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Un buen modelo de negocios

PFIZER Y LA INMUNIDAD DE SUS GANANCIAS

Las grandes farmacéuticas bloquean la suspensión de las patentes pese a que existen tratados internacionales que lo contemplan en casos de emergencia como el actual.
JOSE ALBARRACIN
«En otros países, se sabe que Pfizer no sólo ha exigido inmunidad contra cualquier demanda civil por los posibles efectos adversos de su vacuna -incluso las que deriven de la propia negligencia de esa compañía- sino que además ha demandado a los gobiernos que pongan su patrimonio soberano, incluyendo reservas del Banco Central, edificios de embajadas y bases militares, como garantía para eventuales litigios. Comprensiblemente algunos países se han negado a aceptar semejantes demandas, y consecuentemente el ritmo de provisión de las vacunas se ha visto demorado».

Lobby.
Este párrafo, que describe el derrotero de las negociaciones de Argentina con el gigante farmacéutico norteamericano, no fue extraído de alguna publicación militante, sino tan luego de un editorial publicado el sábado pasado por el New York Times. El artículo revela, además, que aunque EEUU tiene en depósito millones de vacunas que no necesita ni va a poder usar, se ve impedido de donarlas a países más necesitados -como India o Brasil, los casos más extremos- por cuanto en otras jurisdicciones las compañías farmacéuticas no gozarían de las cláusulas de inmunidad judicial que han obtenido dentro de su país de origen.
La información es reveladora, en momentos en que -en un ejercicio descarado de lobby a favor de esa empresa- dirigentes políticos y referentes mediáticos argentinos reclaman ser inoculados con la vacuna Pfizer, y critican al gobierno por haber obtenido «sólo» vacunas provenientes de Rusia y China (en realidad, también se ha adquirido una importante cantidad de inoculantes de Oxford-AstraZeneca).
Las mismas fuentes se encargan de reiterar los importantes contratos de Pfizer con el gobierno de EEUU y con la Unión Europea, pero en ninguna parte se informa sobre los casos de miocarditis (inflamación de tejidos del corazón) que se han detectado en Israel y se relacionan, en principio, con la aplicación de esa vacuna.

Modelo.
Suscintamente explicado, el modelo de negocios de Pfizer -que no por nada cuenta con más de 170 años de próspera existencia- es bastante simple. En primer lugar, no fue la creadora de la tecnología en la que basa su vacuna. El método basado en el RNA (ácido ribonucléico mensajero) fue desarrollado por la científica húngara Katalin Karikó. Pfizer no arriesgó un centavo en esa investigación, y la pobre Karikó debió lidiar durante décadas con el rechazo y el ninguneo a sus esfuerzos de parte de la industria.
En segundo lugar, para el desarrollo de este producto, la firma contó -a través de su socia alemana, BionTech- con aportes del gobierno germano por casi 450 millones de dólares.
En tercer lugar, produce una vacuna que es menos efectiva, más cara y de mayor complejidad logística (por las bajísimas temperaturas a las que debe mantenerse y transportarse) que su par rusa la Sputnik-V.
En cuarto lugar, cuenta con una demanda infinita, permanentemente insatisfecha, a la cual atiende más o menos como le viene en gana, ya que continuamente se atrasa en las entregas. De hecho, para asegurar la fecha de entrega hay que pagar aparte.
Finalmente, y como experimentó Argentina en carne propia, la empresa farmacéutica no quiere correr ningún riesgo futuro con la aplicación de su producto, sino que sean los gobiernos nacionales quienes paguen los juicios por efectos adversos de su vacuna.
Como se ve, así no hay forma de no ganar dinero. Ni en la Unión Soviética se habrá visto un nivel tan escandaloso de apoyo estatal y eliminación del riesgo empresario.

Inmunidad.
Está claro que a Pfizer le interesa mucho más la inmunidad de sus ganancias que la de la población mundial. Está claro que si de ellos depende la pandemia va a continuar, porque si no se inmuniza a una parte sustancial de toda la población mundial, seguiremos sujetos al riesgo de que se desarrollen nuevas mutaciones del virus, más contagiosas, más letales, e inmunes a las vacunas actuales.
Mientras aparentan colaborar con ese gran objetivo de la humanidad, las empresas farmacéuticas lo están obstaculizando. Mucho países, que no han podido comprar ni una miserable dosis de vacuna para administrar entre su población, descubren ahora que tampoco pueden fabricar ellos mismos su propia vacuna. Los grandes productores mundiales han acaparado buena parte de los insumos y del personal y la tecnología necesarios para estos desarrollos científicos. Por si fuera poco, prohíben a los países la suspensión de las patentes medicinales, pese a que existen tratados internacionales que expresamente prevén esa posibilidad en casos de emergencia como el que evidentemente se transita en la actualidad.
Esto es precisamente lo que más de 170 exlíderes mundiales y ganadores del Premio Nobel requirieron al presidente Joe Biden en una carta abierta publicada hace una semana. Una iniciativa que, por cierto, la industria farmacéutica ha rechazado vehementemente, considerándola «distractiva» y «contraproducente». Se olvidaron de aclarar que no estaban hablando de la salud mundial, sino de sus propias ganancias.