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Una vacuna de ética

DOMINICALES

Los futbolistas de tres clubes argentinos (River, Lanús y Argentinos Juniors) se negaron esta semana a recibir en Paraguay una dosis de vacuna contra el Covid-19. Estaban allí disputando partidos organizados por la Conmebol, que administrando una donación de 50.000 dosis recibida del laboratorio chino Sinovac, se propone inmunizar a todos los futbolistas del continente para garantizar la normalidad de ese deporte. Los muchachos argentinos agradecieron el ofrecimiento, pero lo declinaron «por no querer tener un trato diferencial sobre otras personas».

Elite.

La actitud aparece, así, fundada en motivos éticos. Razonablemente un joven deportista en buena forma física tiene menos necesidad de recibir una vacuna que otras personas más vulnerables. La pertenencia a esa elite deportiva bien pagada, por otra parte, ya de por sí es percibida como una situación de privilegio.
Por supuesto, y sin descreer el fundamento expresado, cabe preguntarse cuánto habrá influido en esta decisión el clima tóxico que se ha generado en nuestro país por la noticia de que algunas personas accedieron a vacunarse sin estar estrictamente dentro de los grupos que el plan de vacunación preveía en el momento. Y es que las vacunas, como las clases escolares, han pasado a ser combustible para la famosa grieta política, ese magnífico pretexto que han ideado para evitar el pensamiento.
Algún malpensado también podrá suponer que los futbolistas pretenden acceder a una vacuna de mejor calidad que la Sinovac, que actualmente se aplica en Chile, y cuyo porcentaje de efectividad, si bien aprobado por las autoridades, es inferior al de otros productos, incluso de origen chino. (Aunque algún operador de los que nunca faltan, intentó crear la confusión al respecto, pero lo cierto es que la Sinovac no se aplica en Argentina).

Etica.

Así como la epidemiología, la ética es materia de estudio. Está por verse cuál de las dos está siendo más maltratada en el debate político nacional. Es claro que la cuestión de la pandemia, y particularmente la vacunación, plantean dilemas éticos sobre los que vale la pena pensar. Y la buena noticia es que tienen respuesta.
Créase o no, el diario New York Times tiene, en su edición dominical, una columna dedicada a la ética («The Ethicist»), donde un experto en estudios filosóficos responde a las preguntas planteadas por los lectores. Como es de imaginarse, la cuestión de las vacunas ha aparecido en un par de ocasiones.
Una mujer joven, empleada administrativa de un hospital, donde no tiene contacto con los pacientes. Un joven universitario, que se ha enterado de que si concurre a un centro de vacunación y espera el tiempo necesario, puede recibir una dosis de vacuna, que de otro modo sería desechada por estar caducando el tiempo máximo desde la apertura del contenedor. Todos queremos vivir, queremos salvarnos de esta pesadilla. Pero algunos también queremos, en este momento de tanto autoexamen y replanteos, hacer lo correcto.

Eticista.

El experto Kwame Anthoni Appiah advierte a todos aquellos que -como los futbolistas argentinos- optan por dar paso a otras personas en mayor riesgo de contraer una enfermedad grave, que en realidad nadie sabe a ciencia cierta cuánto riesgo está corriendo. Hay un factor aleatorio en este virus, especialmente con las nuevas variantes, que ponen en tela de juicio este razonamiento.
En nuestro país existe un sistema de vacunación decidido por líderes elegidos democráticamente, que cuentan con el asesoramiento de los mejores científicos disponibles. Ese sistema ha priorizado proteger a las personas (ancianos, enfermos) en mayor riesgo de morir por el virus. Y ha dado prioridad también a los trabajadores de la salud, porque son quienes atienden a la emergencia, y por ende los necesitamos. Buscando la simplicidad y la velocidad del proceso de vacunación, este sistema ha obviado el estudio particularizado de cada paciente. Por ende, existen posibilidades de alguna injusticia.
Lo que no debe perderse de vista es que la vacunación es, por sobre todo, un esfuerzo colectivo, de modo tal, que cuanto antes se vacune el mayor número de personas, mejor. Y es un deber ético colaborar con esa tarea, que tiene graves dificultades logísticas, escasez de vacunas, pacientes remisos, y sufre sabotajes criminales. Del mismo modo, es un deber ético acatar las disposiciones razonables de un gobierno legítimo.
El que se vacuna, además, no se beneficia sólo a si mismo: la evidencia científica indica que existen menos posibilidades de que contagie a otros. Y, cuando se corre riesgo de que una vacuna deba descartarse por su inminente caducidad, está justificado dejar de lado las reglas y aplicársela a la persona disponible para vacunar.
Y en todo caso, nunca está de mas apostar a que los argentinos, por una vez, tiremos todos para el mismo lado.

PETRONIO