Un sistema colapsado

El gobierno macrista ha recibido un mensaje al que difícilmente pueda ignorar. Se trata de una muy dura carta que enviaran al Presidente nada menos que 1.200 prestigiosos científicos de todo el mundo -11 premios Nobel entre ellos- reclamando por el evidente derrumbe de la ciencia argentina por las políticas del gobierno. La misiva es directa y arranca diciendo que “Después de 12 años de continuo crecimiento y expansión, el sistema de ciencia y tecnología de Argentina está colapsando”. Esto significa que más allá de los recovecos dialécticos para disfrazar la situación, estas personalidades, poniendo el espíritu de la comunidad científica internacional por sobre cualquier otro interés, como en la fábula ha terminado diciendo al gobierno argentino que “el rey está desnudo”, esto es: que la política gubernamental en la materia es una mentira y el que acaso fuera el mayor conjunto científico de Latinoamérica se desgrana en virtud de la falta de interés de los gobernantes.
La actitud no es nueva por cierto. Las quejas en torno a la reducción de los presupuestos de investigación y ciencia comenzaron muy tempranamente en el macrismo, aunque siempre fueron más o menos respondidas con argumentos sofísticos o, directamente, mentirosos. Acaso el ejemplo cabal de esta actitud sea el otrora prestigioso y efectivo Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), ya al borde de la extinción por falta de recursos. La consecuencia casi inmediata de semejante actitud es la emigración de científicos, aunque no de cualquiera. Quienes se van atraídos por mejores condiciones de trabajo -dicho esto en un amplio sentido- son la elite científica argentina, la que había ubicado al país en un lugar muy respetable por su aplicación, enfoques y originalidad, la que tras el desastre de los “años de plomo” había vuelto a la Argentina con conocimientos y esperanzas que nuevamente se ven defraudados. Para los países que obran como meca (acaso la expresión le quepa a un gobierno de mercaderes como el actual) es un muy buen negocio recibirlos: consiguen científicos de alto nivel y capacidad sin invertir un sólo centavo en su formación, pagada por todos los argentinos.
Qué puede llevar a un gobierno, por conservador que sea, a adoptar una actitud semejante es difícil de concebir como acción positiva; más bien aparece como un elemento más del desmantelamiento de todo aquello que no haga a un país sometido, dependiente y sin políticas de desarrollo propias, en manos de una oligarquía que no ve ni quiere ver más allá de sus intereses plutocráticos. La desaparición de dos entidades fundamentales para la actividad científica como lo eran los ministerios de Ciencia y Salud, desjerarquizados en la reciente reestructuración del gabinete nacional, aparece como armónica con aquella actitud.
Cercada por los recortes al presupuesto, la subejecución de lo que se adjudicara y, sobre todo, el desinterés del gobierno, la ciencia argentina ha entrado en una crisis muy profunda. Semejante actitud mueve a pensar si ella no será un paso más dentro del desmantelamiento del país en todo aquello que lo aparte de una condición semicolonial. Por presiones foráneas -de los Estados Unidos fundamentalmente- Argentina debió abandonar o limitar en mucho sus avanzados programas de desarrollo atómico primero y misilístico después; ahora, entre otros, parece corresponderle al satelital, del que sus principales impulsores científicos se alejan por las causas señaladas.
En una defensa de su política, absolutamente desmentida por la realidad, el gobierno nacional atribuye la carta a una inadecuada información por parte de los firmantes. Promete que la misiva será contestada por el destinatario, cosa que, ciertamente, todavía no ha hecho.