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Una flor en la basura

EL DEBATE SOBRE LA LIBRE EXPRESION

Esta semana falleció en Los Angeles Larry Flynt, a los 78 años de edad. La causa de su muerte (solitaria, como todas en pandemia) fue una falla cardíaca.
Para los anales de la prensa y los tribunales, fue un campeón en la lucha por la libre expresión, imagen ésta que quedó inmortalizada en «El nombre del escándalo», la película que le dedicó el director Milos Forman en 1996. Pero la realidad es un poco más compleja.
Aunque en la escuela no pasó del noveno grado, al morir Larry Flynt aquilataba una fortuna de unos cuatrocientos millones de dólares, producto de su imperio de pornografía. Al centro de ese imperio -que incluía clubes nudistas y negocios «para adultos» dedicados a la venta de material explícito, juguetes sexuales y afines- estaba la revista «Hustler», cuyo título traducido quiere decir tanto «estafador» como «prostituta».
Fue en ese rol de editor que alcanzó notoriedad en los tribunales, por las constantes demandas en su contra, tanto por indecencia como por difamación. El más famoso de esos casos -y al que se dedica la película- tuvo como demandante al reverendo Jerry Falwell, un evangelista televisivo que en la revista fuera objeto de una sátira en la que se insinuaba que el religioso habría tenido relaciones sexuales con su propia madre.
El caso sentó jurisprudencia en la Corte Suprema norteamericana, que ordenó el rechazo de la demanda, con base en que nadie podía creer que la historia contada era verídica, sino una parodia, y por ende la publicación no era apta para difamar. Contento con la notoriedad que le daba su rol de «héroe de la prensa», Flynt afirmó entonces: «si la libertad de expresión protege a una basura («scumbag») como yo, entonces tiene que protegerlos a todos ustedes. Porque yo soy el peor de todos».

MISOGINO
De más está decir que este personaje tan particular y extrovertido cosechó una larga lista de enemigos a lo largo de su carrera. De hecho, pasó las últimas cuatro décadas de su vida en silla de ruedas, ya que en 1978 sufrió el disparo de un francotirador que lo dejó inválido. Su atacante era un supremacista blanco -como la turba que el mes pasado arrasó con el Capitolio en Washington-, enojado porque en «Hustler» se publicaban fotos explícitas de parejas interraciales.
En realidad, editar fotos de cuerpos desnudos, mofarse de los líderes religiosos o develar los pecadillos sexuales de los políticos, no debiera ser motivo de reproche alguno, en particular, cuando el material en cuestión era vendido exclusivamente a un público «adulto».
El problema con esta revista y su editor, en realidad, era el tratamiento denigrante dado a las mujeres en sus retratos nudistas. La publicación de fotos de mujeres golpeadas, torturadas o violadas, sujetas a degradación, bestialismo o esclavitud sexual, lejos de contribuir a la liberación sexual, no hacía más que reafirmar estereotipos patriarcales obvios, como el considerar a la mujer como un objeto.
Que una revista en cuya tapa se retrataban mujeres con collar y correa de perro -o semidevoradas por una picadora de carne- haya alcanzado los dos millones de ejemplares vendidos en su momento de mayor circulación, ciertamente habla de una sociedad bastante enferma.

LIBERTAD
Como quiera, la jurisprudencia norteamericana tiene decidido, hace mucho tiempo, que la pornografía, en tanto y en cuanto es una forma de «expresión», está protegida por la Constitución. Aunque esa expresión sea una «basura».
Entre nosotros no existen precedentes similares (aunque un viejo fallo de los ’60 consideró «pornográfica» una película de Ingmar Bergman y la censuró) pero no faltarán quienes se pregunten si llevar la protección de la libre expresión a estos casos no es llegar un poco lejos.
Desde entonces el universo protegido por esta cláusula constitucional no ha hecho más que crecer. Por ejemplo, hace poco más de una década la Corte norteamericana decidió que las sociedades anónimas y demás corporaciones comerciales también tienen derecho a expresarse, y lo hacen a través del dinero. Por ello consideró ilegales las normas electorales que limitaban la cantidad de aportes que esas empresas multinacionales pueden hacer a los candidatos políticos.
Por estos días, la defensa del enjuiciado ex presidente Donald Trump también está invocando la libre expresión para justificar el discurso con el que arengó a sus seguidores para que fueran al Congreso a «luchar más fuerte» e impedir que ese cuerpo cumpliera con su rol institucional de consagrar al nuevo presidente electo.
A veces no es fácil defenderla. Pero la libre expresión es una rara flor, que estamos obligados a cuidar. Aunque a veces florezca entre la basura.
José Albarracín