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Verde que te quiero verde

La legalización del aborto es, sin dudas, una de las normativas más trascendentes que salió del Congreso Nacional en los últimos años. Esta vez sí el amplio movimiento de mujeres y de la diversidad de género logró lo que hace tanto tiempo venía buscando: vencer con el pañuelo verde a las fuerzas oscurantistas que atrasan el reloj de la historia sembrando obstáculos para frenar los cambios sociales y la ampliación de derechos.
El paciente trabajo político de todas las ramas que conforman el viejo tronco feminista junto con sus aliados políticos y sociales tuvo esta vez el respaldo mayoritario en las cámaras de Diputados y de Senadores para instalar a la Argentina en el amplio grupo de 67 naciones -entre ellas las más desarrolladas- que ya tiene incorporada esta legislación. En realidad aparecía como una contradicción el hecho de que el feminismo argentino, tan admirado en el mundo entero por su alta capacidad de movilización, no hubiera alcanzado aún este logro. Lo mismo podría decirse con relación a los antecedentes de nuestro país en materia de derechos humanos. Todo ello no hace más que ratificar el fuerte peso que mantienen en la sociedad argentina las expresiones políticas e institucionales conservadoras.
Los legisladores pampeanos también estuvieron divididos por la «grieta» que se observó en todo el país. Los tres diputados y los dos senadores peronistas respaldaron la ILE, en cambio el diputado del PRO, el de la UCR y el senador radical se opusieron. A ellos les cabe lo que dijo un senador durante el debate: la mayoría de los votos afirmativos fueron de mujeres, y la mayoría de los votos negativos, de varones. De nada sirvió la petición pública presentada días atrás al senador radical; en los hechos él y sus socios políticos ratificaron que el patriarcado sigue gozando de buena salud en buena parte de la clase dirigencial.
Un aspecto decisivo en la sanción de la ley fue el empuje que le dio el gobierno nacional, y no solo por el envío del proyecto al Congreso. Tanto el Presidente de la Nación como varias figuras de su gabinete se comprometieron con el trabajo político que involucró moverse en aguas turbulentas para consolidar a los decididos y convencer a los indecisos. Buena parte de la tarea estuvo destinada a neutralizar las operaciones de quienes se oponían a la ley apelando a presiones, incluso extorsiones, de tipo religioso. No faltaron amenazas tanto a los propios senadores como a sus familias, ni voces cargadas de furia prometiendo represalias. En ese clima de hostilidad propio del medioevo se oyeron argumentaciones cargadas de un fanatismo religioso que se pensaba superado. Con solo escuchar -o leer- lo que manifestaron en el recinto los defensores y los detractores de la ley alcanza para comprender muy bien qué valores sustentaba cada sector. De un lado se habló de salud pública, del derecho a decidir sobre el propio cuerpo, de muertes y secuelas evitables. Del otro se habló creencias íntimas, de mandatos divinos y no faltó la senadora que vaticinó una «maldición» celestial para todo el país. Solo les faltó ponerse una capucha y encender una cruz de madera.