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Un verano feminista

LA LEGALIZACION DEL ABORTO ES LEY

La ley es también verde por encarnar la esperanza de ser el empujón al cambio cultural necesario para dejar de entender a la maternidad como mandato y al goce, la libertad y la autodeterminación femeninas como pecados.
VICTORIA SANTESTEBAN*
Diciembre de 2020 se despidió entre el aislamiento y los saludos sin besos con la conquista histórica, que el feminismo argentino esperara por décadas: el aborto es ley y Argentina el primer país latinoamericano de mayor extensión -porque como es costumbre el progre Uruguay nos sacó ventaja ahí también- en legalizar la interrupción del embarazo. Con prosa revolucionaria, feminista y pampeana, Norma Durango inauguraba la sesión en el Senado, dando el primer voto afirmativo para la autonomía de mujeres y cuerpos gestantes.

Es ley.
La vigilia histórica de barbijos y pañuelos amontonó en plazas y casas a feministas de todo el país. El conteo ansioso y vaticinador iba apareciendo en grupos de whatsapp, en el boca a boca detrás del tapa bocas por las calles, en cada espacio para (des)informar aparecían los números que alimentaban la esperanza más verde de todas. Pasadas las 4 de la mañana del 30 de diciembre de 2020, Cristina Fernández anunciaba que con 38 votos afirmativos el aborto era ley y que por lo tanto se imprimía el trámite correspondiente de envío al Ejecutivo. La promesa de Alberto Fernández se hacía realidad ante la pantalla que marcaba los números verdes del triunfo feminista. El resultado hizo olvidar los protocolos Covid por un rato, porque ¿cómo racionalizar cuando la emoción arremete por todos lados, impulsando al cuerpo al encuentro peligroso? ¿Cómo frenar las cuerpas ahora más libres, que quieren sentir en compañía el llanto, la alegría, la piel vibrante, el alivio, el cansancio por la lucha a deshoras? En tiempos pandémicos, en los que se resignifica el abrazo y tocarse es arriesgar la vida, hubo arrojo y valentía en abrazos clandestinos que celebraban el fin de otra clandestinidad.

En casa.
La militancia también estuvo en el aislamiento, en el encierro solitario o acompañado. Y aquí pidió una psicóloga en su cuenta de Instagram de miles de seguidores (@queridaguachita) que se apagara el feminisnómetro que pretende medir en grados y niveles quién es más feminista en función de si se fue o no a una plaza. Y es que la militancia va por dentro, y por fuera y por donde salga, como salga, como se amolde a la propia subjetividad, con el tiempo y ritmo de cada una. Entonces como cuando en la despedida de Diego se llamó a la reflexión sobre la necesidad de repeler todo sesgo inquisitorial que pueda adoptar el feminismo, peligrando tornarlo en dogma asfixiante y aleccionador, es que la vigilia del 29 también recordó la práctica sentida de la sororidad, y el entendimiento de que militar por la diversidad incluye aceptar la diversidad en las formas de militancia, todas válidas, todas necesarias, todas genuinas. Hubieron militantes que se quedaron en casa, en una vigilia sola o acompañada, con glitter y pañuelos, compartiendo en redes, viralizando el aguante con hashtags multitudinarios, con servilletas de pancartas y murgas en pantuflas, a la espera de la voz de Cristina anunciando la definición del Senado a favor de la vida, de la igualdad, de la libertad. Hubieron militantes que se durmieron en el sillón agotadas por la ansiedad de la espera y el calor agobiante del diciembre argentino. Hubieron quienes decidieron apagar pantallas e irse a dormir como en la noche de reyes, a la espera del regalo que, hasta ahora, nunca llegaba.

Amanecer.
El 30 se amaneció con la emoción de sentir la autonomía, la autodeterminación, la completa jurisdicción y competencia sobre nuestros propios cuerpos. El cuerpo se sintió más propio que nunca. El espíritu, libre. Se leyó en la cama, desde la pantalla incandescente del celular, entre lágrimas y lagañas, con un ojo más abierto que otro, que el aborto era ley. Y ahí, en el instante de la noticia, como si fuera un sueño, se sintió por primera vez la libertad postergada por herética, por femenina. Desde el 30/12/2020 quedaron atrás los tiempos de la clandestinidad, del cuerpo esclavizado por voluntades ajenas, por mandatos dañinos, de las perchas, de los yuyos y de los que lucran con la criminalización. Son historia los tiempos de ejercicio a medias de derechos sexuales y (no) reproductivos porque maternar ya no es obligatorio, ni abortar condenable. Desde el 30/12/2020, resuenan las palabras de Pino Solanas con la esperanza de que esté viendo a la marea emocionada desde algún lugar: «Que nadie se deje llevar por la cultura de la derrota», decía Pino allá por el 2018 en una Argentina que aún no estaba a la altura de un movimiento por la igualdad, por la justicia y el amor. «Bravo chicas, han levantado alto el honor y la dignidad de las mujeres argentinas», arengaba a la marea y vaticinaba «Será ley». El 30 de diciembre amanecimos en una Argentina más justa, más libre, más empoderada, más sorora y compañera, más empática, más coherente, más igualitaria, más feminista. El cansancio del cuerpo y del alma propio de la militancia sentida se alivió con los abrazos reales y virtuales que supimos conseguir, que celebrando la libertad nos dimos en cada rincón del planeta, en un mapa en el que ahora compartimos color con Europa, América del Norte y Oceanía. La ley es también verde por encarnar la esperanza de ser el empujón al cambio cultural necesario para dejar de entender a la maternidad como mandato y al goce, la libertad y la autodeterminación femeninas como pecados.

Marea.
En un particular 31 de diciembre, entre barbijos, videollamadas, aislamiento, reencuentros y desencuentros, ausencias y pérdidas, el brindis incluyó la conquista, y en las casas verdes el chin chin sonó a alivio, alegría, tranquilidad y esperanza. En el rito de las 12 uvas por primera vez no hubo que pedir «que el aborto sea legal en Argentina». Ahora que es ley, ahora que ejercer los mismos derechos que nuestros compañeros varones no es quimérico ni lejano, ahora que el temor mengua ante la marea que arrulla apacible, en la que flotamos por la sororidad que no nos deja hundirnos, ahora que sabemos que Argentina es un lugar mejor, damos comienzo a un 2021 de cuerpos libres, de empoderamiento gozoso, de independencia de estreno. La marea de glitter y pañuelos en el verano más verde del hemisferio disfruta de vernos bañarnos en sus aguas sororas, calmantes, de propiedades mágicas, que transforman, cicatrizan y curan. Este verano, chapoteamos orgullosas de nuestras cuerpas empoderadas, aliviadas, con la sonrisa fácil, con la tranquilidad de quien sabe que hay agua, agua verde, donde tirarse.
*Abogada. Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles