domingo, 22 septiembre 2019
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Un nuevo frente en una riesgosa región

La semana que finaliza trajo una noticia que conmovió al hemisferio occidental: una porción de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia volvía a tomar las armas, que había abandonado como corolario del largo proceso de paz iniciado hace algunos años.
Colombia, junto con Brasil y Chile, son países considerados claves en la geopolítica de los Estados Unidos de Norteamérica y de allí que el hecho de que en el territorio colombiano campeara una guerrilla que llevaba más de cuarenta años resultaba inadmisible para el esquema estadounidense. Sin embargo, lo que no pudieron alcanzar con las armas lo hicieron con el llamado «Acuerdo de paz de La Habana», una larga negociación entre las partes de la que se excluyó el Ejército de Liberación Nacional, único grupo guerrillero todavía activo.
Ahora, a la vista de los hechos que les ha tocado protagonizar, las FARC consideran que aquel acuerdo fue traicionado y que la entrega de las armas por su parte fue un error. Ya no le creen al actual presidente colombiano, Iván Duque, que ha reiterado la necesidad de hacer modificaciones al tratado, además de ayudar a la reinserción de los ex combatientes a la vida civil.
Razón no les falta: tal como se ha venido desenvolviendo, el acontecer político colombiano sugiere pensar que el tratado fue una gran trampa en la que, una vez desarmado el grupo principal, el Ejército y los grupos parapoliciales podrían entregarse a la caza de ex militantes. De hecho, el Ejército ha alentado la reiteración de los «falsos positivos», como se denomina a las ejecuciones sumarias y extrajudiciales, e incluso sugirió ignorarlas en algunos casos de líderes sociales. Según noticias fidedignas, el Ejército «ha ordenado a sus tropas que dupliquen la cantidad de criminales». Fuentes de la prensa occidental informaron de la indignación nacional al saber que por cumplir con las «cuotas» asignadas «se cometieron asesinatos generalizados y desapariciones de civiles y antiguos rebeldes a los que matan bajo distintos pretextos. Los mandos posiblemente acepten un aumento de las bajas civiles en el proceso, según consta en órdenes escritas y entrevistas con altos oficiales y ex guerrilleros». Estas -y otras-irregularidades involucran a altos mandos de las fuerzas armadas.
Con semejante panorama, que se ha traducido en una estadística de muertes violentas tan reciente como poco fiable, es entendible que los antiguos militantes opten por un camino no menos peligroso: volver a la guerrilla. Los otros son esperar una muerte imprecisa o exiliarse, una cuestión muy difícil.
La decisión de abrir un nuevo frente guerrillero agrega elementos a una región ya de por sí riesgosa: la guerrilla opera en la zona selvática limítrofe con Venezuela y este país, que rompió relaciones con Colombia, está bajo la constante amenaza de una intervención militar de los Estados Unidos. La enorme desigualdad social y la condición de ser uno de las principales productores de cocaína agrega potenciales y muy cercanos elementos que pueden desatar la violencia en la región. Las terminantes palabras de John Kennedy medio siglo atrás acerca de que «no tolerarían nuevas Cubas en el continente» tuvieron dolorosa vigencia durante ese tiempo. Habrá que ver como se interpretan ante esta nueva e inesperada circunstancia.