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Una gesta olvidada

En estos días, y como consecuencia del aumento de contagios en el AMBA y en otros distritos, ha saltado a los títulos de los diarios la crítica situación que se vive en no pocos centros de salud por la posibilidad de que colapse el suministro de oxígeno. Ese insumo, de muy fácil fabricación, es proveído casi con exclusividad por grandes empresas multinacionales que dominan el mercado local y exportan buena parte de lo que se produce en la Argentina. Sucede aquí lo que en los alimentos. Como el precio internacional del oxígeno sube por la alta demanda de la pandemia, las empresas aplican la «ley del mercado» y pretenden aumentar el precio del metro cúbico de oxígeno al compás de su precio internacional. (Alguien podría decir con ironía que el aire, principal insumo para la fabricación de este gas vital, no ha tenido variación en su precio desde que el mundo es mundo). Nada nuevo. Sucede con la carne y los granos que se exportan y tiene, fronteras afuera, un precio variable en dólares que repercute inmediatamente en el precio de los alimentos que conforman parte principal de la dieta de los argentinos.
Pero, a diferencia de los alimentos, la solución para romper esa dependencia de las multinacionales del oxígeno estuvo siempre al alcance de la mano y de una decisión política que termine con un negocio fabuloso a expensas de los presupuestos de la salud pública.
En La Pampa, antes de la puesta en marcha de las plantas públicas de oxígeno, quince años atrás, el gobierno de la provincia pagaba 17 pesos por metro cúbico a uno de esos grandes emporios que llegan a la Argentina y ni siquiera castellanizan su nombre. Aquí, la idea de fabricar a través de salud pública nuestro propio oxígeno llegó de la mano de la experiencia innovadora del intendente de Trenque Lauquen, Jorge Barracchia. Este médico radical había dotado a fines de los 90 al hospital municipal de su ciudad no solo con una planta de fabricación de oxígeno, sino también de una fábrica de medicamentos que producía los más usuales en ese nosocomio.
LA ARENA entrevistó en esos años a Barrachia, en el marco de una visita que una legisladora provincial realizó para ver in situ la experiencia trenquelauquense. De esa visita y de esa entrevista surgió claramente en esta hoja una línea editorial que comenzó a concientizar en la opinión pública y política la idea de fabricar nuestro propio oxígeno en el sistema de salud pampeano, idea que fue recogida por el gobierno de Carlos Verna, que la transformó en realidad junto con la instalación de los sillones para diálisis.
No fue fácil. El lobby de las empresas fue feroz. Acostumbradas a tener acceso directo a los despachos de los responsables de pagarle fortunas por el oxígeno, no se resignaron fácilmente. Pero el lobby chocó con la decisión política firme de instalar las plantas y abaratar el precio de ese insumo de 17 pesos por metro cúbico a menos de cincuenta centavos.
Fue, claramente, una gesta que, con el tiempo, pareció sumirse en el olvido de las cosas que se dan por sentadas. Hoy, cuando una pandemia como la que sufrimos nos presenta el devastador panorama que la ausencia de manejo estatal de la provisión de oxígeno puede provocar en la atención de los enfermos de Covid, La Pampa puede mostrar cómo logró crear un sistema de producción de oxígeno único en el país que nos libra de los males que acechan a quienes, en el resto del país, lo entregaron al mercado.