Un cuarto de siglo del decreto 99

I – En la semana se cumplieron veinticinco años de la firma del decreto 99 que llevó al banquillo de los acusados a la jerarquía policial pampeana que fue el brazo ejecutor de los tormentos que se aplicaron a los vecinos señalados en esos años oscuros por quienes usurpaban el poder en nombre de nuestra burguesía asustada. Un cuarto de siglo después no es fácil, aunque debería serlo, analizar ese acto que -ha sido señalado en los recordatorios periodísticos-, marcó un hito y es hoy un instrumento jurídico en la prosecución de las causas por la represión que azotó al país en la década de los 70′ y principios de los 80. No es fácil porque los actores políticos permanecen y su derrota (en términos náuticos) en este cuarto de siglo interfiere en el análisis.

II – Ninguna otra provincia ordenó una investigación similar. Ni las radicales, cuyo candidato a presidente luego triunfante, había señalado con claridad que enjuiciaría a los militares, ni, desde luego, las peronistas, cuyo candidato era partidario de un indulto. Por eso sorprendió que fuera en La Pampa, donde había ganado un candidato peronista que no había mencionado el tema en la campaña, donde se imitara al gobierno nacional y, solo pocos días después de creada la Comisión Nacional para la Desaparición de Personas (CONADEP), presidida nada menos que por Ernesto Sábato, se ordenara aquí la sustanciación de un sumario para investigar el papel de la policía provincial en la represión.

III – En esos días la ciudadanía interpretó la medida del entonces gobernador como un saludable cambio de actitud en alguien que, perteneciendo a un partido que impulsaba el indulto, era capaz de leer con claridad el estado de ánimo de una sociedad que se había pronunciado en las urnas con un contundente apoyo al presidente que impulsaba una política de derechos humanos y de juzgamiento de los crímenes del regimen militar. (Ese resultado electoral también se sintió en La Pampa donde, pese a ganar las elecciones el gobernador peronista, el electorado se volcó masivamente en apoyo al candidato radical triunfante). El decreto 99, se pensaba entonces, era la consecuencia directa de la aceptación de una aspiración social de construir una sociedad nueva, basada en la justicia que iba más allá de la mera diferenciación partidaria de las jurisdicciones provincial y nacional. Era la sociedad la que pedía un “nunca más” y aquí hubo un gobierno lo suficientemente atento a ese clamor como para traducirlo en una medida que, se pensaba, no estaba en sus planes ni tampoco en su plataforma.
El gobernador que firmó el decreto ha dicho en estos días que, pese a no mencionarlo durante la campaña ni tenerlo en su plataforma, la firma del decreto la había decidido veinte días antes en una reunión con sus colaboradores más cercanos. La revelación precisa un poco más la génesis de la decisión, pero no cambia demasiado el contexto en el que se toma, con un presidente triunfante a nivel nacional y también en La Pampa que impulsaba los juicios, una sociedad con esperanzas de que, de esa forma, se comenzaba una nueva etapa en el país, y una clase política pampeana dispuesta a estar a la altura de las circunstancias.

IV – (Algo similar ocurrió con la elección del segundo senador por La Pampa, que el oficialismo peronista “concedió” al radicalismo pese a que podía haber negociado con el MOFEPA y votar su candidato). Este episodio, que ha sido reiteradamente enrostrado por los de Perón a los de Alem, no parece ser tanto un gesto de grandeza espontáneo, sino más bien un clima de época. Se entendía en aquéllos días que el momento histórico no daba para mezquindades políticas y, al contrario, el papel de la política y del político era traducir la voluntad popular más allá de las imperfecciones del sistema de representación.

V -Sea como fuere, lo que ha de destacarse en estos días es el fuerte papel que jugaba eso que podríamos definir como una ética de la función pública que la sociedad esperaba de sus gobernantes en aquéllos momentos iniciales de nuestra democracia. Hoy, cuando el desencanto ha ganado el ánimo de la mayoría sobre la existencia de algo así, recordar una medida que fue tal vez el fruto más dulce de ese atisbo, de ese amague de un cambio que luego se frustró, permite comprobar que son esos actos profundamente éticos los que cambian realmente la historia y, 25 años después, son capaces de reconciliar a los que pierden el rumbo con la sociedad. (LVS)