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Una bofetada con guante blanco

DOMINICALES

Si el lector cuenta con unas cinco o seis horas libres en este domingo, está disponible para el consumo la final de tenis en Wimbledon, uno de los torneos más importantes del mundo. En la sección deportiva encontrará los detalles de esta gran final, incluyendo la proeza (¡una más!) de Roger Federer, el más veterano en haber llegado a estas instancias en toda la historia.

Blanco.
El torneo es particular ya que, a diferencia del resto del mundo, que emplea suelos de arcilla o cemento, aquí se juega sobre césped. Bueno, césped es un decir: el área por donde pisan los jugadores nunca está verde. Habrá que creerle a nuestro Guillermo Vilas -fanático del polvo de ladrillo- cuando decía que «el pasto es para las vacas» y no para practicar el llamado «deporte blanco».
Y nunca más blanco que en Wimbledon: desde que se iniciara el torneo en 1877, existe una norma estricta por la cual los tenistas deben vestir, de punta a punta, en color blanco. Al propio Federer lo obligaron, en 2013, a deshacerse de unas zapatillas provistas por su sponsor, ya que tenían suela de color naranja.
Sorprenderá saber que esta particular regla de etiqueta se origina en que aquellos pioneros victorianos que crearon el torneo consideraban muy desagradable observar el sudor humano producto del esfuerzo físico que demanda el tenis… y el blanco es el color que mejor disimula esas excrecencias. Como es sabido, a las clases altas inglesas les fascina el dinero, pero detestan observar el esfuerzo que normalmente precede a su obtención.

Nostalgia.
Casi 150 años más tarde, este Wimbledon será, casi con certeza, el último que pasará el Reino Unido como miembro de la Unión Europea. Y seguramente sirve como pretexto para la nostalgia que invade al país, una añoranza por un tiempo pasado que nunca existió, en el que supuestamente los británicos tenían el «control» de su destino.
Cuando se creó el torneo no sólo reinaba la inefable doña Victoria, sino que el país era la nave insignia del más formidable imperio que haya conocido la historia humana. Hoy es apenas una barca a la deriva, pero eso habría que atribuírselo a una clase dirigente especialmente estúpida, no a la oleada de inmigrantes que llegaron como consecuencia de la globalización, y que en rigor de verdad, no le han provocado ningún daño a la economía del país, sino todo lo contrario.
Habría que recordar que uno de los costos de mantener el imperio fue, precisamente, el de obtener la colaboración de las elites locales, a las que se premiaba con la ciudadanía del imperio, y se les garantizaba la libre movilidad por todo su recorrido. Así fue como llegaron indios a Sudáfrica o al Caribe, pero principalmente a la propia Inglaterra, logrando que ésta, irrevocablemente, dejara de ser «blanca» (no por casualidad el nombre «Albion» que los romanos le pusieron a la isla, tiene la misma raíz que «albo» o blanco).

Decadencia.
A no dudarlo el mundo del tenis post-Brexit seguirá volviendo a Wimbledon cada año, y los jugadores seguirán aceptando esta absurda imposición de atuendo, tolerándola como una más de las excentricidades inglesas, como la de tomar cerveza caliente o comer porotos de lata sobre una tostada.
¿Qué importa? Ayer mismo, estos fundamentalistas del blanco se tuvieron que bancar, una vez más, a la descendiente de esclavos negros Serena Williams disputando la final del torneo, luciendo un audaz vestido tejido, donde el logotipo de la marca sponsor, para no romper el blanco, fue confeccionado con 34 brillantes. ¿Qué les habrá dolido más, presenciar el sudor de una atleta negra, o esta grosera exhibición de riqueza?
Durante la semana, además, los británicos observaron cómo su embajador ante los Estados Unidos era echado a patadas de Washington, luego de que se difundieran cables de su autoría, en los que decía lo que más o menos todo el mundo sabe, esto es, que el presidente Trump es un «inepto impredecible».
Hace apenas una semana, tuvieron que fumarse a Trump durante su visita a la isla, indicándoles a los británicos a quién tenían que elegir como primer ministro (Boris Johnson, un personaje sorprendentemente parecido al propio Trump) y criticando a la premier saliente por su manejo de la cuestión del Brexit. «Le dije cómo tenía que hacerlo y no me hizo caso», rezongó.
Así que habrá que dejar a los ingleses con sus chombitas blancas, su césped calvo, sus tostadas con porotos y su cerveza caliente. Mientras ellos se entretienen en sus añoranzas imperiales, el mundo se limita a ignorarlos redondamente. Game over.

PETRONIO