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Un virus que no deja de sorprender

SECUELAS INQUIETANTES DEL COVID-19

Los expertos piensan que este fenómeno puede obedecer a una respuesta inmune del organismo, problemas vasculares o inflamaciones propias de la infección.
JOSE ALBARRACIN
Aún con la proeza científica de haber diseñado varias vacunas eficientes en escasos meses, y con una campaña de vacunación que se mantiene en ritmo, pese a las dificultades de producción y de la logística para llegar a toda la población, la pandemia del Covid-19 sigue muy lejos de concluir. Sobre todo, si se tiene en cuenta la segunda ola del virus que ya azota al país, y la presencia de nuevas variantes de mayor poder de contagio -y acaso letalidad- que amenazan poner a prueba los sistemas de salud, ya bastante estresados.

Lo que quedó.
Como quiera -y aunque todavía se escuchan voces aisladas que intentan negar o minimizar la gravedad de la pandemia- resulta claro que en algún momento esta crisis sanitaria pasará, y será entonces cuando debamos evaluar y afrontar sus graves consecuencias.
Resulta habitual evaluar la pandemia en términos de la cantidad de personas fallecidas. Se trata de un criterio lógico y atendible, ya que después de todo la vida humana es el valor más preciado. Mal que le pese a algunos dirigentes políticos que proponían preservar la economía y que «se mueran los que se tengan que morir». Y si se observan las cifras luego de un año de declarada la pandemia (el mundo se encamina a los tres millones de muertes, la Argentina superó las cincuenta y cinco mil) el panorama no puede ser más preocupante.
Otro criterio es, desde luego, el económico: la estrepitosa caída de casi todas las economías del mundo en 2020, con su saldo de empresas cerradas, puestos de trabajo perdidos y nuevos pobres e indigentes, parecen un escenario combinado de catástrofe bélica y crack financiero como la de los años ’30. Una crisis que -otra vez, contra el discurso neoliberal- obligará a una fuerte intervención estatal, con grandes obras de infraestructura y con políticas sociales al estilo del «estado de bienestar» de mediados del siglo pasado.

Marcas.
Pero quedarán en la humanidad otras marcas, menos tangibles, producto del enorme impacto psicológico de la crisis, las muertes, el aislamiento y las aún desconocidas consecuencias neurológicas derivadas de la infección con Covid-19.
Muchos pacientes recuperados refieren, además de un constante estado de abatimiento físico, una suerte de «niebla mental» y una recurrente pérdida de memoria, todo lo cual habla a las claras de que el virus afecta no sólo los pulmones, sino también el cerebro.
Ahora han comenzado a reportarse casos de psicosis, incluso en pacientes que sufrieron infecciones leves. Personas perfectamente funcionales, incluso dadas a profesiones peligrosas y conductas osadas, que de pronto se encuentran incapacitadas por una paranoia paralizante, pánico y alucinaciones, al punto de requerir internaciones psiquiátricas.
Los expertos especulan con que este fenómeno pueda ser el resultado de una respuesta inmune del organismo, de problemas vasculares o inflamaciones propias de la infección causada por el virus. Los casos agudos todavía son raros, pero han aparecido en todo el mundo. Algunos pacientes manifiestan conductas violentas, al punto de dañarse a sí mismos o a otros. Algunos responden bien y rápido a la medicación habitual, otros experimentan síntomas permanentes, o sufren recidivas.

El perfume.
Es sabido que uno de los síntomas más comunes -y no por ello menos extraño- de la infección con Covid-19, es la pérdida del olfato. Pero no es ésta la única patología olfativa que provoca: un número creciente de pacientes, incluso varios meses después de haber superando la crisis respiratoria, experimentan una condición llamada «parosmia», esto es, una distorsión del olfato por la cual, aromas que antes resultaban placenteros (como el de la comida, el café o la persona amada) resultan desgradables, hasta insoportables.
El problema no es sólo que el paciente deje de comer, o deba vomitar, por resultarle repugnante el olor de un plato. También puede ocurrir que el aroma del propio cuerpo, o el de sus seres más cercanos, le provoque una repulsión similar. Las consecuencias en la vida afectiva y social pueden ser devastadoras.
Aunque se desconoce la cantidad de afectados por estos síntomas, un estudio reciente determinó que alrededor del 47 por ciento de los infectados sufrieron cambios en el gusto y el olfato, y de éstos, aproximadamente la mitad sufre de parosmia.
Las rosas huelen como excrementos. La comida parece estar toda podrida. El propio cuerpo, del que no se puede escapar, huele rancio, y en nada ayuda ducharse, ya que el jabón y el champú también despiden aromas insoportables. Resulta impensable la gravedad de las consecuencias a largo plazo de una afección que distorsiona en tal medida un sentido tan asociado con el placer, la afectividad y la memoria. Para no hablar de la incomprensión que sufren estos pacientes, ya que su condición es muy poco conocida: hasta algunos médicos desconocen su existencia.
Y aunque sea imposible de cuantificar, tal parece que el virus podría llegar a tener incluso más éxito en aislarnos, en destruir nuestro tejido social, que en acabar con nuestras vidas.