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Una historia llena de infamias y desatinos

En estos días, cuando un libro cualquiera cuesta -cuanto menos- la doceava parte de una jubilación mínima, parece increíble que alguna vez la Argentina fuera el país de mayores ediciones dentro de los de habla castellana y, sobre todo, que esos libros conformaran un espectro del país histórico, social y político expuesto a través de la literatura, esto sin excluir los libros de actualidad relativos a temas fundamentales, todos de precio muy accesible para personas de cualquier nivel.
¿Cómo se llegó a una situación como la actual? Es una historia de infamias y desatinos que acabó con el motor de aquella empresa cultural tan importante como fuera Eudeba, la Editorial Universitaria de Buenos Aires.
El golpe de Estado de los años 60 ya había dejado sus huellas en el ámbito del odio a la cultura por parte de las clases más ricas del país que, durante la presidencia de Arturo Frondizi, habían conseguido que las Fuerzas Armadas fueran instrumento de la represión. El bestial golpe del 24 de marzo de 1976 (con su secuela de desparecidos, torturados, robo de niños y comienzo del saqueo de la economía por el neoliberalismo) heredó aquella concepción de la cultura como un peligro para Occidente, nacida en la geopolítica de los Estados Unidos, desarrollada en la llamada Escuela de las Américas y aceptada ingenuamente por los militares argentinos. La sintetizaba la tristemente famosa frase: «Cuando escucho la palabra cultura saco mi revólver».
Así Eudeba se veía como uno de los principales sembradores de «la subversión» por sus libros de sociología y política (al margen de los tradicionales que hacían específicamente al ser argentino en literatura, historia, ciencia, poesía, ensayo).
Poco después de producido el golpe fue ocupado el edificio de la editorial y secuestrados paquetes de libros que iban a salir a la venta. Se sabe que en dependencias del Primer Cuerpo de Ejército fueron incinerados más de 50 mil ejemplares sin mayores discriminaciones; en la hoguera se consumieron aquellos espléndidos libros que sacara la editorial, especialmente el Martín Fierro ilustrado por Carlos Castagnino, uno de los mejores pintores y dibujantes de la época que se vendía a un precio irrisorio. La acción, que en nada se diferencia de las similares hechas en su momento en nombre del Corán o de la Biblia o del nazifascismo en las plazas, conjurando la palabra escrita como obra del demonio, no tuvo opositores dentro del sector castrense y, mucho menos, de cierta política oligárquica argentina.
Por cierto que con el regreso de la democracia hubo nuevos intentos para reiniciar la gesta editorial, pero ya la estructura económico-cultural estaba muy afectada. El macrismo terminó de destruirla con sus políticas indiferentes -o abiertamente negativas- para con todo aquello que fuera arte o cultura, impreso, grabado, interpretado o filmado, dejando al país en una orfandad de la que se intenta salir en medio del caos económico y la pandemia. Las librerías cerradas o sobreviviendo a duras penas, el precio de los libros de cualquier clase y especialmente de los textos universitarios son una muestra efectiva de la situación.
La infeliz etapa iniciada en marzo de 1976 debe ser recordada por la infamia y la inhumanidad que representó para la república. Y en ella se insertó la quema de libros.