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Un antepasado impresentable

DOMINICALES

La prensa occidental dedica ríos de tinta a las manifestaciones en Hong Kong, originadas en una ley de la autoridad local que permitiría la extradición de sus ciudadanos a China. Y es que ese pequeño territorio insular, devuelto por Gran Bretaña en 1997 tras siglos de usurpación, forma parte del gigante asiático bajo la vaga premisa de «un país, dos sistemas» que garantiza la continuidad del capitalismo como sistema imperante en la isla.

Compañía.
Aunque desde este lado se presente al conflicto de Hong Kong como un frente de lucha por la democracia, los orígenes de esta anomalía geopolítica poco tienen que ver con esos ideales.
En realidad la isla fue usurpada a China por una gigantesca corporación, la Compañía de las Indias Orientales (East India Company), que perfeccionó el arte de manipular a los gobiernos del mundo en beneficio propio, y hasta contaba con un ejército privado para incrementar su «poder persuasivo».
Muchos de los rasgos propios de las actuales multinacionales -cuyo poder económico es mayor al de muchos países, e incluso se encargan de financiar golpes de estado para imponer gobiernos afines, como ocurrió en Iran, Guatemala, Chile, etc.- ya estaban presentes, y acaso fueron inventados, por esta empresa fundada en Londres hace 400 años.
A la manera de las patentes de corso que la corona distribuía generosamente entre los notorios piratas ingleses, la EIC estaba autorizada a hacer la guerra contra gobiernos extranjeros si eso ayudaba a sus negocios.
Estos «negocios» incluían la venta de opio a China, comercio (o, mejor dicho, narcotráfico) que provocó dos guerras, en el curso de las cuales se hizo, por la fuerza, de la base de Hong Kong.

Independencia.
La corona británica no tenía mayores problemas con la conducta criminal de esta empresa, que le proveía de formidables recursos, le construía puertos, y fue crucial en la expansión de su imperio. Los miembros del parlamento británico no podían estar más contentos, ya que eran untuosamente sobornados, incluso con acciones de la EIC. Hay quien sostiene que esta compañía fue la inventora del «lobby», esto es, la influencia corporativa en las decisiones públicas a través de procedimientos cuasi legales.
Sin embargo, no siempre estas relaciones peligrosas resultan provechosas. Y es que las prácticas predatorias de la East India Company provocaron tal preocupación en las colonias americanas, temerosas de ser también sus víctimas, que se la señala como uno de los factores desencadenantes de la independencia. John Dickinson, el «escriba de la revolución», decía ya en 1772 que los soldados de la compañía, tras devastar la India, habían «puesto sus ojos en América como un nuevo teatro en el cual ejercer sus talentos para la rapiña, la opresión y la crueldad». De hecho, el famoso cargamento de té que los patriotas bostonianos tiraron al mar en protesta, era propiedad de la EIC, que lo había importado desde Hong Kong.
Como toda corporación que se precie, por aquella época la compañía provocó una enorme burbuja financiera, que llevó a la bancarrota a varios bancos europeos, y que terminó con el primer caso conocido de «salvataje», cuando la corona británica se hizo cargo de sus cuantiosas deudas, a cambio de asumir el control de sus negocios.

Y por casa.
En el medio de la crisis económica y los laberintos legales provocados por aquella quiebra, un parlamentario tory, Edward Thurlow, acuñó una frase que bien podría aplicarse a las actuales multinacionales: «Las corporaciones no tienen un cuerpo que pueda ser castigado, ni un alma que pueda ser condenada. Consecuentemente, hacen lo que se les da la gana».
Se dirá que las actuales mega empresas no tienen ejércitos privados, ni se dedican al narcotráfico. Puede ser. Pero durante la guerra fría, tenían alquilados los ejércitos de países enteros del tercer mundo, a los que incentivaban para deponer gobiernos democráticos. Hoy ciertamente tampoco precisan ir tan lejos. Les basta con alquilarse un buen lote de periodistas y jueces permeables.
Y en cuanto al narcotráfico… Esta semana la gran noticia en EEUU es la situación de Purdue Pharma, una megacompañía farmacéutica, que comercializa un poderoso analgésico llamado OxyContin, al que se responsabiliza por la llamada «crisis de los opióides»: una verdadera epidemia de adicción a estos narcóticos, que ha provocado una enorme cantidad de muertes por sobredosis (70.000 sólo en 2018) incluyendo la del músico Michael Jackson. Purdue acaba de hacer un acuerdo parcial con municipios, estados y víctimas, por una suma cercana a los 3.000 millones de dólares.
Por cierto, el OxyContin es un derivado del opio, la misma droga que la East India Company traficaba en China.

PETRONIO