Un fantasma recorre Europa

Una de las alianzas políticas más antiguas y sólidas del mundo moderno -la de Escocia integrando el Reino Unido, junto con Gales e Irlanda, aunque liderada por Inglaterra- tambaleó recientemente al conjuro de un movimiento y referéndum independentista. Aunque finalmente triunfó la negativa por la independencia la ventaja de apenas unos pocos puntos conmovió al Occidente político y económico.
Esa clase de manifestaciones han recobrado gran vigor en la última década y, para quienes tienen una concepción estática de la historia o al menos de los resultados de la historia y el movimiento de las sociedades, la última semana debe haber sido particularmente desconcertante. Pero si se mira en perspectiva lo que se observa no es demasiado atípico, porque más allá del surgimiento de varios países africanos durante el último medio siglo, la idea de la consolidación política de las naciones de Occidente ha comenzado a perder consistencia; avala esa afirmación el nada lejano referéndum por la independencia del Canadá francés, donde la postura fue derrotada apenas por el uno por ciento; la amigable partición de la ex Checoeslovaquia; el siempre latente sentido emancipatorio de los vascos (en ambos lados de los Pirineos) o la próxima consulta sobre la independencia de Cataluña.
Es que, a diferencia de otros lugares del mundo, la constitución política de los principales países europeos se concretó a partir de la unión de pequeños reinos o principados, generalmente con la primacía de uno sobre los demás. El sentido de la nacionalidad vino después y, evidentemente, en algunos casos, no alcanzó a borrar la raíz primera.
Lo que colisiona a la estructurada mentalidad occidental cuando se producen hechos como el que se comenta es la demostración de la brevedad de esas estructuras políticas y la perduración dentro de ellas de sentimientos regionalistas tan fuertes que se mantienen y rebrotan ante cualquier circunstancia favorable, a veces postergando toda idea patriótica detrás de un pragmatismo egoísta y hasta tocado de racismo. Un ejemplo al respecto podría ser el del norte italiano que, al margen de sus afanes independentistas, reniega despectivamente del sur, más pobre y retrasado.
En América Latina también ha habido movimientos en tal sentido, aunque muy menores, como el caso de la nación mapuche, vigilado muy seriamente por el gobierno chileno. También los hubo en el sur brasileño -económicamente desarrollado y con menos población negra que el resto del país-pero el gobierno desbarató con dureza lo que pareció más bien, una fantochada.
En Europa las estructuras centrales desalientan cualquier progreso en las ideas independentistas, pero tampoco pueden proceder hasta el punto de agregar más fundamentos a la causa. En Escocia triunfó el no por una ajustada decena de puntos. Ahora llega el referéndum de Cataluña, cuya realización está llegando a un punto clave, ya que el gobierno central se opone ante una idea de vieja data y hondas raíces. Tan sólo la posibilidad de que el pronunciamiento se concrete eriza estructuras básicas de la nación española y trae recuerdos de causas y consecuencias muy amargas para la Península.