Un historiador que se conocía condicionado

Señor Director:
El año en curso ya está agotándose y al menos desde un punto de vista es lícito empezar a sentir alivio al pensar que le quedan pocos días.
Lo pensé el pasado fin de semana al tomar conocimiento de la muerte del historiador Tulio Halperín Donghi porque me trajo la memoria de los muchos seres recordables que dejaron “este lado de las cosas” desde los primeros días de este 2014. Personas de nuestro país y del mundo con el que más nos sentimos integrados por mantener una relación que nos hace sentir que son nuestros aunque hablen otra lengua y tengan identificaciones diferentes. En verdad, estos rasgos diferenciales vienen perdiendo fuerza -de la que impone reconocimiento y hasta familiaridad- con llamativa velocidad y podemos dar por seguro que ya estamos usando otras categorías para reconocernos. Quiero decir que en este punto el proceso de globalización se nos ha impuesto “tan callando”, para decirlo a la manera de Manrique, que ya va costando pensar en otros como distintos, extraños o tan lejanos que no los vemos como parte de un mismo viaje. Si cada uno de nosotros echa cuentas, verá que realmente este año se está yendo con un cargamento mayor que el veníamos midiendo. En este sentido es como si una etapa del desenvolvimiento de la sociedad estuviese mudando de piel. O mucho más que eso.
Ahora, ante la partida de Halperín se pudo advertir que las reticencias habituales en los medios de comunicación por razones de bandería o militancia casi no han existido, incluso en el ámbito de las identificaciones políticas o ideológicas. Y hay que tener en cuenta que Halperín dibujó una línea ideológica que él mismo creyó necesario poner en claro en una circunstancia. Se recordará que cuando un general llamado Onganía llegó al poder político sin pasar por las urnas, Halperín se sintió agredido y marchó al exilio, si insistimos en usar esta palabra, cuya connotación también se modifica rápidamente, sobre todo si se la piensa como un cortar amarras y buscarse vínculos de reemplazo. Si bien residió desde entonces en Estados Unidos y allí ejerció su docencia como historiador de América latina, supo seguir presente y puede decirse que lo estuvo en plenitud desde que se cerró -hasta ahora- la etapa en que fue tan frecuente la toma del poder por vía no institucional. Las personas de la edad de Halperín han sido en una medida criaturas del “golpe” y recién ahora, luego de treinta años de normalidad institucional, empezamos a echar cuenta de lo que esas generaciones fueron condicionadas y modificadas por la alteración de los ritmos externos de la existencia. Entre lo que he leído en estos días con respecto a Halperín, retuve este pensamiento suyo: “Toda mi vida fue afectada por la política. Fui antiperonista casi como un destino; no es que lo eligiera, ahí caí y afronté las consecuencias…pero en algún momento comenzó a aburrirme, y afuera se hacía incomprensible que todos, peronistas y antiperonistas, se calentaban tanto por cosas que desde el exterior no se veía por qué eran tan importantes”.
No sé si Halperín lo pensó o lo dijo en algunos de sus muchos libros o en sus tan frecuentes charlas con colegas o periodistas. Y ya que menciono a los tantos periodistas de opinión que fueron a interrogarlo, como buscadores de testimonios útiles para el quehacer de futuros historiadores, pienso que Halperín fue accesible hasta un punto en el que cabe preguntar si se sentía obligado por el imperativo de dejar testimonio, no solamente de lo que pensaba y creía sino también de sus perplejidades. La frase transcripta (que “no se veía por qué eran tan importantes”) revela, creo, un punto de reflexión, una perplejidad, una manera de sentir que algo se nos está escapando. Sucede que el historiador, cuya linterna trata de hacer inteligible el pasado, a veces proyecta su sombra sobre el acontecer dentro de cuya corriente está siendo arrastrado.
Atentamente:
JOTAVE