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Violencia doméstica en la pandemia

QUEDATE EN CASA

La pandemia visibilizó lo que el feminismo reitera hasta el cansancio: la casa es un lugar peligroso para la mujer. Se está en riesgo afuera y adentro del hogar.
VICTORIA SANTESTEBAN*
La pandemia vino a agudizar las cifras alarmantes por violencia de género en contexto doméstico. Conforme los números de la Casa del Encuentro, pionera en contabilizar la violencia machista, en Argentina ya se registraron más de 92 femicidios en los primeros cuatro meses de aislamiento social y preventivo. Por su parte, el reciente informe del Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad de la Provincia de Buenos Aires dio cuenta que, en los últimos cinco meses, cada 22 horas una mujer llamó a la línea 144 para denunciar violencia de género.
«Quedate en casa» es desde marzo el lema para cuidarnos. Y hasta el momento aparece como la fórmula más efectiva para hacer frente a un virus que, en unos meses, puso patas para arriba al mundo. Entre otras cosas, la cuarentena volvió más reflexivas y pensantes a unas personas, y más impacientes y descabelladas a otras, sumió en mayor pobreza a quienes ya la sufrían y agravó la situación de mujeres víctimas de violencia doméstica. También confirmó que quienes miraban para un costado lo siguen haciendo, mostrando las hilachas evidentes de un individualismo egoísta y tonto.

Un mundo difícil.
El slogan quedate en casa es un mandato de cuidado que apela a la responsabilidad y solidaridad ciudadanas frente a una situación de pandemia impensada. Pero el quedate en casa ha sido también la orden que históricamente recayó sobre las mujeres, relegándolas al ámbito doméstico, aislándolas del mundo. Quedate en casa, porque ya sabés lo que dicen si salís mucho, quedate en casa, para que no te pase nada. La orden de guardarse no solo está en boca de vecinos y vecinas, lo va a decir también el juez al momento en su sentencia. La alegría del hogar, la reina de la casa tiene que quedarse adentro, si no aguántesela señora.
Desde niñas aprendemos que el mundo va a ser más difícil para nosotras. Aprendemos a no andar solas a la hora de la siesta; a avisar cada vez que llegamos a destino. Fuimos aprendiendo cómo cuidarnos entre nosotras para salir al mundo, y aprendimos que quedarse en casa también puede ser peligroso.
La pandemia visibilizó lo que el feminismo reitera hasta el cansancio: la casa es un lugar peligroso para la mujer. Se está en riesgo afuera y adentro del hogar. Y también, el hogar planteado tradicionalmente como única alternativa existencial de la mujer aparece peligroso y asfixiante porque coarta su salida al mundo. El varón es público, la mujer privada. Privada de todo lo que se aleje de su rol de madre y cuidadora. Así, la realidad se ha ido ordenando en contrastes binarios de celeste o rosa, fuerte o débil, pelota o tutú, libertad o encierro.

Dicotomía perversa.
Las dicotomías y contradicciones patriarcales ostentan un diseño que habilita una lógica perversa y laberíntica. La ingeniería aceitadísima del sistema ataca a la mujer víctima, la mira con desconfianza y descreimiento, la responsabiliza por quedarse en casa con el violento, por irse para después volver, la culpa por denunciar y por no denunciar también. El ensañamiento con la mujer es paradójico: por estar, por no estar, por salir, por quedarse, por denunciar muchas veces, por no denunciarlo nunca, por querer retirar la denuncia. Por salir mucho, por salir poco. Por volver. El laberinto ambivalente parece no tener salida para la mujer allí entrampada.
Quedarse o irse. Denunciar o no denunciar. ¿Cómo ejercitar derechos? Si bien de a poco la perversidad del sistema se va visibilizando, la cantidad de casos de violencia muestra que se llega muy tarde. La prevención, la protección de la mujer y la urgencia en el trámite de las causas por violencia de género no alcanzan el paso apresurado que mandan la Convención Americana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer y la ley 26.485 de Protección Integral hacia las mujeres. En Argentina, una mujer es asesinada cada 32 horas. Y en provincia de Buenos Aires, una mujer denuncia un intento de femicidio cada 22.
Nos encontramos frente al dilema jurídico-político que planteara Bobbio, en cuanto al ejercicio de derechos humanos: estamos (seguimos) en una etapa donde el reconocimiento y la fundamentación de derechos ya se ha conseguido, pero resta su plena protección, su efectivización. Conforme normas internacionales, nacionales y provinciales (aunque estas últimas con ciertos desbarajustes) las mujeres somos titulares del derecho a vivir una vida libre de cualquier tipo de violencia. Pero, ¿cómo vivir este derecho en carne y hueso, como hacerlo existir más allá del papel?
Permiso para denunciar y denuncias telefónicas. Entre las excepciones a la orden de quedarse en casa se ubica la denuncia de violencia como motivo para circular. Asimismo, las oficinas de atención a víctimas comenzaron a implementar medios virtuales y telefónicos para radicarlas, tal ha sido el caso en la provincia de la Pampa de la Oficina de Violencia Doméstica del Poder Judicial, entre otros organismos avocados a la atención de casos. Santos y señas como el «barbijo rojo» son mecanismos para disfrazar el pedido de auxilio cuando el abusador estaba a metros de la mujer que intentaba realizar la denuncia.

Cuidado colectivo.
Nos cuidamos entre todos y todas es también slogan en tiempos de pandemia. Si el «quedate en casa» resuena como el mandato de antaño para la mujer, el «nos cuidamos entre todos y todas» le dice que no está sola. Resignifica esto que las leyes en buenahora plasmaron: que la violencia doméstica no es privada. Que es tema y responsabilidad de todos y todas. Nuestras leyes hoy no solo exhortan a los poderes públicos, también le dicen a la ciudadanía, a las empresas privadas, a los medios de comunicación que eliminen la violencia machista, que denuncien la violencia porque el silencio vuelve al abusador impune. Que el «no te metas» no se meta más. Cuidarnos entre todos y todas es también denunciar, acompañar a la víctima, creerle, involucrarse. Cuidarnos, en plural, es dejar de ser personas que saben que esa mujer es víctima de violencia, pero que no hacen nada. El abusador abusa en gran parte porque sabe de este silencio cómplice.
La pandemia plantea nuevas formas de actuación y es también invitación a un cuidado colectivo, que nos empodera y nos acerca a esto de efectivizar derechos humanos.

*Abogada. Magister en Derechos Humanos y Libertades Civiles.