Un presidente que merece ser fijado en la memoria

Señor Director:
El pasado martes fue recordado el presidente Humberto Illia al cumplirse el medio siglo de su derrocamiento por uno de los golpes militares que se repitieron en gran parte del siglo XX. El asalto al poder se había tornado rutinario desde l930 y seguiría repitiéndose hasta 1976.
Lo que merece el recuerdo de los argentinos es la persona de aquel presidente, por haber tenido rasgos más bien singulares en el mundo de la política nacional y porque no padeció de ese mal llamado “realismo” en cuyo nombre se termina convalidando despropósitos e injusticias.
Luego del cuartelazo de 1930, que puso fin al segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, afrontamos una era de fraude electoral, con algunos intervalos de gobiernos elegidos por vía del fraude. Ortiz fue la esperanza de una alternativa, pero murió tempranamente y su reemplazante, Castillo, era de otra madera, Luego de la deposición de éste en l943 tuvimos la novedad de una mayor permanencia militar en el gobierno, hasta 1946, cuando uno de esos militares, Juan Perón, fue elegido por un nuevo movimiento de raigambre popular que se constituyó desde entonces en una tercera opción política, con respecto al conservadurismo tradicional y al radicalismo. El peronismo se mantuvo en el poder con elecciones francamente mayoritarias hasta que en 1955 Perón fue desalojado mediante otro golpe. El protagonismo de las fuerzas armadas habría de prolongarse hasta l983, o sea durante cincuenta y dos y tres años. Sin embargo, entre l955 y l983 hubo dos intentos de volver a la vía institucional. El primero dio lugar al gobierno de Arturo Frondizi, un intelectual que pudo ganar por un acuerdo con el proscripto peronismo. Las expectativas esperanzadas que despertó Frondizi no se cumplieron y también fue desalojado del poder por acción militar. Luego de otro interregno se volvió a ensayar el retorno a la formalidad democrática, disminuida por la proscripción del peronismo y el exilio de su líder. En esta ocasión llegó al poder don Humberto Illia, cuyo nombre no despertaba expectativas mayores en una opinión pública que tenía asumido que las elecciones eran una ficción, por entenderlas como una concesión condicionada de la alta burguesía y de su brazo armado.
Illia tenía conciencia de esta situación, pero se dispuso a gobernar como si la democracia y la constitución tuviesen pleno y seguro respeto. También se propuso terminar con exilios y proscripciones para retomar el camino vislumbrado en 1810, el de “gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.
Por mi quehacer periodístico pude conocer a Illia, cuya personalidad me atraía e intrigaba. Yo le había dado mi voto, como antes lo hice con Frondizi y más tarde con Alfonsín. Un día el presidente llegó a General Pico y pude darle la mano en los altos de la municipalidad. Tuve la sorpresa de que él me llamara por mi nombre. Alguien me dijo luego que Illia era un político astuto y que como tal sabía que el reconocimiento de las personas es un factor que dispone favorablemente el ánimo del reconocido y de su entorno. Recordé entonces que también Napoleón usaba esa “astucia”, pero eso no me disminuyó el gusto con que viví la experiencia porque Napoleón era astuto y también un genio militar, y don Humberto procedía así porque no se sentía superior a nadie y porque seguía siendo el militante de tierra adentro que quiere y sabe ganar la confianza de la gente. Además, yo estaba asombrado por entonces por la virulencia con que era atacado desde la prensa nacional, empeñada en desmerecerlo con humoradas hirientes. Sospechaba que ya estaría madurando un golpe y creo que lo sabía don Humberto, porque cuando llegó el momento tuvo la conducta que uno siempre espera de los que han merecido la confianza popular. Y, fundamentalmente, porque era un hombre decente y respetuoso, cualidades que no son tan habituales en las alturas del poder.
Atentamente:
Jotavé

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