domingo, 22 septiembre 2019
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Un episodio shakespeareano

DOMINICALES

Escena séptima del cuadro tercero del acto primero. La reina madre de Roma, Alicia, tras sus abluciones nocturnas, se coloca la bata y se dirige hacia sus aposentos, lánguida. A sus espaldas, pero visible para el público, un espectro ingresa a la escena. Es el fantasma de su esposo Francesco, recientemente fallecido. Alicia se sobresalta cuando finalmente lo ve, pero luego finge indiferencia.
Alicia: -Vienes más seguido a mi alcoba ahora que cuando estabas vivo, esposo mío.
Francesco (ofuscado): -Calla, mujer, no son tiempos para ironías ni reproches íntimos. El reino se viene abajo y tú haciendo cuentas sobre mi débito conyugal.
Alicia: -Veo que el otro mundo no te ha cambiado el humor.
Francesco: -Lamento adelantarte que el otro mundo es una república igualitaria. La hotelería y la gastronomía son pésimas. Y apenas si tolero mis clases de coro y de lira: debí haber dedicado más tiempo a la música cuando estaba aquí.
Alicia: -Por suerte nuestro Mauricio te ha aventajado también en ese terreno. Su interpretación de aquella tonadilla, «We are the champions» es un gran éxito en las tabernas del reino.
Francesco: -Ah, mujer, ¡qué ilusa eres! En las tabernas no hacen otra cosa que mofarse de sus desafinaciones. Como se mofan de su afición por ese juego de patanes, el calcio. Tan inteligente que eres, pero cómo se nubla tu razón cuando se trata de tu primogénito. ¿No te has enterado, acaso, de su pésima reputación en otros reinos, cuando los visita e insiste en cantar, bailar y hacer chistes deportivos? Si hubieras sido un poco más rigurosa en su educación, tal vez nos ahorraríamos estas vergüenzas.
Alicia: -Vaya cara que tienes, hombre de negocios y padre ausente. ¿Qué sabes tú de cómo eduqué a aquel niño, si nunca estabas? Para tu información, me cansé de pegarle, hasta que las manos se me ponían bermejas, para que no mintiera. Era un feo defecto que tenía.
Francesco: -¿Tenía? ¿Cuándo vas a asumir que tu hijo es un mentiroso compulsivo? Miente tanto, que ya no debe ni recordar cómo es decir una verdad. ¿Cómo crees que llegó a rey ese hijo de un mercader? En base a intrigas, subterfugios y falacias. Es el día de hoy que le sigue prometiendo a su pueblo hambriento que lo peor ya ha pasado, que están sentadas las bases para un futuro mejor, cuando no hay trabajo, ni pan, ni justicia siquiera, ya que los magistrados se han contagiado de sus mentiras y hasta de sus frívolas incursiones en el calcio.
Alicia: -Serás un mercader, pero te recuerdo que por mis venas corre sangre aristocrática. Como en las de mi hermano Giorgio, el verdadero mentor de tu hijo. Por algo ha seguido más sus consejos que los tuyos, esposo.
Francesco: -¡Y así estamos, mujer! Entre tus veleidades de nobleza y las ideas del mentecato de tu hermano, ahora vuestro espíritu fenicio se ha apoderado del reino. Habré sido un simple mercader, pero dí trabajo a miles de personas. Tu hijo, con las ideas de tu hermano, ha llevado al reino a la miseria y a la especulación permanente. No sin antes haber intentado hacerme pasar por loco, y no contento con ello, haberme acusado de corrupto cuando no llevaba dos semanas de muerto.
Alicia: -Tus carnes, para ese entonces, no eran precisamente un ejemplo de frescura…
Francesco (acusando la ironía): -Tengo noticias para tí, mujer. A tus carnes no les espera un destino mejor. Y ahora que lo pienso, ahora mismo y estando viva tampoco alabaría su frescura. Sobre todo si las comparo con otras que he conocido, ¡y en el sentido bíblico de la palabra!
Alicia: -Tenías que sacar a colación tus infidelidades… ¡Es a tí a quien degradan tus aventuras con actrices y brujas de los bajos fondos!
Francesco (impaciente): -Bueno, mujer, mi tiempo se acaba, no es momento para frivolidades. Vengo a prevenirte: el reino está en llamas. Los desmanejos de tu hijo han provocado una revolución, todo el pueblo le dio la espalda. Siempre dije que no tenía corazón para ser rey. Hay tumulto en las calles y me temo que pronto vengan a Palacio, como suelen hacer en este reino de sangre caliente. ¡Huye, mujer! ¡Sálvate! ¡Vete a un convento!
El espectro pronuncia estas palabras mientras, por el otro costado del escenario, ingresa el joven Rey Mauricio, tañiendo una lira y cantando desafinadamente. Camina hasta su madre, y sin dejar de cantar, apoya su cabeza contra el pecho de ella.
Alicia (desesperada): -¿Qué has hecho, hijo mío?
Mauricio: -¡Les dije, madre mía, que si me enojaban podía hacerles mucho daño! (ríe demencialmente).
El telón trasero se abre, dejando ver una ciudad en llamas, y oir el sonido de la turba que canta obscenidades, al compás de los bombos. Alicia se desmaya. Cierra el telón.

PETRONIO
Stratford-upon-Avon, 1594