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Una visión europeizante

"BAJAMOS DE LOS BARCOS"

La desafortunada frase del presidente Alberto Fernández disparó un debate que desnudó la negación de una buena parte de la dirigencia política hacia los pueblos originarios y otras inmigraciones.
IRINA SANTESTEBAN
«Lo que bajó de los barcos fue el genocidio», afirmó la weichafe mapuche Moira Millán, luego de las declaraciones del presidente. Hubo muchas otras críticas hacia su incorrecta expresión, que revela una visión eurocentrista de nuestra conformación nacional, como si fuera sólo fruto de la inmigración europea de fines del siglo XIX y principios del XX, negando otros importantes componentes en nuestra población.

No era Paz, sino Lito.
La frase que AF le atribuyó al premio Nobel de Literatura mexicano, Octavio Paz, era en realidad de Lito Nebbia, uno de los íconos del rock argentino, que grabó un disco en 1982 junto a la banda cordobesa Los Músicos del Centro, titulado «Bajamos de los barcos». Paz en realidad había dicho: «Los mexicanos descienden de los aztecas; los peruanos, de los incas; y los argentinos, de los barcos», en sentido peyorativo hacia nuestra tendencia a creernos los «blanquitos» de la América india. Para el músico argentino, el título del disco hacía referencia a su propio carácter de inmigrante en la tierra azteca, a la que admiraba.
Como nada es gratis en política, el furcio presidencial dio lugar a increíbles declaraciones de dirigentes de la oposición, quienes jamás fueron defensores de los pueblos originarios. Al contrario, el gobierno de Cambiemos se destacó por una constante represión hacia las comunidades indígenas, en particular contra el pueblo mapuche. La desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado, luego de la represión de la Gendarmería y el asesinato por la espalda del joven Rafael Nahuel, por las balas de Prefectura, son dos de los casos más graves.
El ex presidente Mauricio Macri, que dio vergüenza ajena cuando le pidió disculpas al corrupto monarca español, en la conmemoración de los 200 años de nuestra Independencia, por la «angustia» que habrían sentido nuestros próceres al cortar las cadenas del colonialismo español, aprovechó la ocasión y se «disculpó» esta vez con el presidente de Brasil. Bolsonaro, tremendo xenófobo y misógino, ni lerdo ni perezoso, publicó una foto junto a originarios de la Amazonia, y la tituló irónicamente «Selva».

Cuáles barcos.
Además de los barcos conquistadores, autores del genocidio al que hace referencia Moira Millán, hubo muchos otros barcos que arribaron a estos territorios. Algunos traían personas esclavizadas desde África, de cuya descendencia, igual que con la de los pueblos originarios, surgió una población de mixturas étnicas mal denominada «mestiza» o «mulata». Esta descendencia fue fruto de las violaciones a las mujeres originarias o esclavizadas, pero también de uniones que no eran reconocidas en la sociedad, pues esos matrimonios estaban prohibidos.
Hasta no hace mucho tiempo la visión del país «venido de los barcos», era la tesis dominante, pero desde los años ’80 se profundizaron estudios para hacer visible lo que las oligarquías criollas pretendieron ocultar con un Estado «blanco», bien al estilo europeo. Por ello, aún con disculpas posteriores, lo que el presidente expresó en su discurso ante su par español, es demostrativo que esas visiones todavía existen y son preponderantes en la mayor parte de la dirigencia argentina.

Inmigraciones.
En el primer censo que se hizo en Argentina, bajo la presidencia de Sarmiento, en 1869, la población no llegaba a los 2.000.000 de habitantes. La composición étnica de ese colectivo era una mezcla de pueblos originarios y afrodescendientes, más la población considerada «blanca», que provenía de los colonizadores. No era muy diferente a las condiciones de las demás naciones latinoamericanas de aquellos años.
La política migratoria de la generación de 1880, para habitar los extensos territorios que habían sido arrebatados a los pueblos originarios, trajo nuevos componentes en nuestra población, en este caso provenientes de Europa. Entre 1880 y 1930 llegaron al país 7.000.000 de europeos, la mayoría de origen popular, que venían escapando del hambre y las guerras.
No sólo trajeron más «blancura» a una población que tenía un fuerte componente originario y de afrodescendientes, sino también nuevas ideas, algunas, como las anarquistas, socialistas y comunistas, no fueron del agrado de la élite gobernante. La mayoría de los sindicatos surgieron con aquellos inmigrantes y la respuesta desde el poder fue la ley de residencia de 1904, que permitía la expulsión de todo extranjero que causara «disturbios».
La visión de un país cuya población «descendió de los barcos» es negadora de las civilizaciones preexistentes, de los pueblos originarios, y también de los descendientes de los esclavizados de África. Ambos fueron invisibilizados por las clases dominantes, por ello denominaron «desierto» a los territorios que habitaban los pueblos masacrados y sus sobrevivientes enviados a otros territorios, para desarraigarlos. A las mujeres e infancias, tal como cuenta Osvaldo Bayer en «Historia de la crueldad argentina. Julio A. Roca y el genocidio de los pueblos originarios», los llevaron a Buenos Aires para ser ofrecidos como sirvientes a las familias patricias.

Otros migrantes.
Hubo y sigue habiendo otras migraciones, sobre todo de Paraguay, Bolivia, Perú y Chile, más recientemente Venezuela. No provienen «de los barcos» pero también son invisibilizados y menospreciados, aunque sus servicios son bien utilizados en el campo, la construcción y las tareas de cuidado en el hogar. Por sus condiciones de migrantes, suelen aceptar condiciones de trabajo más precarias y peor remuneradas. Algunos dirigentes sindicales han tenido expresiones xenófobas hacia esta inmigración, por ser mano de obra barata que compite contra el «trabajo argentino». Los problemas migratorios son hoy uno de los mayores dramas en el mundo, miles de personas dejan sus hogares y países por causas económicas, sociales, de guerras y hambrunas. La Nación Argentina estableció en el preámbulo de la Constitución que es: «… para todos los hombres (mujeres y diversidades, agregamos) del mundo que quieran habitar en suelo argentino». Sea de los barcos o cruzando fronteras terrestres o fluviales, toda persona que llegue a nuestro país tiene derechos reconocidos en esa Carta Magna.

Más indios que blancos.
Los pueblos originarios fueron víctimas del genocidio, pero no desaparecieron. Por más que la historia oficial hace poca referencia a ellos, son 38 pueblos en todo el país. Según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010, existen 955.032 personas que se autorreconocen como indígenas: un 2,38 % de la población total.
En 2005, un estudio de la Universidad de Buenos Aires, estableció que el 56% de la población argentina tiene genes indígenas, resultado de análisis genéticos confeccionados durante 12 años por un equipo de expertos encabezados por Daniel Corach, director del Servicio Huellas Digitales Genéticas de la Universidad de Buenos Aires. El trabajo demandó 12 años, con muestras de ADN al azar tomadas a un total de 12.000 personas de diferentes provincias.
Ni somos tan europeos ni bajamos todos ni todas de los barcos. Reconocer nuestros orígenes y valorarlos es un buen primer paso en el camino de ser una nación con una verdadera identidad, no importada ni ficticia.