Inicio Opinion Una guerra civil fría

Una guerra civil fría

DOMINICALES

Cada vez son más las voces preanunciando que las elecciones del próximo noviembre podrían marcar el fin de la democracia en Estados Unidos. Y que, sea cual fuere el resultado de esas elecciones, el país entraría en un estado de guerra civil. No se trata de teorías conspirativas, sino de opiniones de analistas reputados mundialmente, como Thomas Friedman, tres veces ganador del premio Pulitzer. Se teme que si Trump gana, el país profundizará su sendero de deterioro institucional. Y que si pierde las elecciones, como ya lo anunció, denunciará que hubo fraude y se negará a entregar el poder.

Frío frío.
Los analistas señalan que ya hoy existe una virtual guerra civil fría. Que EEUU en realidad no es un país, sino dos compartimientos estancos, impermeables entre sí. Que cada uno de ellos siente que el otro es una amenaza existencial, y se percibe como el único que respeta la Constitución, el único capaz de garantizar la seguridad y la paz nacionales.
Cada uno de estos bandos ha optado por ignorar por completo cualquier información, cualquier medio de prensa que contradiga su versión del mundo. Consecuentemente el diálogo, la persuasión y la negociación se han vuelto imposibles. Uno de esos bandos, inclusive (el Partido Republicano versión Trump) se parece cada vez más a una secta, tal como lo demostró la última convención partidaria, un espectáculo que recordó, a más de uno, a los cónclaves fascistas del siglo pasado.
Ese bando considera justificable la muerte del rival. Considera que el presidente no debe rendir cuenta de ninguno de sus actos. Considera legítima cualquier maniobra electoral para garantizar su permanencia en el poder. Y pregona el odio hacia las minorías, los inmigrantes, y hacia cualquiera -científicos, artistas, intelectuales- que exhiba un nivel peligroso de inteligencia o de juicio crítico.
Ese bonito ramillete de principios se parece demasiado al totalitarismo.

Torpeza.
Para colmo la pandemia no ayuda en mucho. Según estudios recientes, el aislamiento y el miedo al contagio han generado un fenómeno poco advertido, el de la pérdida de habilidades sociales no sólo en los niños, sino también en los adultos. El estudio de esta «torpeza social» ya había sido hecho en prisioneros, soldados, astronautas y otras personas que pasan períodos prolongados de distanciamiento: las habilidades sociales son como músculos que se atrofian ante la falta de ejercicio. Y quienes la sufren, al reincorporarse a la sociedad, padecen también de ansiedad, impulsividad, intolerancia y torpeza en el trato con otros.
No es raro que nos ocurra algo de eso en estos días, en que pasamos todo el tiempo frente a una pantalla, que canaliza nuestras relaciones sociales y nos devuelve una imagen fracturada, pixelada, congelada y distorsionada de nuestros semejantes.
No se trata de una patología psiquiátrica: es una cuestión biológica. Hemos evolucionado hacia una tendencia gregaria, por la evidencia de que el grupo nos hace más fuertes y seguros. Contra lo que puedan decir hoy los individualistas libertarios, terraplanistas y negacionistas de departamento, ya nuestros ancestros del paleolítico sabían perfectamente que un cazador humano solito jamás podría derribar un mamut.
Vale decir, que al cóctel explosivo de prejuicio e incomunicación, hay que agregarle el componente letal del miedo. Cuando nos distanciamos de los otros, nuestros cerebros lo interpretan como una amenaza mortal, una señal biológica tan contundente como la sed o el hambre.

Por casa.
A esta altura del relato el lector habrá comenzado a sentir que este panorama le resulta vagamente familiar. ¿No es la «grieta» pandémica argentina una situación parecida? ¿No parecen también sus protagonistas dos ejércitos que no se ponen de acuerdo ni siquiera en las reglas del juego que están jugando, si es ajedrez o es rugby?
También aquí la sociedad parece dividida en dos bandos, que atraviesan las familias y los grupos de amigos, y cuyos miembros hasta parecen hablar idiomas distintos. También consumen diferentes medios de comunicación, aunque, claro está, en EEUU no existe nada ni parecido a ese fenomenal monopolio del grupo Clarín y sus satélites. Curiosamente, también aquí acaba de aparecer un profeta del fin de la democracia, aunque no fue un intelectual de prestigio como Friedman, sino un ex presidente «democrático» empeñado en destruir lo poco de bueno que queda en su legado.
Y aquí como allá, detrás de todas los eslóganes como «la ley y el orden» o «la república», lo que realmente subyace como conflicto es muy simple: la distribución del ingreso, y su contracara: el principio de igualdad entre los seres humanos, que uno de los bandos, aunque no lo confiese, hace rato que ha abandonado.
PETRONIO