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Un simulacro de democracia

Noam Chomsky, el más destacado intelectual norteamericano de los últimos tiempos, sostiene que en Estados Unidos existe un único partido político: el «partido de los negocios», que tiene dos facciones: una ultraconservadora: los republicanos, y otra de rostro un poco más amable: los demócratas.
De hecho, el brutal bloqueo económico que impuso el demócrata John Kennedy a Cuba lleva casi seis décadas de vigencia sostenido por todos los presidentes que pasaron por la Casa Blanca con total independencia de su origen partidario. En todos los temas de fondo, especialmente en los de política internacional -OTAN, Medio Oriente, China, sistema financiero global- existe una férrea continuidad que confirma a rajatabla aquella sentencia de Chomsky. Lo llamativo es que EEUU se permite calificar de «antidemocráticos» a los gobiernos que no cumplen con los estándares que ellos mismos no alcanzan. Y no se conforma con señalarlos sino que se arroga la potestad de intervenir militar o económicamente en contra de ellos.
Cuba es el caso paradigmático. El cerco económico sigue inconmovible a pesar de que ha sido reprobado por la Asamblea General de la ONU durante 29 años consecutivos. Y cada vez con mayor contundencia. La votación de este miércoles fue abrumadora: 184 países votaron por el rechazo al bloqueo contra solo dos que lo hicieron a favor (el propio EEUU y su socio de correrías, Israel) y tres abstenciones (Brasil, Colombia y Ucrania).
El informe del canciller cubano en el recinto de la ONU fue lapidario: las pérdidas provocadas a la economía cubana por causa de la agresión económica de Washington rozan los 150 mil millones de dólares. Un solo ejemplo aclara mejor las cosas: en el desarrollo de las vacunas contra el Covid-19 que llevan adelante los científicos de Cuba -caso único en toda América Latina- no se pueden aplicar tecnologías bioquímicas que tengan más del 10 por ciento de componentes de origen estadounidense. Ni siquiera una pandemia como la que hoy sufre el planeta atenuó la brutal guerra comercial contra la pequeña isla caribeña.
Otro ejemplo: el gigante Google censuró a los medios cubanos Granma, Mesa Redonda y Cubavisión en la plataforma YouTube; y Twitter hizo lo mismo con los perfiles de varios dirigentes cubanos, entre ellos el de Raúl Castro y el de su hija Mariela. Esas son las medidas «democráticas» que se aplican desde Estados Unidos contra un país soberano. Lo mismo ocurrió por estos días con medios de comunicación por internet de Irán, Yemen, Siria y Palestina que fueron censurados por decisión del gobierno norteamericano.
Cuando en Estados Unidos miran a un país y empiezan a hablar de «democracia» -haya un republicano o un demócrata en la Casa Blanca, lo mismo da- todos empiezan a temblar. En la mayoría de los casos es el preludio de sanciones económicas o de agresiones militares. Los marines, los misiles o los drones «democráticos» pueden caer en cualquier parte del mundo: Irak, Afganistán, Siria, Irán, Libia, Panamá, Vietnam, Corea, República Dominicana, Granada… Desde los siglos de la expansión colonial europea no hay otro caso parecido. Salvo el de la Alemania de Hitler. Ninguna casualidad.