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Un tipo de tristeza

DOMINICALES

Por estos días acaba de fallecer en Harlem, Nueva York, donde vivía, el baterista de jazz James «Jimmy» Cobb. Tenía 91 años, y era el último sobreviviente del grupo que en 1959 grabó el que se considera como mejor disco del género (ciertamente el más vendido, con más de 5 millones de copias): «Kind of blue» de Miles Davis. El título contiene una ambigüedad, ya que «blue» puede referirse tanto al género musical, como al color azul, como a la tristeza.

Blue.
¿Qué es lo que hace tan especial a este disco, que gusta a todo el mundo? Parafraseando a Walter Benjamin, puede decirse que lo rodea un «aura» cada vez más intensa. El innovador uso de escalas modales, la espontaneidad de las performances y la presencia de varios de los mejores músicos del momento, lo explican también. Tanto los saxofonistas John Coltrane y «Cannonball» Adderley, como el pianista Bill Evans, grabarían luego, como solistas, discos no menos importantes en la historia del jazz. «A love supreme» del primero; «Know what I mean?» del segundo, y «Live at the Village Vanguard» del tercero (único blanco del lote) no deberían faltar en la discoteca de nadie que se tome al jazz en serio.
Pero la contribución de Cobb, con sus propulsivos golpes de platillo, sería crucial para el sonido espacial del disco. El líder Miles Davis se limitó a pedirle que «lo hiciera sonar como si estuviera flotando». Tal era la confianza que le tenía.
De modo que el hombre negro que acaba de partir, fue el último protagonista del momento cumbre de un género musical al que se considera la contribución más elevada y original de los Estados Unidos en el campo de las artes.

Police.
No tan conocido, sin embargo, es un «pequeño» incidente ocurrido el 25 de agosto de 1959, apenas ocho días después de la edición de «Kind of Blue», en momentos en que Miles Davis grababa, en el legendario club «Birdland», una emisión radial para La Voz de América, con motivo de celebrarse el día de las fuerzas armadas.
En un intervalo de su actuación, Davis acompañó a una amiga a tomar un taxi en la calle, y se quedó un momento fumando un cigarrillo. Un policía (obviamente blanco) se le acercó para ordenarle que se moviera de allí. El músico señaló la marquesina del club, explicando que era su nombre el que allí figuraba, y que estaba trabajando. El policía insistió, y mientras Davis trataba de convencerlo de que cometía un error, otro uniformado procedió a propinarle una serie de cachiporrazos en la cabeza.
No contentos con ello, lo esposaron, lo arrestaron, y lo procesaron por «agresión a un oficial». Una foto tomada en el momento muestra a Davis, consternado, con su rostro cortado (luego debieron suturarlo) y su fino traje claro italiano manchado copiosamente con sangre.
Esa es la forma en que la policía neoyorkina trató al artista que acababa de producir la gran obra maestra del arte norteamericano. Ni qué hablar de la suerte que corrían entonces los negros en los estados del sur, privados de sus derechos más elementales. O la que corrieron los líderes negros Malcom X o Martin Luther King Jr, asesinados la década siguiente.

Igual.
Seis décadas después, el racismo sigue rampante en EEUU, como lo demuestran los hechos de los últimos días. Aunque en el medio hayan habido ocho años de gestión de un presidente negro, infinitamente más racional, educado, sensible e inteligente que el racista que actualmente ocupa la Casa Blanca.
Aquel incidente de 1959 dejó profundamente traumatizado a Miles Davis. No es extraño que, como tantos otros músicos negros de jazz, prefiriera actuar en Europa, donde el racismo no es tan salvaje, y donde a nadie se le ocurriría negar méritos artísticos meramente por el color de su piel.
De vuelta en casa, en cambio, la historia nunca cambió. Y aunque continuó grabando y moviéndose siempre en la vanguardia musical, los reconocimientos eran pocos.
Un día de diciembre de 1986, en una de esas raras ocasiones, fue invitado a una cena oficial por el entonces secretario de estado, George Shultz. A su lado en la mesa, la esposa de un senador le preguntó a Davis qué había hecho en su vida para merecer estar en ese lugar de privilegio. «¿Yo? -contestó-. Yo he cambiado la dirección de la música norteamericana cinco o seis veces a lo largo de mi vida. Ahora, dígame: ¿qué cosa importante ha hecho usted, excepto ser blanca, para estar sentada en esta mesa conmigo?».
Y es que determinar el valor de un individuo por su color de piel, es ciertamente uno de los conceptos más imbéciles que ha acuñado la especie humana.

PETRONIO