Un discurso de la Presidenta con sabor a despedida

EL ACTO DEL 25 DE MAYO

La presidenta Cristina Fernández pronunció el discurso del acto del 25 de Mayo, Día de la Patria, y comenzó a despedirse ostentando una fuerte imagen positiva.
IRINA SANTESTEBAN
Es difícil comparar el final del mandato de la presidenta Cristina Fernández con el de otros presidentes. Es que no es frecuente llegar a esa etapa, luego de ocho años de gestión, con una buena valoración de la ciudadanía. Si tomamos los últimos 85 años de historia argentina, desde 1930 hasta 1983, descontando los presidentes de facto, todos terminaron sus mandatos con golpes de Estado, salvo el general Juan Domingo Perón, que murió en 1974 antes de terminar su tercera presidencia.
Y desde la recuperación democrática de 1983, los tres presidentes que entregaron la banda presidencial a otro mandatario elegido por el voto popular, lo hicieron con una pésima imagen, fruto de gestiones malogradas, crisis económicas, y revueltas populares.
Muchos de los que hoy apoyan a la actual presidenta, salvan a Raúl Alfonsín de ese balance negativo, quizás porque las causas que lo obligaron a la entrega anticipada del poder, no fueron sólo responsabilidad suya. Hubo maniobras de los monopolios -como Clarín, La Nación y la Sociedad Rural, igual que ahora-; hubo paros de los sindicatos -también los hay hoy-; medidas antipopulares y perdones a los genocidas -muy distinto a lo que hoy ocurre-.
Lo cierto es que la primera mujer presidenta elegida como tal en dos oportunidades -Isabel Perón heredó ese cargo luego de la muerte de su esposo-, se irá el próximo 10 de diciembre, aclamada por muchos y odiada por otros, éstos últimos, minoritarios. No es nada raro, porque así de dialéctica es la realidad, pero darse el lujo de hablar en una Plaza de Mayo ante 700.000 personas, con una imagen positiva superior al 50%, no son poca cosa para quien padeció el mayor lock-out patronal agropecuario a los 4 meses de haber asumido, la oposición de la corporación judicial que impidió -e impide- la vigencia plena de una ley aprobada por mayoría en el Congreso, como es la Ley de Medios, e innumerables operaciones mediáticas en su contra y en contra de su familia.
Hasta el episodio de la estrafalaria denuncia y posterior muerte del fiscal Alberto Nisman, hizo que la oposición soñara una entrega anticipada del poder. Sin embargo, las operaciones se fueron deshilachando una a una, y la verdad se fue abriendo paso, aunque el monopolio Clarín y otros medios opositores continúen empecinados en sus campañas difamatorias.

La cultura a tope.
En los días previos al 25 de mayo, la presidenta inauguró una obra monumental, el mayor Centro Cultural de América Latina, que aunque no está totalmente habilitado, deja un legado de enorme trascendencia. Al ser de libre acceso al público y gratuitas sus actividades, hace realidad aquella consigna de una cultura al alcance de los sectores populares.
Y aunque esta cronista considera un poquito exagerada esa costumbre de llamar “Néstor Kirchner”, a tantos auditorios, represas, centrales atómicas, campeonatos de fútbol, y ahora el mayor centro cultural de la Argentina, ésa es una cuestión totalmente secundaria, frente a la decisión política de poner los recursos suficientes para emprender y construir tamaña obra cultural. Felices deben estar los músicos, coreutas, bailarines, actores, pintores, escultores, y artistas en general, de tener un espacio tan importante para las expresiones artísticas.

Plaza musical y política.
Y ese resurgir del arte popular, es lo que se vivió el 25 en la Plaza, donde se pudo ver en el enorme escenario a representantes de distintos géneros musicales y culturales. Hubo para todos los gustos: tango, clásico, caribeño, rock, etc. Y también un espacio para recordar las canciones que la dictadura prohibió, y así cortar de cuajo a los que todavía insisten en afirmar que vivimos en una “diktadura”.
El público respondió como un atento espectador, tanto de los grupos musicales como del discurso presidencial. En perfecto orden y sin que hubiera un solo incidente, a pesar de la heterogeneidad de edades y clases sociales, fue un público que cantó, bailó, escuchó y hasta hizo “pogo” al ritmo de los mexicanos de Molotov. Según los periodistas que cubrieron el acto, había mayor presencia de jóvenes, familias con niños pequeños y clases medias del conurbano bonaerense. A la vez, y aprovechando el fin de semana largo, también hubo importante presencia de jóvenes (y no tanto) de las provincias.

