Un discurso para la propia tribuna

El Presidente de la Nación afirmó ante la Asamblea Legislativa que “creció la economía”, “bajó la inflación”, “bajó la pobreza” y “creamos 700 mil puestos de trabajo” entre otras expresiones por el estilo. El enojo que mostró al finalizar su discurso ¿obedeció a un brote de ira por la necesidad de apelar a la mentira en forma tan ostensible, o formó parte del guión y solo fue una actuación -es decir otra mentira- para maquillar una gestión tan opaca?
Lo único seguro es que es la voz presidencial solo fue festejada por su núcleo duro político y mediático, en tanto los que juegan por afuera de ese cerco coincidieron en señalar que lo que describió el Presidente fue el “país del nunca jamás” o el de “fantasía” disneylandianos.
No fue una pieza oratoria de un jefe de Estado que informa al parlamento sobre su gestión y sus proyectos sino una proclama para la tribuna, por momentos provocativa para la oposición. Tan abundantes fueron las falacias del discurso que uno de los diarios más oficialistas presentó una suerte de “juego” en donde se desafiaba al lector a identificar las “verdades” y las “mentiras” escuchadas el viernes en el Congreso de la Nación.
Dos resonantes omisiones tampoco pasaron desapercibidas. Ni una sola palabra dedicó el jefe del Ejecutivo Nacional al reclamo por la soberanía de las islas Malvinas, un tema siempre presente en los discursos presidenciales ante la Asamblea Legislativa. Tampoco mencionó el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, firmado por su gobierno el año pasado y principal actor de la política económica. A cambio de esas ausencias atronadoras, el Presidente prefirió mencionar acciones del gobierno anterior. La estratagema -de indudable cuño duranbarbesco- cumplió con un doble propósito: enardecer a la oposición y desviar la atención de los resultados desastrosos de su propia administración.
La jerga del relato macrista ocupó, como siempre, un lugar destacado. La reiteración de expresiones como “equipo”, “cambio”, “vamos Argentina”, “pasión”… volvieron a mostrar sin tapujos que el marketing -es decir, el estuche antes que el contenido- fue la principal preocupación de los que escribieron el discurso del Presidente. En verdad, nada nuevo en el jefe de un gobierno que no tiene nada positivo para mostrarle a su pueblo, porque concentró sus esfuerzos en beneficiar exclusivamente al poder económico más concentrado. Nada de derrame o, en todo caso, solo derrame de penurias para los sectores populares. Ningún discurso puede embellecer gestión semejante, salvo que se acuda al auxilio de la mentira, es decir, de la palabra corrompida. Ese es el único recurso que le queda a un gobierno cuando ha frustrado todas las esperanzas de un pueblo que creyó en sus promesas.
En su tercera disertación ante el Congreso de la Nación el presidente eligió un tono de arenga proselitista, prefirió falsear una realidad socioeconómica muy adversa para las mayorías y sobreactuó el énfasis de su tramo final para meterse de lleno en la campaña electoral. Los mismos grandes medios porteños que calificaban de “crispada” a la presidenta anterior, no ahorraron elogios por el discurso “enérgico” del actual presidente.