Un cuento de Navidad

DOMINICALES

En la ciudad donde él nació, a los niños se les decía que a los regalos de navidad los traía “El Niño Dios”. No dejaba de ser otra aplicación de los reflejos de Pavlov, para que los pequeños asociaran el placer con la religión. Pero como tradición parece mejor que Papá Noel, que en realidad se llamaba Nicolás, era obispo griego en el siglo IV, para luego cambiar su nombre a Santa Claus en Holanda, y terminar vestido de rojo gracias a una propaganda de Coca-Cola. Para no hablar del Caganer, ese personaje extraño de los pesebres en Cataluña, que literalmente “caga” los regalos de navidad. Será una técnica de los ahorrativos catalanes para que sus niños no se hagan grandes ilusiones sobre la calidad de los presentes que van a recibir.

1969.
Fue entonces que comenzó a sospechar que aquello de la Navidad era un complot. No una mera mentira sobre el origen de los regalos, sino toda una ceremonia que la familia se empecinaba en imponerle, subestimando su inteligencia.
Lo malo es que la farsa era demasiado buena para rechazarla. La familia de ocho personas sentada a la mesa, engalanada con adornos de color. Los aromas exóticos del cerdo al horno, o las manzanas al vino con clavo de olor. La inminencia de los regalos, el son de una melodía popular, la tregua obligada en las peleas entre hermanos.
Pero en aquella ocasión, sus sospechas se vieron confirmadas. Algo comenzó a resquebrajarse cuando los fuegos artificiales, que debían partir hacia el cielo a las doce de la noche, optaron por explotar todos a la vez, sobre el sillón donde los habían dejado. Posiblemente fue una travesura de alguno de sus hermanos, y por fortuna nadie salió lastimado. Pero el hechizo estaba roto.
De todos modos, siguió aceptando el juego, casi por piedad hacia sus padres, que tenían así una rara oportunidad de jugar como niños en medio de tiempos turbulentos.

2001.
El nuevo milenio había llegado, defraudando todas las promesas de un futuro con viajes espaciales, autos voladores y demás proezas tecnológicas que en 1969, con el hombre pisando la luna por primera vez, parecían inevitables.
Ya no estaban sus padres: ahora el padre era él, tratando de inventar el juego de la Navidad, sin saber siquiera por dónde empezar, incapaz de encontrar las figuras del pesebre o los adornos del arbolito que antes aparecían cada año, con tanta naturalidad.
Mientras ensayaba un torpe villancico para sus hijos pequeños, el país afuera se derrumbaba. La gente moría en las plazas, los presidentes efímeros se turnaban en un juego ridículo, para ser eyectados a poco de haberse probado el sillón, la banda y el bastón de mando.
Entonces miró hacia atrás y lo que sentía por sus padres ya no era piedad, sino una profunda admiración por su fortaleza para sostener un mundo de leyendas puertas adentro, aunque afuera el mundo estuviera a punto de estallar.

2018.
Se preguntó entonces si era su falta de fe lo que le había hecho fracasar, no ya en construir una Navidad para su familia, sino tan luego en mantener su familia unida hasta el final, como sus padres habían logrado con aparente facilidad.
Se sorprendió de todos modos, cuando aún cansado por el fin de año, y agobiado por el calor, se dispuso a armar un pesebre navideño y un árbol de Navidad, sin que hubiera un niño alrededor para escuchar una vez más la historia y esperar los regalos.
Se preguntó por un momento qué diferenciaba aquel cuento fantástico del Niño Dios, de tantos otros relatos con los que convivía a diario. Como la idea de comunidad dentro de unos límites nacionales, en conjunto con millones de individuos a los que no conocía ni comprendía. Como la confianza en unas leyes que supuestamente lo protegerían, aunque la experiencia le dijera lo contrario. Como esos naipes de papel que llamaba “dinero”, de cuyo valor nadie dudaba, aunque su origen fuera desconocido y su cotización se derrumbara a diario con la inflación.
Cuando cada personaje estuvo en su lugar, y las viejas figurillas tomaron su rol en el pesebre (los padres, los pastores, los animales de la granja y hasta los Reyes Magos que supuestamente tardarían dos semanas en llegar), debió concluir que no hay nada más humano que esa fruición por las historias que intentan dar sentido a un mundo caótico.
Fue entonces cuando supo que al arrullo de un relato, aún cuando no lo creyera, le era imposible sentirse solo. Hubiera jurado que en ese momento sonaba aquella vieja melodía popular, y que la casa se inundaba con el aroma a clavo de olor.

PETRONIO