¿Una cárcel para migrantes?

Cualquier ciudadano sabe, por clara experiencia propia, cuál es su prosapia familiar y en líneas generales, de dónde procede su estirpe. Por un lado los descendientes de las antiguas gentes que poblaron esta tierra -aborígenes, gauchos, criollos…- y por otro los inmigrantes de la Europa meridional y central y los del cercano oriente, corridos por la guerra y la miseria consecuente. Aquellos que, en definitiva, sustentaron al ingenioso pero certero dicho de que “los españoles descienden de los íberos, los italianos de los romanos, los alemanes de los teutones y los argentinos de los barcos”, en una clarísima alusión a la gran inmigración que forjó este país. A los nombrados se sumaron con el tiempo los migrantes de otros países de Latinoamérica, atraídos por las posibilidades de ascenso en lo económico y social que brindaba la Argentina, adonde venían nada más -y nada menos- que con sus brazos y ansias laborales en pos de una vida mejor.
Después, claro, vinieron los entrecruzamientos a lo largo de cuatro o cinco generaciones que, innegablemente, nos trasformaron en un pueblo original, atípico para la América del Sur, pero capaz de producir tipos largamente sobresalientes en artes, política, deportes, ciencia… de los que hay abundantes ejemplos.
Sin embargo, curiosa y dolorosamente, es un sector de descendientes aquella clase inmigratoria, el que está actualmente en el gobierno, quien ha empezado a hablar de “inmigración descontrolada”. A tales efectos el Ejecutivo planeó y lleva adelante la creación de un lugar de detención y encierro para los recién llegados al país con el objetivo de “combatir la irregularidad migratoria”. Más allá de las palabras, el nuevo establecimiento será, lisa y llanamente, la primera cárcel para migrantes en el país, frente a la cual resulta imposible no evocar el viejo “Hotel de Inmigrantes”, que hacia principios del siglo pasado albergaba a quienes llegaban a la nueva y desconocida tierra.
La actual iniciativa enfrenta no solamente la Ley Nacional que trata la inmigración; también motivó la protesta de organismos defensores de los derechos humanos. A semejante despropósito se agregan una par de iniciativas relacionadas con el tema que ocultan apenas algunos detalles francamente racistas. Una corrió por cuenta de una diputada nacional del PRO quien, a falta de mejores temas quizás, escribió un libro sobre “Cómo conseguir empleadas domésticas”. En el texto recomienda el baño personal como una condición de ellas. La otra es un manual para los alumnos de tercer grado de escuelas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires donde se afirma, como si fuera una constante ineludible, que los oficios bajos y poco remunerados son para los migrantes.
Semejantes actitudes (torpes y mezquinas calificándolas suavemente) llevan la reflexión en dos direcciones: la primera es la crisis migratoria mundial, con centenares de miles de personas sometidas a condiciones infrahumanas y en las que la Argentina podría haber tenido, según sus leyes, un papel destacado. La otra es que si los promotores de esa política retrocedieran cuatro o cinco generaciones familiares muy probablemente se encontrarían con la patética imagen de un antepasado llegando a este país con una carga de esperanza.