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Un barco que en la proa lleva el nombre de tu nombre

DOMINICALES

La última entrada en la cuenta de Instagram de Rosario Bléfari está fechada en Santa Rosa, La Pampa. Es una fotografía algo borrosa, de un abrigo claro, de aspecto etéreo, colgando frente a una ventana. Desde afuera se cuela una débil luz de invierno. Adentro se adivina la calidez de la casa paterna. Fiel a su estilo, este adiós fue discreto, poético y suave.

Lunes otra vez.
Este lunes a la madrugada, en el atroz comienzo de la semana más fría del año, aquel abrigo quedó vacío para siempre.
Rosario no era pampeana. Había nacido, 54 años atrás, en Mar del Plata. Pero La Pampa era el sitio de nacimiento de su madre, y el lugar de residencia de su padre, con quien compartió sus últimos meses. Aquí tiene parientes, y un ramillete de amigos que compartían hacia ella los mismos sentimientos de cariño entrañable, y de extraña admiración hacia el talento de quien parecía estar haciendo arte con sólo respirar.
Que su último suspiro lo haya exhalado aquí, acaso la acerca más aún a este lugar, y casi parece un consuelo, ante su ausencia, esa sensación de pertenencia común. Como una búsqueda de sentido: Por algo transcurrieron aquí sus últimos días. Acaso, para generar la sensación de que se puede asir lo inasible.

Renacimiento.
La biografía oficial dice que Rosario fue cantante, compositora, poeta, actriz, dramaturga, periodista. Lo que no podrá develar es el misterio de cómo, en todas esas actividades, propias de un artista del Renacimiento, siempre su voz era la misma. Esa voz frágil, por momentos de niña, con la que suavemente decía cosas fuertes.
Por cierto que esa suavidad era engañosa. Como en una metáfora oriental, la aparente fragilidad escondía una voluntad de hierro. Hace falta mucha fortaleza para haberse autogestionado como artista todos estos años. Y ni hablar, cuando su carrera artística se desarrolló a partir del movimiento de rock en los años ’80, un ambiente al que la palabra «tóxico» le queda pequeña.
Un reportaje publicado en este diario, hace pocos meses, da una clave para entender su desarrollo. Cuenta que de niña, pasaba largos períodos enferma, en cama, y que su padre le traía del trabajo libros y revistas, que constituían todo su mundo. Allí nació su costumbre de escribir «para todo, para registrar cosas, para trabajar, para proyectar, para las relaciones afectivas (puedo pedir disculpas, declarar mi amor, pedir un consejo, reclamar algo), para hacer canciones, cuentos o poemas». Una práctica que -una vez más- nos lleva a Oriente, a la tradición de los «libros de almohada» de las mujeres japonesas del Medioevo.

Legados.
Afortunadamente queda, ahí, su extensa y polifacética obra. Que lamentablemente quedará trunca, por ejemplo, en su intención de hacer algo relacionado con la danza; o el guión cinematográfico que había empezado a escribir, a medio camino entre la autobiografía y la poesía.
¿Por dónde empezar? Con un poco de suerte, la plataforma cine.ar hará algún ciclo con su decena de películas, de las cuales, «Silvia Prieto» de Martin Rejtman (1999) acaso sea la principal: allí Rosario protagoniza, en medio de un cast de lujo, que incluye a Valeria Bertucelli y a Vicentico.
De su obra musical en general se destacan los discos de su banda, Suárez, con la que grabó su canción más conocida, «Río Paraná». Aquella que dice: «sigo remontando río arriba en un barco que en la proa lleva el nombre de tu nombre». Si se nos permite, sin embargo, escogeremos más bien la Rosario solista, intimista, por ejemplo, la del disco «Calendario» (2009), y en particular, la canción «Reservado», una hermosa declaración de amor. Todos sus discos están en plataformas digitales.
Con la poesía es más difícil, ya que en ese género las ediciones son limitadas y de circulación restringida. Justo el año pasado había editado el libro «Poemas de los 20 en los 80», del que elegimos el fragmento con que cerramos esta nota, para que sea su voz la que quede sonando:

Es de noche
casi siempre
en el cuarto de mi vida
que comienza
con que soy incapaz
y abuso todo el tiempo
de mi defecto
igual hago todo
lo que hay que hacer y lo que quiero
me destroza la edad
y lo que creo que es
no es
y me desespera como si la siesta continuase
a la mañana siguiente
y al otro día,
otro día.

PETRONIO