Una cuestión cultural y Algunas singularidades

Señor Director:
En el curso de la pasada semana se produjeron hechos que dan cuenta de un proceso de cambio cultural que genera resistencias y divide opiniones.
El factor desencadenante fue una actitud de mujeres policías (bonaerenses) que objetaron la conducta de una madre que daba de mamar a su hijo en un lugar público. Hubo una repulsa inmediata y en muchas ciudades de la república, incluso en La Pampa, millares de mujeres con hijos lactantes repitieron la acción en la vía pública como protesta.
No son pocas las personas que entienden mal el modo que tiene nuestra especie de instalarse en el escenario natural. Todos los seres vivos tienen cierta capacidad de adaptación a su ambiente y a los cambios que se producen en éste. Cuando no pueden adaptarse, o emigran o se extinguen. El caso del homo tiene rasgos que lo diferencian netamente de los irracionales, pues nuestra especie ha construido un mundo propio, sobrepuesto al natural, ya complementándolo, ya reemplazándolo. Los demás seres también hacen algunas cosas que no están dadas en la naturaleza. Los nidos y otros refugios son algunas de tales cosas. Las diferencias con el homo son notables, porque, por caso, el hombre construye su vivienda, pero no la hace según un modelo invariable y lo mismo sucede con las costumbres. Si bien éstas (las costumbres) no cambian con la velocidad de las viviendas, siempre están en proceso de cambio y por eso generan resistencias individuales. Tan es así que ciertas costumbres han tenido y tienen necesidad de que la sociedad, actuando como un ente colectivo, las imponga por una norma legal y sancione las transgresiones. Para afrontar la habitual colisión de la libertad y la organización social, que es matriz del conflicto, se ha creado la política (gobierno de la polis), con facultades para imponer lo que sea de interés general.
El acto de amamantar no es un hecho cultural sino natural. Lo compartimos con todos los mamíferos. Si bien ahora se ha podido superar el problema de la carencia de leche materna, también se vienen escuchando advertencias acerca de la conveniencia de no prescindir de ésta, salvo situaciones especiales e insuperables. Los mamíferos irracionales atienden la demanda de sus crías en su ambiente natural, sin que se vea que procuren hacerlo con algún cuidado especial. Hacen lo mismo para la atención de otras necesidades naturales de frecuencia mayor. Ahí es donde se hace manifiesta la diferencia, pues el hombre ha tendido a crear las condiciones para que la atención de esos requerimiento sea o no un hecho público. La vivienda no es solamente un lugar para protegerse de la intemperie. Tiende a ser un reducto de la intimidad, como lo revela la historia (no sé si contada) de la evolución del baño. Es un hecho cultural.
El acto de alimentar al bebé con la leche materna también ha registrado las variaciones culturales. Durante el largo período llamado del “patriarcado” (predominio del padre, del varón) se diría que el amamantamiento no fue “recluido” en la vivienda familiar. Lo recluido fue, en todo caso, la mujer. Los griegos tenían, incluso, un lugar de la vivienda que estaba destinado a las mujeres (el gineceo, prolongado por el harem en otra cultura).
El patriarcado es lo que está en crisis. En acelerado proceso de cambio. El gineceo desapareció hace largo tiempo, pero el ámbito de la mujer siguió siendo la vivienda familiar. Terminada la era de la esclavitud y por el avance del reconocimiento de los derechos humanos como inherentes a toda persona, la mujer ha salido de la casa para ocupar cualquiera de los oficios necesarios para la vida comunitaria. Y dado que sigue siendo la que lleva el hijo en su vientre y la que produce el alimento que lo sostiene, pues hay que celebrar que amamante cuando y donde surja la necesidad, sobre todo porque rara vez el lugar de trabajo incluye un espacio para esta “contingencia”.
Atentamente:
Jotavé