Una gran toma de conciencia social

PUNTOS DE VISTA

Señor Director:
En el año1933, la derecha gobernante creó el Banco Central de la República Argentina con el objetivo de disponer de una herramienta que le permitiera manejar distintos proyectos cuyos resultados siempre terminaron sometiéndonos al dominio británico. Precisamente en ese año Argentina e Inglaterra firmaban el pacto Roca-Runciman, una de las negociaciones más vergonzosas de nuestra historia, cuya cláusula principal otorgaba a la banca privada de capital predominantemente inglés el control financiero del país a través del Banco Central.
Ochenta y cinco años después de esa “década infame”, la historia vuelve a repetirse en el momento en que Argentina y el Fondo Monetario Internacional firman el pacto Macri-Lagarde. En esta ocasión se le otorga al mercado internacional el manejo de las finanzas argentinas directamente desde una oficina instalada dentro del mismo Banco Central, bajo la dirección del jamaiquino Trevor Alleyne, cuyo objetivo sería “monitorear que el gobierno cumpla con las metas del equilibrio fiscal y la nula expansión monetaria”.
Esta repetición casi fotográfica de entrega de la soberanía nacional por los gobiernos de derecha o neoliberales se desarrolló a lo largo del siglo pasado casi siempre imponiéndose por la fuerza a través de sucesivos golpes de estado: 1930, 1955, 1977, o a través de la traición al electorado durante el “menemato”.
Pero en las últimas elecciones algo cambió. La sociedad argentina no sólo eligió a sus propios verdugos históricos para que la gobierne sino que aún hoy, en medio de la aniquilación del salario y de los derechos adquiridos, más del 30 por ciento del electorado aún persiste en volver a votarlos.
¿Qué pasó con nuestra memoria individual y colectiva? ¿Por que los argentinos votamos una y otra vez a quienes nos empobrecieron y endeudaron ad infinitum?
Siempre existieron dispositivos de manipulación para obligar a los ciudadanos a actuar de una manera determinada, pero nunca se había logrado borrar la memoria, de manera tal que cuando recordábamos tal o cual gobierno sabíamos si éste había sido bueno o no y podíamos discernir si era conveniente para nuestros intereses. Las estrategias utilizadas bastaban con algún intento de ocultar el pasado, sesgando la información, censurando el imaginario social o destruyendo los archivos que estimularan la memoria, pero siempre la sociedad se las arreglaba para recordar.
De esta manera, cuando recordábamos el bombardeo de Plaza de Mayo, la desaparición de 30.000 ciudadanos o el desastre de las privatizaciones, siempre tratábamos de elegir un gobierno que se alejara de estas atrocidades y sólo podíamos equivocarnos por ocultamiento o falta de información. Incluso muchos de nosotros soñábamos con cambiar un poco el mundo depositando nuestra confianza en algún candidato a través del voto.
Posiblemente la respuesta más sencilla al cambio que estamos viviendo estaría en el hecho que por primera vez coinciden el Poder Judicial y los medios monopólicos de comunicación en brindar al gobierno protección y ocultamiento ante la presencia de cualquier tipo de desaguisado que éste realice.
Quizá algunos dirían que se ha perdido la confianza en los gobiernos llamados “populistas”.
Pero existe una tercera respuesta que es dada por la contemporaneidad misma y es el uso indiscriminado de los medios de comunicación. Todo se halla a la vista, los archivos están disponibles en cualquier momento y lugar en que se disponga de conexión. Los dispositivos de enunciación de la cultura actual no borran los archivos sino que hacen obsoleta su función, propiciando una inconsistencia de la memoria que no opera, como en la censura, por borradura del soporte colectivo sino, según el filósofo Walter Benjamin, por atrofia de la experiencia. Cuando a principios del siglo XX comienza a masificarse la cultura a través de los medios de comunicación, Benjamin plantea la pérdida del aura en la obra de arte, lo que trasladado a la política significa la destrucción del aquí y ahora de la política. Precisamente esta atrofia progresiva de la experiencia estética tiene su paralelo en las posibilidades de la experiencia política. La multitud, bombardeada como homogeneidad indiferenciada por la masividad de las comunicaciones ha dado paso a una fragmentación en individualidades que, buscando refugio a ese asedio, dificultan las posibilidades de representación política. Por consiguiente, los mensajes con los que se interpela a la población se tornan de una extrema ambigüedad discursiva, de manera tal que la distancia entre lo real y lo virtual resulta paralizante. Por ende, el ser humano desaparece. Lo político pierde capacidad de ejercicio, hablando a todos se dirige a ninguno.
¿Cómo es posible que, pese a que veamos en las redes y en los medios independientes la transferencia de recursos de los pobres hacia los ricos aún no reaccionemos?
¿Por qué no nos indignamos cuando observamos al gobierno quitar el subsidio a las personas discapacitadas para destinarlos al pago de intereses del FMI?
“Si se definen las representaciones radicadas en la mémoire involontaire, que tienden a agruparse en torno a un objeto sensible, los procesos se desarrollan ahora sin nosotros y la utopía máxima de cambiar el mundo ha cedido su lugar de privilegio a la utopía mínima de sobrevivir”.
Se puede decir que si no hay una toma de conciencia individual, difícilmente se logrará una verdadera toma de conciencia social. El problema es que cuando nos demos cuenta ya será tarde.
Alejandro Lamaisón
DNI: 13.956.571