Un “remedio” peor que las enfermedades del imperio

DONALD TRUMP GANO LAS ELECCIONES DE ESTADOS UNIDOS

Desairando todos los pronósticos, Donald Trump se impuso en los comicios estadounidenses. Muchos de quienes lo votaron habrán pensado que así ponían fin a tantos males del sistema en crisis. Pero el remedio será peor que la enfermedad.
EMILIO MARIN
El título de esta columna, anteayer, aclaraba que “Las encuestas, que suelen pifiar, dicen que ganará Hillary”. Y no ganó la señora. Las encuestas volvieron a pifiar, como cuando no previeron el triunfo del Brexit en el plebiscito británico ni el del No en Colombia por los acuerdos de paz. También los comicios norteamericanos dejaron desairados a la mayoría de los sondeos y las empresas responsables de las encuestas, entre ellas muchísimos medios de comunicación.
¿A qué puede deberse la pifia del martes 8? Podrían haber influido dos factores, amén de que se trataba de una elección reñida. Uno, que muchos votantes de Trump actuaban en forma vergonzante y no decían la verdad a las encuestas, por la pésima prensa que el candidato se había ganado con cada declaración agraviante de las mujeres, inmigrantes, musulmanes, homosexuales, etc.
El otro factor reside en la cuota de subjetivismo de esos medios de comunicación. La mayoría de los éstos veían con simpatía un eventual triunfo de Hillary Clinton, como parte del establishment político del que los medios son parte integrante. Su corazoncito demócrata pudo haber influenciado parcialmente en aquellos sondeos porque las cosas suelen ser vistas según el cristal de quien las mire.
Que la ex Primera Dama, ex senadora y ex secretaria de Estado haya sido la expresión más representativa del establishment, no coloca a su rival en un nivel menesteroso. Según la revista Forbes la fortuna de Trump era de 3.000 millones de dólares, que el magnate refutó en las primarias diciendo que lo correcto eran 10.000 millones. Según su aclaración, Forbes no medía bien los dividendos de la marca Trump en el mundo, con inversiones en muchos países donde se levantan sus torres, caso de Punta del Este, entre los más cercanos a Argentina. También podría ser que tuviera empresas no declaradas o en guaridas fiscales, como ocurrió con gobernantes de Islandia y Argentina.
Trump alcanzó los 279 votos del Consejo Electoral y asumirá el 20 de enero como el presidente nº 45. Si tiene algunos inconvenientes sobre cómo administrar sus bienes al estar en la Casa Blanca, podría pedirle consejo a Mauricio Macri y su tardío “fideicomiso ciego” del que, pasado cierto tiempo, ya no hubo noticias.

Ni con todo a favor.
Clinton no ganó ni aprovechando una oportunidad muy propicia, en cierto sentido. Tenía todo el aparato demócrata atrás suyo, incluyendo a la administración Obama. La corporación mediática también la respaldaba. Su contrincante era muy limitado en lo político y provocaba desmanes con cada declaración o Twitter -al punto que su equipo de campaña le impuso que no lo usara sin el visado de asesores-. Todo eso dañaba las chances republicanas, con ecos afuera del país. La colección de fondos en el tramo decisivo de campaña mostró que la demócrata doblaba en millones de dólares a su contendiente (400 millones contra 200, en número redondos).
La fantasía demócrata era completar la hazaña comenzada en 2008 con el triunfo de Obama, cuando hizo debutar a un afroamericano en el Salón Oval; ahora entraría allí una mujer. Eso, puede suponerse, habría agradado mucho a una gran cantidad de mujeres, pero tampoco hay que ser un genio para advertir que el machismo de una parte de la sociedad norteamericana, quiso impedirlo a toda costa. Para esos retrógrados, incluidas muchas féminas, a lo sumo el rol femenino puede hacer cumbre como Primera Dama, un papel que Melanie Trump puede desempeñar a la perfección. ¿Que no habla nunca y sólo es una cara bonita? ¿Acaso Juliana Awada, la esposa de Macri, juega algún papel político o se le cae alguna idea?
Dicho sea de paso, el presidente argentino puede empezar a tener una fama de yeta que lo emparenta con su predecesor “Carlos Méndez”. En septiembre pasado, cuando viajó a Nueva York para participar de la 71° Asamblea General de la ONU, participó de una conferencia con Bill Clinton en la fundación que lleva su nombre y dio respaldo a la candidatura de su esposa.
El hombre del PRO, como su canciller Susana Malcorra, estaban convencidos no sólo que ganaba la demócrata sino también que era la mejor opción para Argentina. Con su lógica economicista rastrera neoliberal, veían que con la continuidad de la línea de Obama habría más inversiones estadounidenses y más ingreso de productos primarios en el mercado del norte. Sobre todo carne y limones (en cítricos Macri tiene inversiones en campos y empresas en Salta), porque lo que es cereales o soja no hay posibilidad: nuestras economías son competitivas, pues USA es el principal productor mundial de soja.
El presidente y la canciller tuvieron que salir a tuitear de apuro sus felicitaciones al ganador y desear que se mantengan los acuerdos suscriptos y otros en negociación con la actual administración. Quedaron en orsai.

