Inicio Opinion Una cierta idea de Francia

Una cierta idea de Francia

DOMINICALES

Hubo un tiempo, no tantos años atrás, en que la figura de Napoleón Bonaparte era casi omnipresente. Desde Marlon Brando hasta Carlitos Balá, no había actor que no se muriera por representar ese papel. Y, por supuesto, según las caricaturas, ningún asilo que se precie podía dejar de tener, entre sus internos, uno que se creía Napoleón, y se paseaba meditabundo, la mano adentro de la camisa, en ese gesto que nunca sabremos si era de dignidad o de dispepsia. ¿Cómo es posible que este personaje histórico tan importante haya desaparecido totalmente de la oferta cultural, al punto que hace décadas que no se estrena una película que lo tenga como personaje?

Doscientos años.

Los franceses, que siempre gustan de llevar la contra, se han propuesto cambiar esto, y han designado al 2021 como «Año de Napoleón». Después de todo, el próximo 5 de mayo se cumplirán doscientos años de su muerte, ocurrida mientras cumplía un forzado confinamiento en la isla de Santa Elena. Y, después de todo, se trata de uno de los personajes más importantes de la historia francesa, y de todo Occidente.
Pero hay algo en el «timing» de esta celebración -cuyo apogeo será una magna exposición de los museos nacionales en París- que no parece adecuado, en medio de la epidemia de cancelación cultural y defenestración de estatuas de colonizadores, esclavistas y genocidas en todo el mundo. Que lo diga, si no, Julio A. Roca.
Y mientras la historiografía oficial remarcará una vez más el rol de Bonaparte como difusor de los valores de la Revolución Francesa -con la pequeña contradicción de que fuera un emperador quien abogara por la república- o como impulsor de la codificación del derecho moderno, otros han decidido sacar los trapitos napoleónicos al sol.

Haití.

Donde no tienen un buen recuerdo de este personaje es en la pequeña nación caribeña de Haití, no casualmente, el país más pobre de Latinoamérica. Allí Napoleón no es visto meramente como artífice del colonialismo francés -que lo hubo y en abundancia- sino además como un ícono de la supremacía blanca, un restaurador de la esclavitud en el Caribe, y un arquitecto del genocidio moderno, cuyas tropas crearon las cámaras de gas como sistema de eliminación de los esclavos rebeldes.
Así lo pinta la historiadora de origen haitiano Marlene L. Daut, de la Universidad de Virginia. Cabe recordar que fue en Haití donde se produjo la primera revolución descolonizadora en toda América (1791), que fue protagonizada por los afrodescendientes, y que culminó con la abolición de la esclavitud en su territorio. Y de hecho la Revolución Francesa también abolió esa nefasta institución luego en 1794.
Pero hete aquí que, al subir al poder, Napoleón se encargó de volver las cosas atrás (un caso único en la historia universal) y reinstauró la esclavitud en 1802, una decisión reaccionaria que tuvo efecto bastante tiempo después de su caída, ya que no fue revertida sino hasta 1848. Unos datos que, por cierto, no concuerdan bien con la autopercepción francesa, de ser una nación para nada racista, que además exportó la emancipación a otros pueblos del mundo.

Revolución.

Fue el propio Napoleón quien intentó sofocar la rebelión de los esclavos en Haití, mandando a sus generales con la expresa instrucción de «aniquilar (¿les suena esa palabra?) el gobierno de los negros». Las tropas francesas procedieron entonces a matar a los negros en la isla, y a «cualquiera que haya usado una charretera». Para eso no escatimaron esfuerzos: a las ya mencionadas cámaras de gas, hay que sumar otros métodos no menos aterradores, como la cacería con perros, o el ahogamiento. La idea era «exterminarlos» y repoblar la isla con otros negros del continente.
Lo curioso es que, aunque unos doscientos mil haitianos perecieron en este espantoso genocidio, los soldados patriotas se las ingeniaron para vencer a los generales napoleónicos, proclamando a su país como la primera nación independiente americana (y la primera en abolir la esclavitud).
La propia Daut se encarga de sugerir que el gran debate académico francés actual, que procura repeler teorías «norteamericanas» sobre la cuestión racial, no sería más que un método para perpetuar la negación en que viven los franceses respecto de su pasado (y presente) racista.
Los organizadores de la gran exposición napoleónica tienen razón cuando proclaman que «conocer a Napoleón es entender el mundo en el que vivimos» y que éste es «un personaje fascinante que moldeó a la Francia actual». Claro está, que ese mundo y esa Francia parecieran ser bastante menos «La vie en rose» que el slogan de libertad, igualdad y fraternidad.

PETRONIO