Un nombre entre los muchos que pasaron

Señor Director:
Creo que alguna vez he contado que conservo la costumbre de leer el obituario y, ya en tren de humor, dije que lo hago como lectura final de La Arena de cada día, por si acaso: de estar mi nombre allí no me habría perdido la lectura del diario de mi día después.
Esta costumbre me permitió leer, el pasado lunes, el discreto recordatorio familiar de los veinte años que se cumplían del fallecimiento de Guillermo Covas, una de las personas valiosas que han vivido con los pampeanos en los años tempranos de esta provincia.
Mi relación con él fue la habitual del periodista con una fuente de noticias. Covas fue el otro nombre de INTA en esos años y durante mucho tiempo. Y era fuente de noticias no porque merodease redacciones sino porque producía hechos relevantes para el desenvolvimiento pampeano. Lo acompañé en algunos de sus frecuentes encuentros con productores durante el tiempo que yo mismo, como docente, estuve ligado a un programa de Asuntos Agrarios encaminado a vincular la escuela con el desarrollo de la producción rural.
No quiero hablar de Covas el hombre de INTA, el investigador, el promotor de iniciativas, siempre atento a la novedad del mundo aplicable a su quehacer. Quiero hablar de Covas persona, de su relación personal y de la novedad y el asombro que más de una vez me deparó observar su conducta.
Puedo relatar episodios que compartí con él en la universidad: cuando salíamos de una reunión solía ofrecerse a traerme en su automóvil, pues éramos casi vecinos y yo generalmente no usaba mi propio coche cuando las distancias no eran grandes. Así que en más de una ocasión acepté su ofrecimiento y fue entonces cuando conocí un rasgo de su comportamiento que me reveló su singularidad personal: no entraba al coche sin verme instalado y, cuando llegábamos, se apresuraba a bajar para abrirme la puerta. En la primera ocasión en que esto sucedió quedé confuso, pues estas atenciones son infrecuentes entre varones. Y cuando digo que se apresuraba, es porque realmente lo hacía, hasta casi correr para estar ahí antes de que su ofrecimiento resultase tardío. También cuando digo que la primera vez quedé confuso, es porque eso fue lo que me sucedió, principalmente porque con Covas me ubiqué siempre en un nivel de respeto y reconocimiento. Desde que lo conocí me quedó claro que trataba con un tipo infrecuente de persona, pero en esto me refería a la importancia que asignaba a su trabajo, a sus investigaciones y al empeño que ponía para ser realmente útil a los productores rurales y a La Pampa. Y entendí que estas personalidades singulares se hubiesen comportado profesionalmente de la misma forma en cualquier lugar del país o del mundo en el que les hubiese tocado desempeñarse.
Mi andar en la vida me ha hecho adquirir rasgos de comportamiento con respecto a mis prójimos signados por el respeto, hasta el punto de estimar al otro como mi igual en este nuestro estar en un mundo al que llegamos sin que sea por acto de nuestra voluntad y del que partimos aunque no hayamos llegado al extremo de sentir hastío de vivir. Como seres en la misma situación (que puede ser vista como patética o heroica) somos realmente iguales, porque estamos instalados de la misma manera en un mundo al que tratamos de adaptarnos o de modificar, sin avanzar gran cosa en estos empeños. Por eso, cuando digo que los relatados rasgos de conducta de Covas me sorprendieron y me dejaron confuso estoy reconociendo que en este hombre había un plus personal, un aspecto infrecuente que probablemente no entendieron todos los que lo conocieron.
He publicado más de una nota periodística en la que Covas fue protagonista principal. Una vez lo visité en su lugar de trabajo, en INTA Anguil y pude relatar la impresión que me produjo su oficina, su manera de acumular elementos que debía entender y tramitar. Sentía que debía hablar de él, de Covas persona. Afortunadamente, he podido cumplir.
Atentamente:
JOTAVE