Un costado real.
Que Trump supone una gran desgracia para el pueblo norteamericano y los pueblos del mundo no puede dejar muchas dudas, lo que no significa bendecir a Hillary como una heroína de la democracia. Son dos rostros del bipartidismo imperial.
Dentro y fuera de EE.UU. el resultado supone un espaldarazo a políticas de derecha y ultraderecha, de limitación de los derechos civiles y avances elementales en cuestiones como el aborto, cambio climático y matrimonio igualitario, exacerbación de la xenofobia, sobre todo contra los mexicanos y musulmanes (estos, “el último orejón del tarro” para el magnate y sobre lo cual los medios mucho no hablan) y la vilipendiada mujer, tocable y violable.
Los ultra derechistas del republicano Tea Party se sentirán a sus anchas con Trump, igual que la beligerante mafia cubano-americana de La Florida, un estado donde el republicano ganó por 140.000 votos. Los mil grupos supremacistas armados en forma de milicias, que hay en EE.UU., estarán festejando con disparos al aire o a algún blanco con un negro dibujado, por la victoria del martes. Y fuera del país, los neonazis de UKIP del Reino Unido, promotores del Brexit; la neo fascista Marine Le Pen del Frente Nacional de Francia, la escoria que hoy gobierna la mayoría de países que fueron socialistas en Europa oriental, como el premier húngaro Viktor Orban, los que erigen muros y martirizan a inmigrantes, etc., sienten que ganó uno de los suyos.
No hay que pensar que todos los votantes de Trump son magnates billonarios. Muchos obreros blancos y familias de clase media baja, que empezaron a perder el empleo y las viviendas, sin acceso a los seguros de salud por el limitado “Obamacare”, en medio de la crisis de 2008 con la caída del Lehman Brothers, etc. votaron por aquél como forma de patear el tablero del establishment dirigido desde Washington.
Ya se había advertido anteayer aquí que “ese punto económico agitado por el republicano es la única chance real que podría explotar para que hoy le sonrían las urnas. Trump se ha convertido en el vocero de las clases medias y bajas sin estudios universitarios, y que siendo obreros blancos trabajaban en fábricas de Michigan y otros Estados donde se cerraron establecimientos para mandar sus inversiones a México o China. Así creció un resentimiento del mundo laboral para con sus multinacionales errantes y con el gobierno demócrata a nivel nacional”.
Una nota de ayer de Ignacio Ramonet, titulada “Las 7 propuestas de Donald Trump que los grandes medios censuraron… y que explican su victoria”, remarca ese voto bronca, por llamarlo de una manera argentina. Puntualizó que en cinco años se cerraron más de 60.000 fábricas y se perdieron casi cinco millones de empleos, sobre todo en los Estados del “rust belt”, el “cinturón del óxido”, del noreste. Y mencionó propuestas republicanas que mejorarían el empleo, gravarían a la banca de inversión y recortarían beneficios a las multinacionales con radicaciones en los socios de los tratados de libre comercio.
La corresponsal de Clarinete, Paula Lugones, con buen criterio, subtituló ayer “El interior estadounidense golpeado por el desempleo, la precarización laboral y la globalización. Allí está la clave del triunfo de Trump”.
Tratándose de un empresario con millonarias inversiones en otros países y al que su rival en un debate presidencial enrostró no haber pagado nunca los impuestos federales, aquellas promesas de campaña pueden ser parecidas al “salariazo y la revolución productiva”, película que los argentinos vieron en 1989.
Eso explicaría el voto por Trump de trabajadores y capas del pueblo. Ellos están indignados por una economía que entró en crisis hace 8 años y que el gobierno federal pudo solventar en parte subsidiando a los bancos y multinacionales, pero olvidándose de esa gente de zonas desfavorecidas. Sin concesión a la demagogia, ese sector del electorado debe saber que eligió un “remedio” que va a resultar más dañino que la enfermedad.
De las crisis capitalistas se puede salir por izquierda o por derecha. Con Trump, el imperio dobla más a la derecha, igual o peor que con Reagan y los dos Bush. Un desperdicio y genuflexión que 500 políticos y empresarios argentinos hayan viajado a presenciar esa cara y mala representación de democracia.

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