Venezuela no me consuela

DOMINICALES

“Ibamos a terminar como Venezuela” es, seguramente, uno de los clichés más exitosos de la propaganda gubernamental. Al punto tal que ha sido repetido hasta el hartazgo en los medios y redes sociales, incluso por personas que ni podrían ubicar a Venezuela en el mapa.

Torpeza.
Desde su primera aparición en los foros internacionales, el actual presidente se ha caracterizado por una actitud francamente enérgica en contra del actual gobierno venezolano. Una conducta que tiene muy poco de diplomática, ya que, por mucho que se pueda discrepar ideológicamente -y ese es el principal motivo de la beligerancia- hay un principio fundamental en las relaciones internacionales, que es el de no intervención en los asuntos internos de otros países.
Esa actitud ideológica, que poco tiene que ver con los intereses nacionales argentinos, se traslada al discurso diario, donde “Venezuela” aparece casi como una mala palabra a la que se acude cuando se pretende señalar que, pese a la espantosa crisis económica que vive nuestro país, podríamos estar aún peor.
La preocupación por la situación interna de aquel país tendría algo de sustento, si se plasmara en hechos concretos. Por ejemplo, algún plan más o menos presentable respecto de la situación de los migrantes venezolanos. Sin embargo, y pese a que el presidente argentino se jactó, ante la ONU, de que nuestro país recibió a 130 mil venezolanos desde 2006, lo cierto es que los trámites migratorios siguen siendo extremadamente morosos, al punto que algunos migrantes deben esperar hasta 18 meses para el otorgamiento de turnos. Y que la situación general de los migrantes en Argentina ha empeorado en los últimos años, entre otras cosas, por los planes gubernamentales para apurar deportaciones. No por nada un contingente de venezolanos residentes en Argentina optó por la repatriación a su país.

Crisis.
Resulta innegable que la actual situación venezolana es grave. El gobierno bolivariano se ha negado a aceptar la existencia de una crisis humanitaria -pese a la declaración en tal sentido del Consejo de Derechos Humanos de ONU- aduciendo que no es más que un pretexto intervencionista. Pero aunque las cifras son dispares, no hay dudas de que el número de venezolanos que dejan su país ha crecido exponencialmente en los últimos años. Su huida no es un gesto ideológico: escapan de la escasez, sobre todo, de alimentos y medicamentos.
Es ahí donde aparece una primera y notoria diferencia entre Venezuela y Argentina. Y es que el país caribeño arrastra desde hace décadas un notorio déficit en su producción de alimentos. Se estima que en la actualidad la producción local no alcanza a cubrir el 30 por ciento de las necesidades alimentarias de la población. La mayor parte de los alimentos se importa. Las causas son varias, pero la principal ha sido, según se coincide, la concentración de la economía en la producción petrolera.
Argentina está muy lejos de tener ese problema. Muy por el contrario, se estima que la producción nacional de alimentos alcanzaría para abastecer a una población diez veces mayor que sus 44 millones. Lo cual, por cierto, hace doblemente inmoral que existan tres millones de argentinos con hambre. O que los productores de alimentos a veces prefieran tirar su producción antes que venderla a los pulpos del mercado.
Desde cualquier punto de análisis, sea moral, político o económico, la situación alimentaria del pueblo argentino es peor que la del venezolano, y revela una grave incompetencia en su organización económica, producto, desde luego, de dejar en libertad a la famosa “mano invisible del mercado”.

Distintos.
Pero no acaban allí las diferencias. Aunque ahora pocos lo recuerden, hasta los años ’80 Venezuela era la envidia del resto de Latinoamérica, ya que llevaba 40 años sin sufrir en carne propia los golpes militares que asolaron la región, Argentina notoriamente incluida.
Sin embargo, aquellos gobiernos civiles más o menos corruptos -como el de Carlos Andres Pérez- no se ocuparon debidamente de la situación social, generando descontentos populares que eclosionaron en el llamado “Caracazo” de 1989. Ese fue el caldo de cultivo para la aparición del chavismo que, dicho sea de paso, debutó con un fallido golpe militar.
Parte de la paradoja venezolana es que sus militares terminaron llegando al poder por las urnas (hoy controlan nueve ministerios estratégicos) y, a diferencia del resto del continente, tomaron medidas claramente orientadas al socialismo. En lo que no se diferencias de sus colegas latinoamericanos, eso sí, es que mientras pregonan la transparencia, son parte fundamental de la corrupción económica.
Es lo que les espera a los brasileños, que acaban de elegir un presidente que, al igual que Chávez, fue echado del ejército por una intentona golpista, piensa llenar su gobierno de militares, y promete llevar a la región nuevamente a los años de la guerra fría. Lo que muy probablemente incluya una hipótesis de conflicto con Argentina.

PETRONIO