertes atroces encendieron la esperable reacción en la población negra, que salió a las calles y provocó desmanes, con la consecuente «respuesta» policial: otros siete afroamericanos heridos de bala. Además, el gobernador del estado convocó a la Guardia Nacional. Pero no terminan allí las desgracias. Porque no importa el problema que tengan los Estados Unidos, su presidente siempre lo puede empeorar.
A comienzos de semana, ante un par de posteos realizados por Donald Trump, donde insinuaba que el voto por correo -alternativa que se baraja para las elecciones presidenciales de este año, debido a la pandemia- sería fraudulento, la red social Twitter resolvió «contextualizar» el tema, proveyendo a sus usuarios información veraz para contrarrestar las acusaciones infundadas del presidente.
Cuando se produjeron los incidentes raciales en Minneapolis, el ocupante de la Casa Blanca se despachó con una serie de twitts abiertamente racistas, y con una clara amenaza: «cuando empiezan los saqueos, empiezan los tiroteos». Twitter consideró que esta expresión violaba sus normas contrarias a la glorificación de la violencia, y -sin remover las frases de Trump- advirtió a sus lectores sobre cómo estas expresiones resultaban contrarias a sus normas de comportamiento.
La respuesta no se hizo esperar: furioso, el presidente instruyó a su staff para modificar la legislación en materia de redes sociales, para permitir un escrutinio más intenso por parte de las autoridades, y en particular, para hacer desaparecer una protección que regía hasta ahora, según la cual, estos sitios de internet no serían responsables por el contenido de la información que los usuarios publican.
Aunque al momento de escribir estas líneas se desconoce el texto exacto de la legislación anunciada, resulta bastante claro que la movida oficial representa un clarísimo atentado contra la libre expresión, originado meramente en un cambio de humor del volátil primer mandatario.
Irónicamente, se ha dicho que la presidencia de Trump resulta inconcebible sin las redes sociales. Que jamás habría llegado a la presidencia sin el ejército de «trolls» -muchos de ellos, rusos- que desparramaron falsas noticias durante la campaña presidencial contra Hillary Clinton. Y que sin Twitter, el hombre no podría vivir.
Alguien se tomó la molestia, meses atrás, de contar la cantidad de caracteres escritos por Trump en Twitter, y llegó a la sorprendente revelación de que equivalen, en volumen, a las obras completas de William Shakespeare. Sin la calidad literaria, desde luego, pero no sin un parecido nivel de ficción.
El romance entre el presidente y la red social terminó. La víctima, sin embargo, será la libre expresión. Como ocurre, invariablemente, cuando gobierna la derecha autoritaria.