La gran candidata.

Si hoy hubiera elecciones y la candidata fuera Cristina, nadie duda que ganaría en primera vuelta, a gran distancia del segundo candidato. Pero eso no es posible, y ni Daniel Scioli ni Florencio Randazzo pueden hoy asegurar un triunfo tan contundente, como el que tendría la presidenta, de encontrarse habilitada para competir.
Y en eso, más de un dirigente kirchnerista estará arrepintiéndose de no haber impulsado a tiempo una reforma constitucional, aunque no hubiera sido fácil lograr que se aprobara. Es que debieron hacerla entre 2011 y 2013, aprovechando el 54% de los votos obtenidos en la reelección, y la mayoría en el Congreso de la Nación. Luego vino la derrota legislativa de 2013, y ya no fue posible lograr esa reforma. Ni siquiera algunas leyes, aprobadas ajustadamente, como las que pretendían la democratización del Poder Judicial, tuvieron éxito, pues la Corte Suprema de Justicia de la Nación, asumida como opositora en muchas ocasiones, las declaró inconstitucionales.

El sable al museo.
Otra de las actividades previas al 25 de mayo, fue el traslado del sable corvo del general José de San Martín, desde el Regimiento de Granaderos a Caballo, adonde lo había llevado el dictador Juan Carlos Onganía, al Museo Histórico Nacional. Ese lugar era el que habían pedido los familiares de Juan Manuel de Rosas, a quien el Libertador había dejado su sable, en reconocimiento por la defensa de la soberanía nacional en la batalla de la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845. Antes de morir, San Martín escribió: “El sable, que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América de Sur, le será entregado al general don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarnos”.
Por orden de la presidenta, ese sable vuelve al Museo Histórico Nacional, y fue ella misma quien lo colocó en la vitrina, con una solemnidad muy natural, asumiendo su rol como comandante en jefe, pero sin perder la femineidad que la caracteriza.

Soy como soy.
Como bien lo reconoce la propia Cristina, no es perfecta ni su gobierno lo es, y quien suscribe esta columna no comparte todas las políticas de su gobierno, en particular en la cuestión económica, donde no se han tomado las medidas de fondo, tan necesarias para achicar las grandes diferencias y desigualdades que subsisten en la Argentina, y que la propia presidenta reconoce.
Cristina suele reclamar a los trabajadores mejor pagos, que “sean solidarios”, porque todavía falta mucho para lograr una justa distribución de la riqueza. Es decir, no reclamar tanto aumento salarial, no quejarse tanto del impuesto a las Ganancias, hasta que todos tengan trabajo y un buen salario. Pero ese reclamo, más que a los trabajadores, lo debería hacer su gobierno a los grandes grupos financieros y empresas que son los que ganan enormes fortunas, fugan divisas, remarcan precios, producen corridas bancarias, etc.
Y ahí está una de las patas flojas del “proyecto nacional y popular”: la falta de trabajadores organizados, de sindicatos fuertes apoyando el proyecto, de centrales obreras movilizando a columnas obreras y apoyando al gobierno nacional. Al principio, Néstor Kirchner contaba con la CGT con Hugo Moyano a la cabeza, pero esta dirigencia fue siempre más proclive a los negocios con las patronales, aún cuando reclamara por mejores derechos para sus afiliados. Y cuando no tuvo una respuesta a sus aspiraciones políticas y de negocios, se pasó al bando opositor y se alió a los mismos que poco tiempo atrás defenestraba.
Cristina se refirió a ellos en su discurso, pero está claro que la dirigencia que hoy tiene a su lado, la CGT oficialista de Antonio Caló (UOM), es muy parecida a la del camionero, y algunos de sus líderes son incluso peores. Tal el caso de Gerardo Martínez, representante gremial de Argentina ante la OIT, un burócrata que hace más de 20 años está al frente de la Uocra (construcción) y es cómplice de las patronales de las grandes empresas constructoras, que tanto han ganado en los últimos años gracias al “boom” inmobiliario y que son, junto al sector rural, los que más trabajadores precarizados emplean.
Es cierto que tienen que cambiar los dirigentes gremiales, Cristina, pero no para que sean como Martínez, Cavalieri y Maturano, sino para que se nutran en las ideas y el ejemplo de Agustín Tosco, Atilio López, Jorge Weisz, Jorge Di Pasquale o René Salamanca.