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Un proyecto que divide las aguas

El seminario sobre una posible gran hidrovía que atraviese el oeste bonaerense y el este de nuestra provincia, a realizarse por estos días en Bahía Blanca, suena más a anuncio preelectoral que a una posibilidad seria.
Nadie niega la utilidad de esta posible vía que ya fuera considerada otras veces, pero dentro de la actualidad nacional, en un país al borde del caos aparece como un proyecto, cuanto menos, quimérico tanto por los trabajos que implicaría -y las inversiones consecuentes- como por la creación y puesta en marcha de un nuevo sistema de transporte. Por otra parte, el mantenimiento de las vías de tránsito actual implicaría una muy considerable construcción de obras de arte complementarias, puentes en especial.
No es que, desde un punto de vista estratégico, se trate de una concepción desdeñable; los canales interiores son en Europa importantísimas vías de comunicación y transporte que permiten acceder desde la parte occidental del continente hasta su mismo centro. Cierto que se basan en una cultura centenaria al respecto y un terreno favorable a esas obras, pero obedecen también a una concepción más diversificada de los factores económicos. De hecho, algunos países las han considerado como una prioridad, caso de China, que la ha incorporado a su monumental presa de «Las Tres Gargantas».
Al respecto, debe recordarse que una vía navegable de esa clase no es una novedad en el país, también con la finalidad de darle mayor entidad al puerto de Bahía Blanca. Tempranamente, a comienzos y finales del siglo XIX, se pensó algo similar pero con una ventaja: el aprovechamiento de la vía navegable que por entonces ofrecía el sistema Desaguadero-Salado-Chadileuvú, una obra que, al igual que la creación de un puerto de mar sobre la laguna Colorada Grande, evidenciaba la visión de otra Argentina, después postergada y olvidada por el ferrocarril y su centralismo.
Por cierto que tampoco se entiende demasiado bien el justificativo de que la «hidrovía», además de abrir un nuevo canal logístico, tiene como principal objetivo «disminuir la vulnerabilidad del centro del territorio argentino al cambio climático», donde «sobreabunda la lluvia en su parte septentrional y escasea en la meridional». Puede aceptarse que el canal obre como evacuador de excesos de agua, pero la compensación de sequías es imposible de comprender, salvo que se plantee una red de canales de riego, lo que implicaría formas y cambios culturales prácticamente impensables.
No es que se niegue la utilidad potencial de semejante obra, pero los más de 3.000 millones de dólares que implicaría su concreción, junto con las un tanto endebles formas de financiamiento, recuerdan inmediatamente otros proyectos frustrados hasta ahora, como en el caso de la red de autopistas.
Pero -tal como señalara uno de los comentarios periodísticos al respecto- «la propuesta de construir un canal navegable entre Córdoba (y el centro del país) divide aguas entre quienes lo ven plausible y como un gran avance, y aquellos que lo toman en sorna e impracticable». Los argumentos que esgrimen son sencillos y contundentes ¿cómo puede pensar en semejante obra un gobierno que ni siquiera es capaz de mantener en condiciones adecuadas sus principales rutas?