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Un mensaje demasiado claro

La caja con la amenaza de bomba que plantó una persona en el Centro Cívico es un mensaje que no conviene desoír. Ocurrió una semana después de que detonara un explosivo en un local partidario del Frente de Todos, en la cercana Bahía Blanca. El panfleto que apareció en ese lugar decía: «comenzó la purga». Días antes, en la misma ciudad, hubo pintadas en un colegio de la colectividad judía que expresaban: «los vamos a matar».
El volante que dejaron junto con la caja, a escasos metros del despacho del gobernador pampeano, afirmaba que «las próximas irán en serio»; intimaba a las autoridades a «rendirse ahora y dejar la ciudad y la provincia» y, cerraba afirmando que «no tenemos nada que ver con los partidos políticos que ya conocen».
No es difícil advertir que hay un hilo conductor entre los tres mensajes. Aunque fueron esparcidos en distintas circunstancias coinciden en el oscuro tono amenazante y descalificador hacia los destinatarios. Sus autores son categóricos: al otro solo le espera lo peor; tiene que irse, dejarse purgar o, directamente, morir. La bomba en sí misma (como explosión real o como amenaza) apela a la eliminación del otro: la ideología antidemocrática en su estado más bestial.
Estos ataques pretenden imponer un clima de zozobra en una sociedad ya hipersensibilizada por la pandemia de Covid-19, y no parece casual que irrumpan en pleno pico de la segunda ola. Tampoco parece haber dudas de que se trata de sectores ultra-minoritarios, aunque se encabalgan sobre el accionar y el discurso de otros sectores -no tan minoritarios- que enarbolan la diatriba y el odio con mayor despliegue político y mediático.
No se trata de proponer vínculos que hoy no están demostrados, pero sí de establecer parentescos, cercanías, entre sectores que no dudan en apelar a la violencia verbal, a la propagación deliberada de noticias falsas, a la búsqueda de exacerbar el malhumor social, de regar la semilla del odio. Del discurso enardecido a armar un simulacro de bomba no parece haber un gran paso.
La ausencia de expresiones de repudio de algunas agrupaciones ubicadas en el flanco derecho del arco político ofrece un indicio. No se afirma que hay una relación directa; se menciona que no se condenan estas expresiones antidemocráticas que, en nuestro caso, estuvieron dirigidas a la máxima autoridad gubernamental de la provincia. Y si bien la ausencia de condena no implica una aprobación automática, lo cierto es que en política los silencios pueden ser más elocuentes que las palabras. Como dice el refrán: quien calla otorga. Sobre todo en nuestro pequeño ámbito en donde un comunicado de prensa no se le niega a nadie.
Mirar para otro lado o hacerse el desentendido no aporta; o sí, pero para el lado de la antipolítica. En cambio reconforta que desde los dos partidos mayoritarios hubieran claras muestras de rechazo.
La seguridad del gobierno merece un párrafo aparte. Este acto intimidante tuvo un antecedente -menos grave por cierto- en una reciente conferencia de prensa. Las operaciones que buscan generar una atmósfera de temor no solo deben investigarse, sino también prevenirse. Especialmente cuando toman como blanco a la máxima autoridad provincial.