“Vida de perros” puede ser la humana si empeora la canina

La información de días atrás, en Santa Rosa, da cuenta de una situación presuntamente anómala en una ONG creada para hacerse cargo de perros abandonados. Ha habido comentarios. En uno de sus giros sugieren que la causa es una diferencia entre humanos.
Quienes, voluntariamente, se hacen cargo de los perros abandonados, les proveen un lugar, alimento y asistencia veterinaria, merecen una mirada respetuosa. Si hay una diferencia entre humanos, sería un problema de relaciones entre personas, pero se trata de personas que hacen lo que la mayoría omite.
Al enfocar esta nota debí partir de mi propia experiencia, de mi relación con perros, que viene desde la infancia. Tengo buena memoria y puedo recordar claramente hechos de edades muy tempranas estrechamente ligados a la relación con el perro. El primer perro que aparece en mi memoria se llamaba Cuál, nombrecito irrespetuoso ideado para sorprender al que habitualmente pregunta cómo se llama. Después hubo un Cuatro. Estos dos, que aparecen claramente en mi recuerdo, son una presencia necesaria si quiero que la memoria de mi infancia no sea falsa por incompleta. Los otros, y han sido varios, corresponden a mi adolescencia y hasta la edad avanzada.
En todos los casos, el perro no era una “mascota”, sino “alguien”: en primer lugar, un perro al que nuestro arbitrio puede dar un nombre que, como el nuestro, no es de elección del portador. El nombre es algo que necesitan los otros para relacionarse, pero en sí nada dice acerca de quien lo recibe. No es “mascota”, palabra que dice de algo descartable o cuya compañía sería como la de alguien contratado para servirnos. No es el equivalente del esclavo, del hombre esclavizado y convertido en elemento de uso ocasional. Si se adopta un perro se le da entrada a nuestra vida y se hace acreedor a un trato equivalente al que queremos para nosotros. La relación con un perro no es más conflictiva que la relación entre humanos.

Viajes
Tempranamente leí, de John Steinbeck, su Viajando con mi perro. Había conocido a Steinbeck por su Las uvas de la ira: “Viñas de ira” fue la traducción que usaba mi ejemplar. Luego he leído muchos relatos de viajes con perros.
Cuando viajamos de vacaciones por el territorio argentino el perro iba con nosotros y no solamente para entretener a los chicos. Nunca lo abandonamos en algún lugar durante el regreso, aunque una vez, por su culpa, pues siempre era el primero en subir, debimos retornar varios kilómetros en su búsqueda. Toribio venía al trotecito por la ruta en el rumbo correcto.
Por lo que se sabe, el perro acompaña al hombre quizás desde que el cazador comenzó a ser agricultor. Hay testimonios de 200.000 años. Durante un tiempo se dijo que esa compañía se había iniciado en un lugar de Asia, luego se hallaron testimonios antiguos de esta relación en Europa. Lo prudente es pensar esta relación como la que se establece entre seres vivos muy diferentes entre sí. Un documental sobre las costas del desierto de Namibia, en África, muestra que los elefantes marinos tienen allí un apostadero importante y que es visitado con frecuencia por los chacales. Éstos son tolerados por los lobos porque se comen las crías que han muerto por los extremos climáticos. Si intentan comer una cría viva sufren el embate de los adultos. Los chacales han aprendido a convivir. Evitan que la colonia apeste con el olor de los cadáveres. En la realidad, son numerosos los casos de asociaciones de conveniencia entre especies muy diversas. En el caso de los lobos y el hombre, se pudo dar así el comienzo, con los lobos aceptando los restos de comida de los humanos y los hombres advirtiendo que la presencia de esos lobos ahuyentaba a otros predadores. Al cabo, ambas partes entendieron la conveniencia de la asociación e iniciaron el largo viaje de camaradería, que desarrolló lazos afectivos.

Despedida
¿Asistimos ahora a la despedida de estos viejos camaradas? No es que el perro quiera abandonarnos, sino que nosotros hemos desarrollado (o se nos ha impuesto) un modo de vida que lo va excluyendo.
Empezamos por llamarlos mascotas, o sea cosa descartable. Los cosificamos. Y no les gusta la separación. No atinan a aceptar que la motivación inicial de custodio va desapareciendo con el proceso de urbanización extrema. Si bien se mira, esta reducción a un espacio medido con criterio económico tampoco nos gusta a nosotros. Pero hemos sido domesticados (el hombre es el animal que se domestica a sí mismo) y aceptamos lo que venga, incluso creyendo que tal es nuestro gusto y conveniencia.
Jotavé