Una foto y las lágrimas hipócritas

La fotografía del chiquito sirio muerto en una playa turca nos coloca frente a una difícil encrucijada. Por una parte, el mundo periodístico -con su conocida falta de modestia- se congratula por su poder de conmover al planeta con una imagen. Las referencias a la niña vietnamita quemada con napalm retratada en la guerra de Vietnam fueron insoslayables. En una sociedad dominada por el culto a la imagen, y con un desarrollo tecnológico puesto al servicio de ese orden global, no es nada extraño que un hecho tan espantoso replicado al infinito termine provocando una enorme ola de, a la vez, piedad e indignación.
Pero, simultáneamente, surgen otros interrogantes. Son miles las personas que yacen en el fondo del mar Mediterráneo y que murieron antes que el pequeño sirio sin ser fotografiadas. “Lo que no se ve, no existe”, es la lógica implacable de la cultura de la imagen que hoy se materializa tan brutalmente. Sí se han visto -y se ven- los miles de refugiados que llegan a las costas europeas huyendo del hambre y el horror de las guerras. Pero esas imágenes, al parecer, no alcanzaron a mostrar tan elevado nivel de contundencia como para conmover de la misma forma que lo hizo el cadáver del niño.
En verdad, lo que no se quiere ver en Europa, a pesar de los miles de cuerpos famélicos que llegan flotando a la deriva en balsas improvisadas, es algo mucho más grande: la enorme responsabilidad de sus políticas coloniales en el origen de los dramas que hoy viven los países “periféricos” que provoca esta catástrofe humanitaria. Las guerras, los saqueos de los recursos naturales -el petróleo especialmente-, el empobrecimiento de sociedades enteras, los enfrentamientos internos exacerbados por el dominador europeo han destrozado culturas y sociedades enteras en Africa y Asia. Europa ha cometido genocidios en todo el mundo -también en América- a causa de la codicia de sus dirigentes políticos y sus intereses comerciales. Y lo que hoy está recibiendo en su propia casa es solo una mínima porción de ese dolor provocado a escala planetaria. Su enorme poder bélico estuvo siempre al servicio de la conquista, y ya en el siglo XX y lo que va del XXI se multiplicó en su capacidad de provocar muerte y destrucción.
Que sea la imagen de un niño muerto la que empiece a quebrar la resistencia europea a recibir refugiados es doblemente revelador. Primero, porque hizo falta esa muerte para conmover a la “culta y civilizada” Europa. Y segundo, porque hay decenas de miles de muertos que al no contar con su correspondiente imagen no llegaron a despertar el mismo grado de misericordia, a pesar de que su existencia estaba, igualmente, muy bien documentada.
Ahora se escucha a los gobernantes europeos decirse conmovidos por esa fotografía y prometer flexibilizar las condiciones para recibir a los refugiados. En verdad, no están conmovidos ni convencidos, y sus lágrimas maquillan una actuación bajo la atenta mirada de todo el mundo que se posó sobre ellos. Pero cuando pase el “efecto fotografía”, como suele suceder incluso ante las peores tragedias, volverán a ser como siempre: los defensores de un orden mundial injusto en donde los poderosos abusan de los débiles.