domingo, 22 septiembre 2019
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Un cielo de tambores y de siestas largas…

DOMINICALES

Hace 400 años, un día indeterminado de agosto de 1619, desembarcó en Port Comfort, Virginia -entonces colonia británica- un barco pirata inglés, con el primer cargamento de esclavos africanos en arribar a esas costas. Entre 20 y 30 negros -que habían sido arrebatados a un barco esclavista portugués- fueron intercambiados por provisiones. Este hecho oscuro vendría así a marcar para siempre al país que luego se transformaría en los Estados Unidos, y a través de éste, al mundo entero.

Igualdad.
«Creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales, y que todos son dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos, a la vida, a la libertad, y a la búsqueda de la felicidad». Mientras escribía estas palabras, que luego se transformarían en la declaración de independencia de EEUU, Thomas Jefferson se encontraba al cuidado de Robert Hemmings, un adolescente que nunca gozaría de esos derechos: era el hijo del padre de Jefferson y una esclava negra, por lo que, siguiendo la ley de vientres, era esclavo de la familia. Hermano y esclavo.
Esto no constituía ninguna originalidad de parte del patriota: tanto George Washington como James Madison -por nombrar sólo algunos de los primeros presidentes norteamericanos- tenían esclavos de su propiedad. Estados Unidos nacía como una democracia «a la ateniense», donde sólo una minoría eran ciudadanos. Ni los esclavos negros, ni los pueblos originarios, ni las mujeres se beneficiaban de «estas verdades evidentes».
Incluso Abraham Lincoln, a quien se considera el padre de la abolición de la esclavitud, consideraba que la mejor solución para el «problema» era exportar a todos los negros a otro país, y así se lo propuso a los líderes de esa comunidad. Pero los negros tenían otros planes. Despojados por completo de toda raíz con sus naciones originarias, se habían transformado en los primeros norteamericanos. Y en base a su decidida, paciente e increíblemente pacífica lucha, no sólo obtuvieron su libertad, sino que perfeccionaron la democracia de EEUU en favor de todos.

Brutalidad.
Aún cuando la historia norteamericana -y también la nuestra- tiende un espeso manto de olvido sobre los años de la esclavitud, las consecuencias de ésta se sienten hasta el día de hoy.
Un suplemento del New York Times dedicado a la efeméride sostiene que «la brutalidad del capitalismo norteamericano» deriva del sistema económico de las plantaciones -principalmente de algodón, caña de azúcar y trabajo- en que trabajaban los esclavos. De hecho, cualquier análisis serio de historia económica concluirá en que fue esa plusvalía del trabajo esclavo lo que llevó al auge económico del país, y le permitió la quimera de independizarse del principal imperio del momento.
De ahí derivan también muchas de las «originalidades» del país del norte: la salvaje concentración de la riqueza; la dureza del sistema de prisiones, que mantiene la mayor población carcelaria en el mundo entero, compuesta, mayoritariamente, por negros; la inexistencia de un sistema universal de salud pública y la bajísima afiliación sindical; y hasta algunos problemas puntuales como los atascamientos de tránsito en Atlanta, derivados de un diseño vial destinado a mantener la segregación de los barrios negros.
Pero también de ahí deriva la música negra: el blues, el gospel, el rock, hasta el country, pero principalmente el jazz, que es la única forma de arte verdaderamente norteamericana comparable con la música erudita europea. Un arte basado en la improvisación, ya que los negros, despojados de historia y tradición, debían en todos los órdenes recurrir a lo repentino.

Hipocresía.
Entre nosotros la esclavitud no alcanzó el desarrollo que tuvo en EEUU, no por falta de brutalidad, sino por la escasez del espíritu metódico necesario para la agricultura intensiva típica de las «plantaciones».
Esto no impidió que cometiéramos con ellos un genocidio, particularmente enrolándolos en el Regimiento 6 «de Pardos y Morenos» que luchó en la independencia, y en las sucesivas guerras que plagaron nuestro siglo XIX.
En su hermosa «Milonga de los morenos», Jorge Luis Borges fantasea con que los negros argentinos «se olvidaron como niños» de su país se origen, «y aquí los aquerenciaron la costumbre y los cariños», ignorando la enorme violencia ínsita en la esclavitud, y planteando una vida colonial más cercana al cine de Disney que a la realidad de estas crueles provincias.
Fingiendo ignorancia, pregunta: «¿A qué cielo de tambores y siestas largas se han ido? Se los ha llevado el tiempo, el tiempo que es el olvido».
Sorry, George. Fue genocidio. Y ante eso, cualquier cosa menos el olvido.

PETRONIO