Una solución atractiva pero también peligrosa

En las últimas semanas se ha reavivado en la provincia un tema que durante mucho tiempo fue central a los intereses del poblamiento: el desarrollo y mantenimiento de arboledas, especialmente en el área correspondiente a la estepa semiárida. El uso del verbo en tiempo pasado puede aceptarse ya que, al menos en los últimos veinticinco años, las lluvias han sido más generosas con La Pampa, así como parecen haberse borrado aquellos ventarrones tremendos y duraderos que nos caracterizaron durante mucho tiempo y que estarán presentes en el recuerdo de los mayores. Dos constancias de lo dicho: uno de nuestros libros más representativos, que apunta a aquellos “años malos”, lleva por título “Pampa de furias”. Al margen, en una observación de corte científico, es evidente que las isohietas parecen haberse corrido hacia el oeste: una prueba la daría el hecho de que, faltando todavía la temporada de lluvias en Santa Rosa se han registrado ya más de 700 milímetros en el año, mucho más que la media.
Es que en aquellos tiempos iniciales los árboles y las cortinas que ellos formaban fueron importantes protagonistas en un territorio que se caracterizaba por valores extremos de temperaturas. No es aventurado pensar -y resulta hasta cierto punto admirable- que apenas transcurridos cincuenta años desde los inicios del poblamiento muchos de los pueblos pampeanos -en especial los principales- mostraran sus entradas (invariablemente caminos paralelos a las vías del tren) bordeados por una doble fila de árboles, distinguibles a la distancia: eran los eucaliptos, una especie que demostró ser capaz de soportar los rigores del extremo clima pampeano.
Resulta notable que en la actualidad, prácticamente centenarios y en una provincia que ha multiplicado su parque automotor en forma inquietante, se propone su erradicación como una solución, al menos de circunstancia, a los problemas del tránsito vehicular. La solución puede ser atractiva pero también peligrosa, o al menos imprudente. Como en otros aspectos que hacen al incremento poblacional -las cloacas por ejemplo- las localidades crecieron sin pensar en el futuro, algo que, en el caso de los árboles, no era demasiado complicado, especialmente con la aparición de nuevas y resistentes especies con mejores prestaciones en cuanto a utilidad, aunque no del todo desprovistos de algún inconveniente.
Un buen ejemplo de lo dicho podría ser las casi centenaria arboleda que flanquea una de las entradas de General Pico. Esos árboles -desatendidos por los organismos específicos- pasaron a ser un peligro cuando los vientos superaban cierta velocidad ya que caían sobre la ruta; una prueba de ello son los tramos cariados de troncos que, lamentablemente, tampoco fueron reemplazados por otros más afines a los tiempos. No se trata, como podría pensarse, de conservar a ultranza ejemplares potencialmente peligrosos, pero es indudable que esa senectud vegetal bien podría haberse prevenido, máxime si se tiene en cuenta la existencia en la provincia de una facultad afín con el problema.
De allí que pensar en la extracción de árboles solamente para facilitar el tránsito automotor revela cierta cortedad de miras y justifica la negativa de algunos munícipes de distintas poblaciones que, reconociendo el problema, piden un análisis de mayores perspectivas. En un mundo en el que la superpoblación avanza rápidamente, es muy necesario mantener una cuidada armonía entre la naturaleza y la cultura humana, en cualquiera de sus formas.

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